Desde las estepas vengo,
desde la tierra del oso,
de escuchar los ruiseñores
y el canto de las alondras.
Desde las estepas vengo
saturado de vergüenza
por las esperanzas muertas,
por esos sueños fallidos,
por mis ilusiones yertas
enterradas en el lodo,
en la inmundicia viscosa
de las frases insultantes
del explotador triunfante
que autosatisfecho dice:
“¡Se terminó la utopía!”
mascullo en mi frustración.
¡no terminó, la mataron!
Es el cuento del matón
que le predice a su víctima:
“yo se que vas a morir”,
luego, le suelta un balazo,
y cuando lo ve tirado,
le confirma: “te lo dije;
no me quisiste creer.
¿ves, como tenía razón?”
“¡asfixiar en su cuna al comunismo!”
en consigna, gritó un prócer británico.
¡asfixiar en su cuna al socialismo!”
repitieron en coro los magnates,
militares, políticos, ideólogos;
“¡asfixiar en su cuna al ideal!”,
repitió el sacerdote sin conciencia,
sin el sentido humano que pregona
en sus diarias doctrinas lapidarias
contra el mal, contra el diablo y el pecado;
“¡asfixiar, asfixiar!”, lo repitieron
durante muchos años y por décadas
los ingenuos, los crédulos creyentes,
los egoístas, burdos ignorantes,
y los beneficiarios de un sistema
que antes y después del socialismo
no vive sino a costa de millones
de litros de sudor,
de kilogramos de energía,
de desgaste mental del que trabaja,
al que se engaña de mil modos,
al que ahora, en los tiempos del engaño,
de manipulación televisiva
se lo hipnotiza con el espectáculo
de las ninfas de plástico,
de los muñecos computarizados
que cantan y se mueven programados
repitiendo estribillos y tonadas,
y hablan de millones de acetatos
o de discos compactos ya vendidos.
No saben, ni el obrero, ni el bracero,
vendedores de fuerza de trabajo;
ignoran los burócratas cansados,
aburridos, tal vez desencantados
por las rutinas y las corrupciones,
que sus mentes no son lo que antes eran:
máquinas de pensar, de razonar,
de inventar, de intuir, de meditar.
Ignoran que ya han sido seducidos
sin que estuvieran enterados;
ignoran que ya han sido programados
ellos también, para el consumo,
y para repetir estereotipos
mediante técnicas sutiles
que explotan sus ensueños,
sus deseos de progreso,
sus esperanzas y sus miedos,
sus frustraciones y sus rabias.
Pero los que dominan
siguen repitiendo
sus estribillos vergonzantes:
“Así es el hombre,
no te asombre;
la explotación siempre ha existido,
siempre habrá superiores e inferiores;
siempre habrá inteligentes, por un lado,
y por el otro, masas productoras.”
Y vienen en auxilio
de los dominadores,
los antiguos filósofos,
los que han asegurado
desde el sitial autoritario,
que unos hombres nacieron para esclavos,
mientras que otros nacieron para dueños,
gobernantes, señores y mentores.
“no hay que luchar por ideales”
dice el economista, el publicista,
y repite servil el amanuense.
“la economía se impone en este tiempo,
se globaliza, no hay salida.
Hay que pensar siempre en dinero,
en bienes materiales.
El capital acumulado
debe de circular para que aumente.”
¡El capital, el capital por siempre!
Es cierto: en este mundo,
(mundo del capital)
si no tienes dinero, nada obtienes;
pero eso no es lo9 peor,
sino el que ya no cuentes como humano
porque no tienes a la mano
en que caerte muerto.
El catedrático no cuenta,
ni el inventor,
ni el que pinta o escribe,
a menos que produzcan con su obra
dólares por millones.
Y qué decir del dómine,
del maestro rural,
del albañil,
de la modesta secretaria,
del cortador de caña,
del sembrador de papa o de cereales,
de la ignorada ama de casa,
del casi mítico minero.
¡nada! esos no cuentan;
no van en limusinas por las calles,
ni asisten a los centros exclusivos,
ni lucen los modelos postmodernos
de Cristian Dior o de Valenti.
Esos, si tienen veinte años,
Reciben apapachos y caricias
Mientras se les explota:
“tú eres el futuro de la patria,
en ti se prefigura el porvenir;
eres la sangre joven,
orgullo de la raza,
ejemplo de energía,
de juventud radiante
en la que están las esperanzas
de nuestro México, que “es mucho”.
Pero si tienen cuarenta años
Se convierten en carne de deshecho,
Y son lanzados de las fábricas,
Y eliminados del trabajo.
¡y a mendigar! O vete de bracero,
de mojado o de indocumentado;
sirve de testaferro al poderoso,
y sé verdugo de tu propia sangre;
métete al contrabando, a la fayuca.
Si te sale el negocio, ya la hiciste,
Y si no, como dicen: te jodiste.
¿y qué me dice usted de los valores,
de la justicia, de la dignidad
que propugnan “los sin nombre”,
“los sin rostro”,
los hombres y mujeres de la selva,
que un día,
sin esperanzas, y con la furia
por el diario sufrir,
se levantaron
con el sueño tenaz
de ser considerados,
y de ser apreciados como hombres,
como humanos que son?
¿y qué de colombianos, bolivianos,
guatemaltecos y peruanos
que en las montañas y en la jungla
combaten otra vez
por esos sueños,
que, dicen los señores de la radio,
las rotativas
y la televisión, se terminaron?
Esos hombres no dicen con su lucha,
su contumacia, si usted quiere,
que detrás de los grandes edificios
en donde febrilmente
se mueven las finanzas,
hay una obscura masa que razona
no en función de las tasas,
sino de los valores más humanos,
con los que complementa
el sustento, bienestar y confort.
Estos son nuevos tiempos,
es muy cierto,
pero nada ha cambiado
en cuanto a móviles humanos:
la explotación sigue existiendo,
y seguirá existiendo el sempiterno
sueño de liberarse,
de ser digno,
de gozar de respeto,
de tener satisfechos
imperativos y necesidades,
dentro de márgenes correctos
marcados por los límites
de la razón y la justicia,
y no por la locura
de quienes acumulan
lodo y piedras,
metales y basura,
y avasallan, en aras de su lucro,
a todo el universo en que se mueven.
Y ahora, piénsese,
si no es para estar triste,
o si no es lamentable
que los prohombres rusos,
ucranianos, georgianos,
azerbaidzhanos, bálticos y abjasios,
armenios y turkmenos,
hayan minado como torpes topos
lo que costó millones de destinos
de hombres y mujeres
que por todo el planeta
soñaron con un mundo
de dignidad y de respeto,
de hermandad y equidad,
de dignidad y de esperanza.
Piénsese si no es triste,
que aquellos legatarios de un tesoro ganado
a fuerza de agonías
en los años terribles
de las guerras civiles
y del gran holocausto,
hayan colaborado
con conciencia o sin ella,
con los propugnadores de la guerra,
de la especulación y de la usura,
para que el sueño de milenios
se partiera en pedazos.
“pensad solo un momento”
propuso algún poeta,
pensad por un minuto
o por toda una era
mientras se acaba el ruido
de la hojarasca producida
por las ondas de radio,
las de la letra impresa
malamente orientada;
por esas inefables
imágenes ubicuas
de la televisión
y por la cita sentenciosa,
falaz y tendenciosa
de algunos pensadores
con altos galardones
que en turbia connivencia
y en nombre de valores
de dudosas esencias,
repiten el discurso
grato a los poderosos,
los barones del mando,
el poder y el dinero,
de vidas y destinos
de seres ignorados
que han sido dominados,
escarnecidos e insultados
sin tener más defensa
que la que ellos generen
con su furia y su rabia,
con sus sueños frustrados,
su desesperación.
Es todo,
tal vez nada.
el planeta da vueltas,
el sol gira y derrota,
las galaxias igual.
¿dónde está la quietud,
donde la inercia
que habla de estancamientos,
de ríos que no se mueven,
de nubes que no vuelan,
soles que no declinan
lunas que no decrecen
ni aparecen mas tarde
henchidas y redondas?
No existen, dijo el búho,
la noche sigue al día y viceversa,
al otoño el invierno,
la aurora a las tinieblas de la noche,
y la calma transita
por las almas dolidas
después de que ha pasado
el dolor lacerante.
Ricardo Montes de Oca ha escrito novelas, ensayos, cuentos y poesía. Ricardo ha cursado estudios profesionales en México y Rusia.








