El azufre llegaba
De las oscuras solfataras.
Como famélica serpiente
Se deslizaba por los meandros,
Sinuosidades del pensar;
Los nublaba,
Les impedía ensancharse
Como era su intención.
El designio insensato iba cundiendo
Con un ritmo insensible:
La conciencia se iba adormeciendo,
Hasta quedar tendida
Como sábana negra.
Poco a poco, la asfixia
Iba cerrando los accesos
A la vida ensoñada;
No se movía más que la nada,
La quimera vacía.
Mirar hacia algún lado
Perdía significado.
Con la conciencia colapsada
No hay caminos,
Ni señales que apunten
Hacia rumbo ninguno.
¡No podía ser!
La perspectiva era el silencio
Total e indubitable.
Y ese silencio se fundía
Con la imponente inmensidad
De la entidad
Que hemos nombrado: El Infinito.
La asfixia ya nublaba los sentidos:
No se escuchaban los sonidos,
Los aromas cesaron en su vuelo,
Y los colores se fundieron
En un solo matiz, el tenebroso oscuro.
Se generó el terror,
Y con él vino el grito,
El alarido irracional
Que se vistió de salvación:
¡No, no quiero morir!
Aullido mágico,
Que hizo explotar en mil pedazos,
La brutal pesadilla…
El silencio. Y, de repente:
El júbilo, el placer
Y la conciencia de saber
Que todavía
Hay muchas vueltas de la tierra por delante.
Ricardo Montes de Oca, Puebla, Pue., 28-9-2012

Ricardo Montes de Oca ha escrito novelas, ensayos, cuentos y poesía. Ricardo ha cursado estudios profesionales en México y Rusia.








