
19 de mayo del 2021
Fragmento del Libro:
Todos los caminos son nuestros
Una noche al calor de la fogata se acercó mi padre y dirigiéndose a mi hermana le murmuró: “Todo está arreglado, te casarás al final de las fiestas patronales”, y así fue.
Mi hermana Coloma se casó una mañana muy fría, o al menos así lo sentí, su boda fue la única que recuerdo de mi corta vida gitana”.
La preparación para la boda fue todo un acontecimiento, desde el “miramiento” cuando se presenta el novio para acordar la pedida de mano o “pedimento” que se inició en nuestro vardo. Los arreglos de la caravana en general, significaron trabajo, las borias o nueras, tías y abuelas, y todas las mujeres del clan, empezaron por lavar y lavar ropas, todo lo que al paso veían debía quedar limpio; sacar muebles y cosas para sacudir o cambiar eran actividades ejecutadas con alegría. La añorada Triana se miró movida por la felicidad que significaba la fiesta esperada.
La novia que yo veía en mi hermana era una niña; como muchas otras gitanas que a sus trece años ya estaban comprometidas.
Un día antes de la boda, llegaron a nuestros vardos la suegra con la ajuntaora o sicobari y otras mujeres, para comprobar la virginidad de mi hermana. Con nostalgia recuerdo su caminar sereno, su figura infantil transformada en una mujer a la luz de aquella mañana, enfrentaba el destino común de todas las mujeres gitanas.
Sus cabellos dorados al sol, flotaron al viento de tiempos ancestrales, en cada paso que daba sostenía el ritual de todas la niñas-mujeres que hicieron el mismo recorrido. Oprimía en sus brazos un chal de tul bordado de rosas blancas, que el hombre quien iba a desposarla, le había enviado con la comisión de mujeres que la conducían para pagar una prueba de amor. No era la gacela que huye del peligro, era la cordera dócil y decidida a enfrentar un destino marcado.
Mi hermana, sería pronto la niña embarazada con hijos que enfrentaría el mismo destino de nuestro pueblo gitano.
Esperé muchas horas para verla, quería encontrar en su mirada el sufrimiento al que fue sometida. Escondida para no ser descubierta la podía observar. Los rayos del sol despuntando al amanecer se desmoronaban cubriendo su fragilidad, y en aquel rostro, que días antes resplandecía de inocencia, corrían legendarias lágrimas de vergüenza y pudor. Sin embargo, con aceptación, altivo el rostro buscó al hombre que sería su esposo. Mi padre y los hombres congregados para escuchar el resultado de prueba de la virginidad, reían grotescos. Las miradas de las viejas ajuntaoras brillaban de lujuria. Las tías y abuelas hablaban en voz baja, pero llenas de gozo al verla salir delante de las mujeres que llevaban un pañuelo teñido de sangre, gritaron con emoción y junto con los hombres cantaron el palo flamenco de la Alborea haciendo rondas.
Aquel rito ancestral que todas las gitanas debíamos aceptar, significaba lo que a su letra por diversas regiones gitanas dice:
“En un verde prado tendí mi pañuelo, salieron tres rosas como tres luceros.
¿Dónde estás padre, de bonita novia? que ya su hija, salió con victoria.
Dichosa la madre que ya pudo dar, rosas y boquetas por la madrugá”
La boda de mi hermana duró tres días, entre fogatas, comida, bailes y regalos se olvidaron las penas.


Merced Sarahí Jarquín Ortega, integrante del Círculo de Escritores Sabersinfin






