LA BESTIA DE CUATRO CABEZAS Y YO - Alberto Reyes
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            Después de un día largo, tomamos el autobús que ahora nos llevará donde tu departamento. Al estar frente a las puertas del edificio, haces una pausa para sacar tus llaves, en ese momento va pasando un chico atractivo de unos veinte años al cual sólo dirijo una mirada fugaz, pero tú decides quedártele viendo hasta el punto donde sus miradas se cruzan y tú le sonríes, él te contesta haciendo lo mismo. Ahora la rabia se apodera de mí, pero sigo callado, y sin hacer comentario alguno.

 

            Subimos las escaleras de caracol y en un santiamén nos encontramos en tu respectiva puerta. Entramos y todo sigue igual que en la mañana, no me dices nada y vas al baño en lo que yo voy a tu recamara, enciendo la televisión y comienzo a desvestirme, minutos después tú te apareces en la puerta. Aunque la única luz es la que despide el televisor puedo ver que sólo llevas puesto esas tangas que tanto te gustan. Te introduces a la cama junto a mí tomando el control remoto y por consiguiente apagas el televisor, ahora la única luz es la de la luna llena que entra por completo a través de las ventanas de tu recámara, la logro ver y me quedo hipnotizado con su circunferencia perfecta, en lo que tú me besas y acaricias. Otra cabeza de la bestia decide despertar en tu éxtasis, EL TORO.

 

            Yo no puedo dejar de ver esa luna, su superficie nacarada que alumbraba mi piel, entonces fue ahí cuando vi al TORO que tenía encima de mi, y recordé al ELEFANTE, AL PERRO, y AL LEON y cómo me habían tratado y que ahora esta bestia, así como si nada quiera coger conmigo, sin cariño ni afecto. No soporté más.

 

            Te digo que te detengas y me levanto de tu cama, tu extrañado preguntándote que pudo haber sucedido. Me empiezo a vestir y por fin te empiezo a echar en cara todo lo sucedido en el día, y que no sólo hoy sino que desde que empezamos a ser pareja siempre había sido igual, que a pesar de las estúpidas explicaciones que siempre me dabas y yo pendejamente aceptaba ya estaba cansado y que ya no iba a seguir en este juego. Tú te encabronaste y me empezaste a soltar unas explicaciones que se contradecían una con otra. Firmemente seguí mi camino y recogí todas mis pertenencias que había dejado en tu departamento cada vez que iba, cuando viste que no estaba jugando, que no era como en esas ocasiones que discutimos y nos reconciliamos empezaste a preocuparte y ahí fue cuando vi el CORAZÓN de la bestia.

 

            Empezaste a llorar y a decirme que me amabas y que si me habías lastimado que por favor te perdonara, que las cosas serían diferentes, eso y más cosas a las cuales ya no tenían caso prestarles atención. Como veías que no respondía, no me conmovía ni tantito. Decidiste mezclar las cabezas de tu bestia e ignorar el CORAZÓN, te emputaste más y empezaste a decir que era una buena decisión, que ya estabas cansado de mí, que yo soy el que no cambia, bla, bla, bla, etc.

 

            Azoté la puerta al salir, bajé las escaleras apresuradamente y tomé el transporte a mi casa. Ya no quería pensar, ya no quería saber de ti jamás, me habías lastimado mucho y no te importó y aunque te lo hice saber varias veces te daba lo mismo.

 

            Una hora después, me encontraba sentado en mi cama, la fría brisa que entraba por mi balcón al otro extremo de mi recámara, me despejaba los pensamientos, y añadiéndole la ducha que me di instantes antes, ahora me encontraba más relajado. Fui a un cajón y saqué mi ropa interior negra (mi favorita) aunque mi cuerpo se encontraba algo húmedo, me la coloqué, el chiste era estar vestido. De nuevo en mi cama aventé la toalla a una silla cercana, del buró izquierdo saqué mi cajetilla de cigarros y me dispuse a fumar, en ese momento recordé que no te gustaba que fumara y tuve que dejar de fumar en tu presencia, ahí estabas otra vez, pero en esta ocasión fue distinto, decidí ignorar este recuerdo y dirigir mi atención a la luna, esa luna que me había hecho recapacitar.

 

            Está sonando el teléfono de mi buró, a la derecha de la cama, sé que eres tú, por la hora y porque nadie más me hablaría. Tomo el auricular, la duda en mi cabeza, después la seguridad en mi mano, cuelgo, espero unos segundos, tomo el auricular otra vez y lo aviento a la cama, voy al otro buró y saco el encendedor, enciendo mi cigarrillo, mmmmm... que delicioso sabor, doy unos pasos hacia mi balcón, me sostengo del barandal que está a la altura de mis muslos. ¡Que bella noche, que bella luna!, ya no hay bestia de cuatro cabezas, ya no hay látigos para auto flagelarme, ni cuerdas para atarme a la criatura, soy libre, soy YO.

 

            Sé que esto es lo correcto, lo que debí de hacer tiempo atrás, por suerte no había lágrimas, pero sí dolor, un poco por ÉL, pero sobre todo había mucho dolor... por . Seguí fumando a lo largo de la noche, esperando que este dolor, estos pensamientos y este pesar se esfumaran junto al humo del tabaco, que era lo único delicioso en ese momento.