28 de junio de 2014 (Monólogo teatral hiperbreve)
Sobre el escenario, un joven de unos treinta años, quizá un poco menos, con una vieja maleta en la mano. Va mo-destamente vestido, pero rebosa pulcritud y dignidad. Se diría muy cansado y abatido. Sin embargo, no definitiva-mente vencido. Cerca del muchacho se yergue un árbol de tronco grueso y firme: un árbol que ha de llevar siglos en ese lugar, en ese paisaje conocido.
Joven:
Mira hacia atrás, hacia la senda que quizá no haya de volver a pisar, con melancolía. Una lágrima recorre el rostro sereno. No hay más muestra de dolor que ésa, tan discreta: acepta valiente, que no resignado, su sino. Apoya la palma sobre el tronco centenario y lo contempla con admiración. También, con cierta envidia. Desearía la certidum-bre en los pies que Dios le ha dado al árbol y que él no ha de tener. Cierra por un momento los ojos, con la mano aún sobre la corteza: como en un silencioso y reverente adiós. Le cuesta despedirse, pero finalmente se pone en marcha arrastrando los pies. Parte con su maleta, cabizbajo: expulsado de un Paraíso que ya no es su herencia. Por delante, sólo el destierro, la ausencia, la distancia del hogar... Flaquea y se debate. Hace ademán de avanzar, pero una fuerza superior parece clavarle al suelo. El gesto, por primera vez, se le descompone. Entonces, súbitamente, la expresión de su rostro muta: de torturada va pasando a distendida. Al principio, muy lentamente. Después, a mayor velocidad y más radicalmente. De tibia esperanza pasa a abierto alivio. Extrae de su maleta unas varillas y, con tela ligera pero resistente, monta una tienda de campaña pequeña y confortable, de un verde alegre y nuevo. Apenas un modesto refugio, pero totalmente suyo, creado con sus propias manos: algo a lo que poder llamar hogar. El perso-naje entra dentro; por un momento los espectadores le pierden de vista. Entonces, repentinamente, a través de aberturas hasta entonces bien disimuladas, de esa media esfera, de ese cascarón hendido, brotan dos piernas y dos brazos. El individuo, renacido, se pone de pie. Cual tortuga con su casa a cuestas, saca la cabeza, lentamente, sin prisa, a un mundo nuevo: a un sol artificial que ahora ilumina y calienta el escenario. El hombre-tortuga, más sabio que nunca, más sereno que jamás, sonríe. Y entonces, sí, parte definitivamente. No lo hace con amargura sino con sosiego, consciente de que llevará su hogar siempre consigo.
Salomé Guadalupe Ingelmo (Madrid, España, 1973). Orientalista y profesora honoraria UAM. Con premios literarios nacionales e internacionales en varios géneros. Sus relatos están en numerosas antologías y, desde 2009, en miNatura. Ha prologado El Retrato de Dorian Gray, y la antología del VIII Concurso Bonaventuriano / USB/Cali, donde fue jurado, así como en el V, VI, VII, VIII Concurso Literario Internacional “Ángel Ganivet” (Finlandia), del que en la actualidad es la Coordinadora. Entre más Ediciones COMOARTES ha publicado su libro de narrativa La imperfección del círculo.








