La fuga
Minuto a Minuto

El celaje me hipnotiza
con sus tonos nacarados;
en la cresta de los montes
una turba de gorriones
teje cantos quejumbrosos;
entre turbios arenales

agoniza un cuervo negro;
y en el pecho de una leona
una cuerda se rompió.
Asustada huyó rugiendo
con lenguaje de abandono,
de ruptura, de retiro,
de distancia sin retorno,
configuración de siglos,
de un eterno no volver.

En las noches enigmáticas
entre el zumbar de los vientos,
en el rumor de las aguas
que adormecen melancólicas,
oigo pasos, oigo ruidos
rondando por mis dominios;
es el rugir a distancia,
el quejumbroso lamento
de la leona que se lame
las heridas que se ha hecho
en su escape presuroso
en aquella noche turbia
de presagios y certezas.

Se fue cruzando praderas,
remontando matorrales,
enganchándose entre garfios
de los espinos del campo,
ligera, veloz, fugaz.
Parecía que la tierra
se le escapara en su curso
y que ya no la alcanzara
para llegar a la luna,
al sol, o a cualquier estrella,
a un cometa fugaz.

Se fugó casi volando,
temiendo que una llamada
la detuviera en su ruta.
Ante el temor a su furia,
ante sus garras de hierro,

sus gestos amenazantes,
su vocación destructiva,
y su ansiedad de partir,
nadie podía detenerla.

Era inútil intentarlo,
quien se empeñara en hacerlo
fracasaría en su intento.
Ya no florecían los lirios,
las rosas estaban muertas
y marchitas las gardenias,
afrentada, sonrojada,
ya la luna se escondía
y las estrellas errantes,
suspendieron su camino.
A la mañana siguiente
el sol se asomó muy tarde
y los ruidos mañaneros
quedaron petrificados
y ya no han vuelto a sonar.

Ahora la leona vaga,
va de peñasco en peñasco;
a veces se oye un rugido
cargado de interrogantes:
¿quiere volver al reducto
que abandonó aquel verano?
¿lamenta haberlo perdido?
¿se entristece, se divierte?
¿se lanza a la cacería
de liebres o de ratones,
o quizás de alguna liebre
que apareció en el camino?
Tal vez, sólo ella lo sabe.

Mientras tanto aquel cubil
del que huyó una noche muda,
dejó de ser lo que era:
el sitio tibio y tranquilo
donde ella se adormilaba
por las tardes sosegadas;
se llenó de telarañas
que cuelgan como recuerdos
añosos y enmohecidos,
mustios, sucios, sin color...

y no obstante, sin embargo:
ya se va la noche,
ahora viene el sol,
cesan las tormentas
de nieve invernal.
Todavía cala el frío,
se resiente la tristeza;
a ratos se abate el alma,
pero la pátina verde
se percibe ya en las faldas
de las modestas colinas

que circundan este valle;
ya la grama se aparece
tímida y entumecida;
ya los grajos parlotean,
se acercan las lluvias de oro,
torna el brillo peregrino
de las aves migratorias
que encontraron el camino
hacia los ámbitos nuevos
de tibieza, de calor,
y por los montes cercanos
se escucha el eco ligero
de una suave melodía
que a veces, cuando no es triste,
habla de dulce esperanza,
de consuelo, de ilusiones
de remembranzas y olvidos.

Ricardo Montes_de_OcaRicardo Montes de Oca ha escrito novelas, ensayos, cuentos y poesía. Ricardo ha cursado estudios profesionales en México y Rusia.