La humedad toca a la puerta con su misma mano
Enmoheciendo de súbito los goznes y bisagras.
La noche en su escampada soledad se mezcla
Irremediablemente con la intensidad del mediodía.
Lucha inútil por lograr calmar la tormenta misma
O salir corriendo en búsqueda de un manantial cualquiera.
Silencio. El camino se hace cómplice en la búsqueda
De una sombra que, entre la selva nocturna, cobije
El sitio donde la tempestad calme a la tormenta misma.
El rocío y su propia transpiración cohabitan la ansiedad
De una prisa que, indudablemente ya demora.
Angustia. Tormenta y huracán funden al candente sol
Que busca desgarrar sus propias y opresivas vestiduras.
El camino abre su misma brecha al arar entre su piel
La otredad ensimismada al tiempo que las manos
Danzan a su propio ritmo haciendo florecer placebos.
La piel se desliza deshilando las frágiles paredes
Donde hiberna la somnolienta crisálida y su hogar.
Metamorfosis y epicentro que así mismo convulsiona
En un mar embravecido incapaz de saciar su misma sed.
Sombría roca donde el silencio se desploma y cede
en cataratas teñidas de una respiración acelerada.
Paradoja cruel. Erupción de inmaculadas flores que diseminan
El placer de cosechar un fruto que jamás se siembra.
El mundo se desploma y de súbito el silencio se arropa
De una soledad que, a sí misma, se conduele adentrándose
otra vez al confort de su crisálida.
Juan Carlos Martínez Parra








