El colibrí
Minuto a Minuto

Te parecías al colibrí
a la lluvia plateada,
a una flor que alumbraban
los reflejos del iris.

Estás en mis pupilas
con tu sonrisa de promesa,

y ese inclinar de la cabeza
en aquiescencia concertada.

Estás, aunque no quiero,
aunque intento alejarte.
Pasas por entre nubes,
por entre el cortinaje de la lluvia,
por entre los reflejos de la luna,
entre la oscuridad del infinito.

No volveremos a mirarnos,
a contemplarnos por entre los ojos;
no miraré ya más tu piel
de terciopelo de gardenia,
ni escucharé los graves tonos
de tu voz de contralto
con matices de viento
rosando estalactitas.

Poco a poco se pierde
entre la oscuridad del tiempo
la imagen inquietante
de la criatura adolescente
que fue siempre inconstante
en el amar, y en el odiar.

Poco a poco se agranda
el recuerdo inconsciente,
mientras desaparece,
en el espacio de este mundo,
la figura radiante
que alegraba el instante
de la alborada o el ocaso.

Insensible, se pierde
la luz de esa sonrisa
y el brillo pupilar,
que dijeron mil veces:
eres lo irrepetible,
lo que nunca se encuentra
cuando ya se ha perdido.

Inasible te vuelves,
inaprensible y vaga,
y te hundes en el hueco
gigantesco del tiempo,
del espacio infinito,
inmóvil e imponente.
Prefiguras ahora
lo que nunca existió
antes de tu llegada;
pero después de ella
estuviste allí siempre;
y es imposible retornarte
a la nada anterior.

No estabas, ahora estás;
te quedas para siempre,
pero nunca estarás.
Y es esto lo terrible,
lo destructivo, lo aplastante:
no tenerte más nunca
y ver que estás aquí
en la pupila, en el aliento,
en el olor de la naranja,
del alimento diario;
en el aire que flota,
en el rayo que alumbra
por entre los cristales
cuando el sol del invierno
tímidamente asoma.

Te fuiste, estás ahí.
No se ve más tu cuerpo
pero aquí está tu imagen,
el rumor de tus pasos,
el ruido hecho pedazos
cuando en la noche tibia
soñabas con estrellas
tan brillantes y bellas
como el destello cristalino
de tu mirada tropical.

Serás lo eterno mientras viva
lo que aquí en mi cerebro
te mira y te concibe;
el ser mismo que cargo
como una penitencia
que tiene por sentencia
resistir de por vida,
hasta que los tejidos
del vital entramado
digan todos: me rindo;
nada hay en este mundo
que me retenga más.
Si el amor ya no existe
o no se experimenta,
si se agotó, impaciente,
la razón de vivir,
me alejo, me diluyo,
me pulverizo y me disuelvo.
No seré más que imagen
también, pero más triste,
porque aprendí lecciones
de las que nunca tuve ejemplos.
Se me habló del amor,
de la ternura y el cariño,
de comprensión y gratitud;
del sentimiento puro
que tal vez allí estaban,
pero nunca los vi.
¿acaso existirían?
¿o eran solo ficciones
que inventó en su orfandad
el primer habitante del planeta
para paliar su soledad?

Tal vez cada viandante
que pasa por el mundo
lleva esos sentimientos,
pero no los derrama
donde debiera hacerlo
o en quien los necesita.

Y así, sólo me queda,
para consuelo pasajero,
creer que tu me diste
lo más bello del mundo,
que se volvió tormento
cuando lo arrebataste
y lo fuiste arrastrando
para luego arrojarlo
en quién sabe que charca,
en qué pozo o pantano.

Te parecías al colibrí,
ahora lo eres.
Y vas de flor en flor
aspirando las mieles,
y como él, inconstante,
en vuelo te detienes,
y como él, inconsciente,
te acercas y te alejas,
te vuelves inasible
como el vapor,
como la niebla, como el viento
o como el pensamiento;
como hálito de vida que se va
y que ya nunca volverá.

Ricardo Montes de OcaRicardo Montes de Oca ha escrito novelas, ensayos, cuentos y poesía. Ricardo ha cursado estudios profesionales en México y Rusia