27 de junio de 2014 (Monólogo teatral hiperbreve)
En medio del escenario, un trilero impecablemente trajeado espera, acechante cual tarántula venenosa, tras su mesita plegable. Sobre ésta destacan, incitantes como hongos tóxicos, tres cubiletes de brillantes colores: atracti-vos, irresistibles para cualquier ojo. Otro individuo, un transeúnte de paso, aminora la marcha. Titubea… Parece dispuesto a pararse y probar suerte. El trilero finge no reparar en él; pero en realidad lo vigila, observando atenta-mente de soslayo. Quizá haya caído en la red otro mirlo al que desplumar.
Trilero:
(Simulando indiferencia) Ah, ahí veo un caballero que quiere probar suerte. (Comienza maquinalmente, con caden-cia monótona pero persuasiva, su retahíla bien aprendida.) Sólo por un papelito, toda una ronda. Un papelito: tres intentos. Un voto: tres intentos. Vamos, que lo estamos dando. Lo estamos regalando. Nos lo quitan de las manos. (Dirigiéndose directamente a él. Dando el golpe de gracia a su incauta presa.) Anímese, hombre, que hoy lleva la suerte escrita en su cara.
El individuo común de mediana edad, un hombre cualquiera vestido con ropas bastante usadas y con el cansancio vital tatuado en el rostro, decide reconstruir esa fe que perdió a fuerza de ver cómo otros se limpiaban los zapatos sobre ella. Porque a veces incluso suceden milagros, tiende sin mucho convencimiento la papeleta electoral. Ésa que el trilero hace desaparecer inmediatamente, visto y no visto, en el bolsillo de su chaqueta de marca.
(Con sonrisa bobalicona y el mismo tono ridículo que emplean para dirigirse a los bebés quienes creen que estos son estúpidos. Incluso moviendo las manos en el aire como si se dispusiese a hacerle los “cinco lobitos”.) ¿Dónde está la ayuda a la dependencia? ¿Dónde está la bolita ganadora? (Canturrea entusiasta igual que si le hablase a un perro al que estuviese a punto de lanzar un palo; sólo por entretener su atención.) ¡Sigue la bolita, sigue la bolita!
Comienza a mover los cubiletes cada vez más rápido. Hasta alcanzar una velocidad vertiginosa que nada tiene que ver con los movimientos casi torpes de que hacía gala al comienzo de su exhibición. Una velocidad imposible de seguir para ojo humano alguno. El hombre, impertérrito, aparentemente seguro de sí aunque aún sin traza alguna de entusiasmo, indica con su índice un cubilete. Entonces para en seco la frenética danza.
(Fingiendo un pesar que no siente sólo con las palabras; pero demostrando al tiempo, mediante su tono de voz, una alegría despiadada e impúdica. Con evidente recochineo.) ¡Ooooh… Cuánto lo siento! Aquí sólo hay un recorte (Levanta el cubilete únicamente por unos segundos, para dejarlo caer inmediatamente sobre un contenido que en realidad nadie ha tenido tiempo de comprobar. Un ligero desconcierto se pinta en el rostro del desconocido. Hay algo que no logra entender: algún detalle ha escapado a su atención. Ese final no estaba previsto. Parece intentar reflexionar, volver mentalmente sobre sus pasos para descubrir el error cometido. Pero el trilero no le da tregua. Apenas observa un destello de lucidez en el rostro del mirlo, comienza de nuevo su hipnótico espectáculo.) ¿Dónde están las subvenciones a la educación y la cultura? Y sigue la bolita, sigue la bolita… (El hombre, esta vez, titubea. Extiende una mano ligeramente temblorosa y señala lentamente el cubilete central. Se apresura a anunciar el trilero, incluso antes de levantar muy fugazmente el cubilete.) ¡Qué peeena! … (Con desvergonzada sonrisa.) Falló de nuevo. (Sin abandonar la sonrisa, pero en tono de abierta amenaza.) Tercer y último intento. (El hombre, visiblemen-te nervioso, suda copiosamente y se retuerce las manos. Sabe lo que se juega. Saca un pañuelo del pantalón y se seca la frente. Mira de un cubilete a otro desesperado. Y se retuerce de nuevo las manos. Se lleva los dedos a la sien confuso, como intentando aferrar sus pensamientos. Pero el trilero no le concede tiempo para reflexionar; en eso consiste su talento. Ahí reside, precisamente, el secreto de su éxito.) Vamos, vamos. Que esta vez es la buena. ¿Dónde están las prestaciones sanitarias públicas? (El hombre, obviamente, yerra.) Perdió de nuevo. Mala suerte, amigo, habrá de esperar a la próxima.
El hombre común, con las mandíbulas desencajadas por el estupor y el desconsuelo, eleva tímidamente un dedo como pidiendo un turno de palabra que el guión no contempla. Y así se queda: con el índice ridículamente levanta-do, señalando a un cielo que se diría ausente.
(De repente el trilero decide ignorar al perdedor, que ya no tiene nada más que ofrecer, como si éste ya no existiese; como si hubiese desaparecido por arte de magia. “Si te he visto, no me acuerdo”. Con la voz odiosa de quien desea manifestar sin pudor su tedio. Más o menos con la misma voz con la que ciertas enfermeras llaman a los pacientes a la consulta del médico.) Siguiente. (De nuevo, súbitamente obsequioso, Mr. Hyde da paso al Dr. Jekyll ante la promesa de un nuevo cliente. Se dirige sonriendo a una futura presa sin rostro, alguien que el público aún no puede ver sobre el escenario, pero que se imagina dolorosamente familiar. Y sigue vendiendo con entusiasmo su humo.) Puede usted probar suerte por el módico precio de… un voto, caballero. (Y, así, el espectáculo comienza de nuevo.) Un papelito: tres intentos… ¿Dónde está la justicia gratuita? ¿Dónde se esconden los subsidios de desempleo? ¿Dónde, la subida de pensiones? Vamos, vamos, que el que lo encuentre, se lo queda. (Su sonrisa se desparrama como miel sobre tostada que observa golosa la mosca) Pruebe suerte, señor, que hoy puede ser su día. Nos lo quitan de las manos. Lo estamos dando. Lo estamos regalando.
De fondo, a lo lejos y con un volumen muy discreto, casi tímido, con aire cansado pero no vencido, comienzan a sonar las estrofas finales de Hey you, de Pink Floyd. Interpretado preferentemente por David Gilmour, más que por Roger Waters (a pesar de su autoría). Hasta llegar al desenlace: “Together we stand. Divided we fall. We fall… we fall… we fall”.
Salomé Guadalupe Ingelmo (Madrid, España, 1973). Orientalista y profesora honoraria UAM. Con premios literarios nacionales e internacionales en varios géneros. Sus relatos están en numerosas antologías y, desde 2009, en miNatura. Ha prologado El Retrato de Dorian Gray, y la antología del VIII Concurso Bonaventuriano / USB/Cali, donde fue jurado, así como en el V, VI, VII, VIII Concurso Literario Internacional “Ángel Ganivet” (Finlandia), del que en la actualidad es la Coordinadora. Entre más Ediciones COMOARTES ha publicado su libro de narrativa La imperfección del círculo.








