Yo estaba seguro que algo
importante iba a suceder esa noche, en mi corazón sentía una inquietud que no
podía explicar. ¿Qué si estaba bonita? Mire usted, yo le puedo decir que su
cara era de una belleza indescriptible, sus ojos eran grandes, vivos,
inquietos, su nariz era fina y ligeramente levantada, sus labios eran delgados,
el conjunto era agradable, su peinado, aunque especial para la ocasión se veía
muy casual, lo que le daba un aire de. , no se, era impactante, ¿de cuerpo? no
le puedo decir con seguridad porque casi todo el tiempo estuvo sentada, pero la
impresión es que era delgada, justo como me gustan.
Como le decía, esperaba el
momento oportuno para abordarla, y mientras ensayaba las primeras palabras que
seguramente serían decisivas, no la perdía de vista, levantaba mi vaso en su
dirección, sonrisas y demás, afianzando el camino, asegurando el triunfo que
ambos gozaríamos. Por fin, la oportunidad, un cambio de música y de luces; la
primera suave y melodiosa, las segundas, tenues. Intercambiamos miradas y
decidimos que ese era el momento, nuestra oportunidad, el ambiente se había
tornado cálido, íntimo, propicio para iniciar una nueva vida.
En el momento en que me
levanté de mi silla y arreglé mi ropa, la volví a mirar y me di cuenta que ella
también se estaba arreglando para nuestro encuentro (¿La última casualidad de
la noche?), di el primer paso y justo al dar el segundo un estruendo en la
puerta hizo que me detuviera, oí ¡La policía! ¡La policía!, algunos gritos y
por fin la calma, nos formaron a todos y ella y yo quedamos, causalmente juntos
e intercambiamos unas risitas nerviosas pero sin palabra alguna.
En lo que revisaban el
lugar, y a los clientes, el que comandaba la misión se detuvo frente a nosotros
y viéndonos fijamente, se volvió hacia el gerente y le gritó: ¡Qué poca madre,
dejar entrar niños a este lugar! ¡Ciérrenle el changarro por lo menos un mes!
Ya le digo, fue una noche de casualidades. Por supuesto que no la he vuelto a ver, pero le juro que si la encuentro ora si me aviento a hablarle luego, luego.
Más de la obra de Jorge Alberto Durán Ramírez:
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