Llegaremos al fin.
Todo lo tiene:
El río rumoroso,
El cantarino arroyo,
Las fases de la luna,
La brillantez del sol;
Las rosas.
¡Oh, las rosas
Que empiezan a morir,
Cuando apenas su aroma
Perfuma los jardines.
Tiene fin la mañana
Que se despierta al grito del cenzontle.
La noche, en nuestro sitio, no perdura
Más allá de los rayos
Que vienen desde el centro
Del núcleo planetario.
Tendrá fin ese núcleo.
La luz que nos da vida
No será ni recuerdo
Porque no habrá memoria
Que registre y que informe
De los millones de fotones
Radiantes, luminosos
Cuando esa luz barría la tierra,
Que no será, si acaso,
Más que un piedra gigantesca
Flotando a la deriva,
A oscuras, ciega,
Fría más que ahora sus polos;
Como la luna Europa
Que ya tampoco lo será.
La razón de existir,
Se habrá extinguido,
Y la razón de amar.
Tuvimos mucho tiempo
Para rendir tributo a esa razón.
Nunca lo hicimos.
Preferimos soñar con que lo hacíamos.
Era solo el doblez:
Un mandamiento
Cuyo valor no fue siquiera el del papel
En el que estaba consignado.
Le gano la codicia,
La compulsión de estar acumulando
De todo:
Desde el carbón brillante
Hasta las aguas de los mares;
Desde la grama hasta los cedros;
Desde las piedras de los montes
Hasta las sales de las playas;
Desde el rinoceronte hasta la abeja;
La margarita de los prados
Y el almizcle de ratas y de búfalos.
Fuimos por las planicies
Y por los lomos de la tierra
Recolectando, acopiando,
Y contra el pecho, protegiendo:
Que nadie nos pidiera,
Que nadie nos quitara,
Que nadie nos tocara
Un patrimonio,
Que, aunque fuera un millón de toneladas,
Se nos hacía pequeño.
¿Y qué fue lo que nunca atesoramos,
Para cuando se hiciera necesario?
Amor, cariño auténtico,
Ternura,
Devoción al que estaba a nuestro lado.
Con voltear hacia el cielo,
Creíamos verter amor a cubos.
Si alguna vez hubo un engaño,
El más grande de todos,
Fue el de querer creer
Que amábamos al prójimo.
Y no.
Íbamos tras el premio
Real o fementido: l
La Gloria, el Paraíso.
Pero ni eso siquiera hizo posible
El afecto total y universal:
En nombre de un quimérico espejismo
Pasamos a cuchillo, muchas veces,
Al que debiéramos amar,
Según lo que anunciaron
Las voces que al principio
Vivían en catacumbas.
Tal vez sea una fortuna
El que ese desamor
También verá su fin.
Pero, ¡ay!
Ya no disfrutaremos
Viendo cómo termina el desafecto,
Porque ya no estaremos.
Ni hará falta el amor.
Ya, para qué.
Ricardo Montes de Oca, Pza. S. Fco., Puebla, Pue., 8-8-07
Ricardo Montes de Oca ha escrito novelas, ensayos, cuentos y poesía. Ricardo ha cursado estudios profesionales en México y Rusia.








