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Nacida del dolor y de la angustia
de la inmensa amargura
de comprobar los sueños
ancestrales y antiguos,
destrozados, dañados,
rotos y desgajados,

convertidos en polvo, humo, humus,
pestilencia y lodo,
nos azota, nos hiere y atormenta
la angustia dolorosa
de ya no disfrutar de la esperanza
de tener algún día a nuestro alcance
a las nifas morenas y olorosas;
nos azota y nos hiere
el intenso dolor de darnos cuenta
de que ni eso siquiera era posible,
de que quimeras e ilusiones
solo eran fantasías
dictadas por el sueño
antiguo, avejentado,
de poseer
a todas las mujeres de la tierra,
de tenerlas a todas como madres,
que nos llenaran de caricias,
que nos alimentaran como ella con la infancia;
era el sueño tenaz, descabellado
de vivir nuevamente lo vivido,
de tornar a los tiempos infantiles,
frustrados todos, y frustrantes,
angustiantes y llenos de ansiedad.

Este dolor y esta zozobra
nacen no de lo cierto,
sino que vienen de la rabia,
de la sutil desesperanza,
o desesperación
de no tener opción;
de tener que aceptar
la muerte, para siempre,
de la ilusión,
del deseo incontenible
de tener una madre en cada rostro,
en cada cuerpo,
en cada risa de mujer;
nos viene de saber,
y hacer conciencia
de que ya no tendremos la esperanza
de levantarnos cada día
llevando en la retina las imágenes,
las figuras y configuraciones
de negros ojos,
de sonrisas nubiles,
de voces, de miradas,
de talles, muslos,
glúteos, manos suaves
y rostros llenos de ternura,
de suavidad y de promesas.

Entendemos ahora
que en el futuro,
o para el futuro
no quedan esperanzas,
mueren las ilusiones,
terminan las pasiones
fundadas en la nada;
comprendemos ahora
que las quimeras vagas
que por años cargamos
y por siglos,
están desfallecientes,
se van desvaneciendo,
convirtiéndose en polvo,
en sombras y en tinieblas.

Es ahora, la hora
de tomar decisiones,
de concebir un nuevo mundo,
de fabricarnos un futuro
en el que todo lo que hagamos,
todo lo que pensemos
se base en realidades.

Es ahora, la hora
de pensar en el arte,
de soñar con el canto
como expresión de sueños y de anhelos,
de volver a la música,
de tornar a las letras
a los poemas y a los dramas
plasmados, dibujados,
vertidos en imágenes
que llenen de ternura,
de inefable tristeza
o de intensa alegría.

Es ahora, la hora
de abandonar quimeras,
de saber que la dicha y los placeres
se viven,
no es el sueño
destructor y dañino,
sino en el signo diario
en el diario quehacer,
en el diario crear
con disciplina,
con entrega,
con total devoción;
con el total empeño
del que quiere legar
en su postrera etapa
lo más rico de sí;
su visión de la vida,
su noción de las cosas,
su concepción del mundo,
su imagen de universo.

Es ahora, la hora
de vivir para el arte
que da satisfacciones
íntimas y profundas
en la imagen poética,
en el relato escueto
que dibuja destinos,
en la novela cruda
que configura mundos,
que transfigura sinos,
suertes y fortunas;
en el sonido suave
de la nota vertida
que expresa sentimiento,
emoción y talento;
en el canto amoroso
que inunda de tristeza,
melancolía y resentimiento,
pero que es la expresión
del profundo sentir
del hombre que no tuvo
lo que siempre anhelo,
que es lo contrario
del infante
que buscaba a la madre,
no a la hembra, mujer,
en quien volcar su semen.

Es ahora, la hora
de olvidar lo mezquino
de una existencia pálida,
errante y vagabunda,
perdida y extraviada,
hundida en la neblina,
en charcos y fangales;
existencia, ella misma,
miserable y mezquina,
lloriqueante y mohina,
desesperada y enojada
llena de frustraciones.

Es tiempo,
es el momento
de volver hacia adentro
para buscar lo puro,
lo que nos da el aliento
de vivir, de pensar,
de hacer filosofía,
de disfrutar de los paisajes,
de la risa del niño,
de la presencia de otras gentes,
de contemplar la imagen
del árbol, del celaje
que el genio del artista
depositó en el lienzo.

Es el tiempo,
el momento
de retomar caminos
y trazar derroteros;
de construir veredas
dibujar nuevas rutas;
de volver a los sueños juveniles,
ansiosos de crear,
deseosos de dar,
anhelantes,
creyentes,
convencidos de ser conquistadores
de estrellas y universos;
convencidos de ser nuevos demiurgos
hacedores de seres mitológicos;
convencidos, también,
de que este mundo,
esta tierra, estos lares,
debían pertenecernos
por el jus de nacencia;
convencidos, en fin,
de que la gloria,
siempre tan mencionada,
estaba a nuestro alcance
con estirar la mano.

Deberemos tornar
a concebir otra existencia,
de la que siempre seamos dueños,
en la que no haya vagos sueños,
en la que existan los diseños
de nuevos bosques y colinas;
en la que brille en lontananza
la luz de la esperanza
de auténticos sabores,
de luces y colores
fabricados a gusto de nosotros,
sugeridos por mi, no por los otros;
inventados soñando en los potros
que espoleamos en tiempos remotos,
en las eras de nuestra aventura
por las tierras ardientes del trópico.

Deberemos tornar
a vivir,
con la enseña de la libertad
en que reine nuestra voluntad,
no la ajena.
Deberemos tornar
a beber agua dulce, y fresca,
la que brota de los manantiales,
la que riega las plantas frutales,
la que deposita los flujos vitales,
en forma de sales
que alimentan vida.

Deberemos tornar,
Finalmente,
al sonido tenaz de los mares,
al rumor de profusos manglares,
al sabor de los jugos y frutos
que endulzaron la lejana infancia
cuando en años de ciega vagancia,
conocimos lo que eran auroras
tachonadas de áureos reflejos
en las aguas, salobres espejos
del océano inmenso,
profundo y azul,
con iridiscencias de luz y de peces
de escamas de plata,
ojos sin angustias,
sin miedos, sin risa,
solo interrogantes,
siempre vigilantes,
y con suspicacia,
sin ingenuidad.

Ricardo Montes_de_Oca

Ricardo Montes de Oca ha escrito novelas, ensayos, cuentos y poesía. Ricardo ha cursado estudios profesionales en México y Rusia

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