Abordé aquella barca
Con la intensión de hallar
En los mares remotos, la respuesta
A la pregunta sempiterna:
¿De dónde viene el mal
O, dicho de otro modo: la maldad?
No diré que las olas, las tormentas
O los tifones que encontré,
O que los mares apacibles
Me dieran la respuesta;
Ni el agitado oleaje
Ni las noches de calma y viento suave;
Ni las gigantes olas
Capaces de volcar embarcaciones
Gigantes, poderosas,
Me trajeron la clave
Que desde siglos ha
Venía yo buscando.
Pero me dieron ocasión
De raspar mi cerebro
Con los cuestionamientos
Acerca de mi mismo,
Que es decir, parte de ese tejido
Llamado humanidad.
Y me encontré que el mal,
O, dicho de otro modo: la maldad,
No se desplaza por el aire
Como nube siniestra;
No brota desde dentro
De las entrañas de la tierra
Como si fuera lava;
No la ves cabalgando
En los aterradores huracanes,
Ni tampoco aparece
Quitada de la pena
En los incendios de praderas
O en las tormentas tropicales,
O en esas tempestades
Que estallan en los mares
Volviéndolos fatales,
Aciagos y siniestros.
Diré, pues, la maldad,
Es la capacidad
Que se aposenta en mi cerebro
De causar daño al compañero
De giros de la tierra;
Es la intención,
Llamémosle designio,
Finalidad o mala leche
De causar deterioro,
Quebranto o desperfecto
En los bienes del otro
Y sentir gran deleite,
Por el perjuicio ocasionado
Al individuo mismo
Que me hace compañía,
Y si estamos en México,
Ampliando la alegría
Y el placer de fregar afectar
Diciendo, urbi et orbe,
¡Me lo chingué al cabrón!
Y enseguida soltarla carcajada.
No es cuestión de demonios,
En todo caso es un asunto
En el que se entremezclan,
El placer de quitar
De arrebatar y someter,
Y la pulsión de asegurarse
De que mañana no tendré
Que mendigar el pan
Que solicitan mis entrañas.
¿Por qué ha de ser así?
Porque no es cierto
Que allá en el fondo nuestro
De lo que llama el hombre sabio,
El dueño de la ciencia,
Las circunvoluciones,
Se desplacen tranquilos
El amor a los otros,
Y el sentimiento de piedad.
Estos sentires, que sí existen
Y juguetean en el cerebro,
Fácilmente, sin mucho titubear
Ceden lugar a los rencores,
A la envidia, los celos,
A la ambición, a la avaricia,
A la avidez y a la codicia,
Ante los bienes de los otros,
Ante el deseo de despojar,
De apoderarse noche y día
De la sangre del otro,
Del sudor que en los sucios,
O irreprochables ergasterios,
Habrá de producir
Lo que los poderosos
Capitanes de industria
Ambicionan y anhelan.
Esto lo saben bien
Los Rostshild que en el mundo
Han existido y vivirán,
Los Rockefeller, los Slim;
Los Krup, Ford y Zambrano
Aquí o en las antípodas,
Y en siglos venideros,
En la luna o en Marte.
¿Quieren ustedes apostar?
Ricardo Montes de oca, Puebla, Pue., 16-7-10
Ricardo Montes de Oca ha escrito novelas, ensayos, cuentos y poesía. Ricardo ha cursado estudios profesionales en México y Rusia.








