In memoriam
Minuto a Minuto

Esta aguda nostalgia,
esta tenaz angustia
de siglos, de milenios;
esta culpa escociente,
esta vergüenza de vivir,
de estar en este mundo;

este punzante miedo,
compañía vergonzante,
¿de donde lo heredamos?
Me pregunté mil veces.
mil veces la respuesta
fue la misma;
mil veces el secreto
se develó a sí mismo,
y sin embargo, siempre
me siguió la tortura;
siempre el temblor batiente,
la pena, el esconderme,
yo no debía turbar
el ánimo de otros,
no debía de afrentar
ni al padre ni a la madre
con mis comportamientos;
¡¿Porqué lloras?!
¡no llores!
¡No tengas sufrimientos!
¿Porqué sientes rencores?
¡Tú, no debes odiar!
si te hemos golpeado,
si te hemos maltratado,
es por tu propio bien.
si al año de existencia
a los dos o a los tres,
a los diez o a los cien,
nunca le permitimos
el mínimo resquicio
a tu propia visión;
si toda libertad
de sentir, de pensar,
de llorar tu dolor
acabó triturada,
machacada y desecha,
en polvo convertida,
debes agradecerlo;
fue por tu propio bien.
Algún día cuando crezcas
nos lo agradecerás.
Tu fortuna será,
y así lo sentirás,
el ser alfombra de otros,
que pisen tus derechos
y que tu lo soportes,
que te sientas culpable
por querer defender
tu derecho a vivir
a expresar tu verdad,
tu visión de la vida,
tus deseos de amar.

Deberás ser dichoso
y bienagradecido
de que el hombre,
la hembra,
el poderoso y el humilde,
el crápula y el santo,
el pordiosero y el magnate,
la prostituta y su padrote,
la solterona y la libérrima,
los que de ti dependen,
los propios, los extraños,
el cura y sus acólitos,
todos juntos y en coro
te condenen por sucio,
porque gustas del sexo.
Si cualquiera de ellos,
con estilete o con cuchillo,
con mazo o a pedradas,
con bisturí o con rayo láser
te castra o quiere hacerlo,
tendrás que agradecerle
tanta preocupación
porque tu seas un santo,
síntesis de pureza.
Si hablaras
¡Que te castren!
Si tratas de decir
que no hay cielos azules
pues el cielo no existe,
solo hay el infinito,
¡que te castren!
Si pretendes amar,
¡castración!
Si hay tan siquiera impulso
de buscar la caricia
de la que cruza frente a ti,
deberán someterte
¡al vil desguevamiento!,
aunque las hembras todas,
con la sonrisa,
con el gesto,
con furtiva mirada,
con movimientos pélvicos
o con la presunción
de sus muslos y nalgas,
de sus pechos turgentes
de su pubis, oculto malamente,
te inviten a soñar
con las delicias de su piel,
con lo excitante de su aliento,
con lo atractivo de sus labios,
¡que te corten lo que es tu atributo,
lo que siempre debió de hacerte hombre!

Después vendrá el “amigo”,
a predicarte que la vida
es un don de los cielos,
que debes prolongarla;
¡Hay que tener un hijo!
Dejar tu descendencia,
Tu huella aquí en la tierra...
Y bla, bla, bla, bla, bla...

¡¿Y el placer?! Me pregunto.
¡No hay placer!,
o no debe de haberlo.
El sexo lo donó el señor
para tener tu descendencia,
para dejar tu herencia
biológica y social.
¡Ah!, si, pues no importa
si te dieron o no,
si disfrutaste o navegaste
por un mar de amargura;
no importa si a patadas
saliste tu del santo hogar;
no importa si viviste
por años o por eras
de la mendicidad
porque a todos pesaste
y cada uno trató de deshacerse
de tu presencia incomoda;
ahora tienes que dar,
legar a los que vienen,
al fruto del “amor”
el resultado de tu esfuerzo,

me alimentaron con desprecios,
pero debo de dar felicidad,
debo ser dadivoso;
destrozaron mi infancia
a golpes, con insultos,
pero debo de ser generoso.
Me amarraron la soga
con la piedra y me echaron al mar,
pero debo de ser caritativo,
abnegado,
misericordioso y sacrificado;

Debes ser, debes ser, debes ser...
monorítmico, siempre monótono
se escuchaba en la noche
el pregón,
infamante aleccionamiento,
el run-run latoso,
fastidioso, hostigante
con el cual me decían como ser,
con el cual me tapaban
los ojos
y me taponaban oídos y boca.

Esta fue mi herencia:
un mundo de oscuras vivencias,
universo de prohibiciones,
de consejas,
de sucios conceptos
que nunca atendieron,
nunca pretendieron
ayudarme a vivir.
Mas bien lo contrario;
me orientaron a buscar la muerte,
el dolor,
la vergüenza por haber nacido,
por buscar un lugar en el mundo,
por querer ver la luna,
la montaña, o el bosque
con amor,
sensación de belleza,
con anhelos, con sueños
de vida,
de cariño a los otros;
sin el odio, único alimento,
sin la envidia y el resentimiento
que en noches oscuras,
por los poros
y por los oídos,
por los ojos
y hasta por el culo,
como una tarea,
sagrado deber,
me metieron con tal entusiasmo
y dedicación,
que hoy un monumento
quiero levantar
a mis padres
a un mi hermanito,
tierno y generoso
que en muy mala hora
convirtióme en perro,
y como a tal perro
me fue a abandonar
en tierras extrañas,
con otros congéneres
que vieron en mi a una basura,

a una bazofia,
me ofendieron y me denigraron
violaron mi espíritu,
mi sentido de la dignidad.

Ese monumento que he de levantar
a los que me hirieron,
a los que me dieron el ser y la vida
pero luego
llenaron de lodo,
de pus, de sanguaza,
ha de ser no de mármol,
ni de bronce,
ni siquiera de humilde argamasa;
ha de ser de lo que ellos vaciaron en mi;
de excremento,
¡mierda!,
hierba sin raíz.

Ricardo Montes_de_Oca

Ricardo Montes de Oca ha escrito novelas, ensayos, cuentos y poesía. Ricardo ha cursado estudios profesionales en México y Rusia.