Aguas abiertas
fueron esos mares,
aguas inciertas
fueron los océanos.
Paisajes muertos
fueron los recuerdos;
cuadros desiertos
eran mis deseos.
Hasta que en una noche
con sollozos de estrellas
entendí que era inútil
continuar anhelando.
¿soñar con qué?
¿y para qué?
El sol de los recuerdos era frío;
la luna del ensueño estaba ausente,
el lucero
señero
brillaba indiferente,
como insensibles eran
todos los compañeros
del cortejo celeste.
Pensé en hacerlos cómplices
de quejas y penares;
me fui a los encinares
para estar más a solas
con todos los viajeros
de la sábana negra,
y allí ante los luceros
derramé mis rencores,
y mis desilusiones.
Esperaba respuesta,
esperaba consuelo
que llegara del cielo.
Esperé que en su vuelo
esas luces lejanas
se volvieran hermanas
de mi angustia y mis miedos.
Esperé macilento
que viniera el aliento
revitalizador,
que llegara del cielo.
Esperé que en su vuelo
esas luces lejanas
se volvieran hermanas
de mi angustia y mis miedos.
Esperé macilento
que viniera el aliento
revitalizador,
que llegara el alivio,
tal vez un rayo tibio
de calma y esperanza.
Esperé, sin señales
de las luces astrales;
estaban como muertas,
no entendían mis reyertas.
Mis desgarres internos
sufrieron los inviernos
con sus pasos morosos
y con su indiferencia.
Mi sufrir era enorme
monstruoso, multiforme;
abarcaba fronteras
que no tenían barreras;
rebasaban los mares,
los espacios polares;
superaban las crestas
de las cumbres enhiestas,
y cubrían las llanuras orientales
tal como lo registran los anales
de las tragedias clásicas e históricas.
Si eran tan gigantescos mis dolores,
si mi existir ya no tenía colores;
si el peso de la pena era tan vasto,
y si de los tormentos yo era pasto,
¿porqué los soles y las lunas,
porqué los montes y las dunas
permanecían despreocupados?
¿porqué los residentes
de los bosques silentes
se portaban también indiferentes?
No lo entendí hasta hoy.
Hasta hoy que se quien soy:
Uno de tantos peregrinos,
uno de tantos inquilinos,
de los billones de ocupantes
de algún espacio aquí en la tierra.
Ni más, ni menos que los otros,
igual que los ratones y los potros
lo mismo que el jaguar y las tortugas,
la mosca, el elefante y las orugas,
las orquídeas, los robles y laureles,
los olmos, los cipreses y oyameles,
los tilos seculares y los pinos,
las rosas circundadas por espinos.
Yo no era diferente,
no era lo que pensaba;
era ton sólo un ente
que el planeta cruzaba
igual que desde el hueco
del tiempo, como un eco
millones o miríadas
de vidas condenadas
a vivir y morir,
pasaban en silencio.
¡qué duro fue entenderlo!
¡qué brutal concluirlo!
me negaba a aceptarlo,
me resistía a creerlo.
¿acaso era mentira
que el hombre sí delira,
cuando se autotitula
y hasta se congratula,
sin sombra de bochorno,
de ponerse el adorno
de ser el rey de la creación?
Es falsedad y embuste,
(aunque esto no te guste),
que tu estás en el centro
y eres el epicentro
de la naturaleza.
No existe tal realeza,
me indicó mi intuición.
Ninguno te donó esa jerarquía
y nadie te heredó esa monarquía:
la de ser la medida de las cosas,
pues lo mismo serían las mariposas
las nubes, los volcanes y las rosas,
las creaciones más feas o más hermosas.
¿piensas que por tener un intelecto
eres de la naturaleza lo perfecto?
según lo que se mira, eres fragmento
de un todo superior, eres segmento,
partícula, pedazo, pizca, parte,
fracción de lo existente, y que reparte,
factor, actividades y funciones
según ocurren las apariciones
de todos los que son los eslabones
de una larga cadena de incidencias
en la que se efectúan las recurrencias
que configuran leyes y principios
del ser, de lo que llamas existencia.
Lo entendí con angustia
inevitable y mustia;
acepté con tristeza
que en ello había dureza,
pero también grandeza
para mi entendimiento:
si era yo un rudimento
de un todo gigantesco,
todo lo que padezco
solo tenía sentido
para mi, que dolido
esperaba piedad,
lástima y caridad
de donde no hay oídos,
de donde sólo hay ruidos,
del ciego funcionar.
Y las aguas abiertas,
para mi siempre inciertas,
adquirieron belleza,
no obstante mi tristeza
persistente y tenaz.
Dejé que los recuerdos torturantes
flotaran pertinaces como antes,
pero ya no pedí misericordia,
y acepté que acudiera la concordia
a concordia a conciliar por fin mi sentimiento
con mi juicio, razón, discernimiento,
y fuera el triunfo del entendimiento.
Ricardo Montes de Oca ha escrito novelas, ensayos, cuentos y poesía. Ricardo ha cursado estudios profesionales en México y Rusia.








