Girasoles sobre la piel
Minuto a Minuto

 

 

26 de diciembre de 2015

 

El mediodía en que los cinco coincidieron era posible freír la piel con sólo exponerla al sol. Ellas cuatro estaban sentadas sobre la hierba, de cualquier modo, a la sombra de los árboles. Con anterioridad, habían aceptado el desafío de una caminata. Él bajó de un taxi, a unos pasos de ellas sudorosas y enrojecidas, y se dirigió al museo enclavado en el parque. Cruzó a un costado de las cuatro. Las miró una a una, detenidamente. Todas jóvenes, de unos veintitantos años, unos cuantos menos que los que él había cumplido. A dos las olvidó desde ese momento. Las otras dos le gustaron, mucho. Una era morena, de mediana estatura, con unos ojos asombrados que traslucían una ingenuidad en vías de extinción. La otra, rubia, alta, de pelo corto, piel como la de los girasoles y sonrisa despejada.
 
Con la morena, él se tropezó una mañana, en una callejuela del Centro. Caminaban por la misma acera y no coordinaron a tiempo quién tomaría por la izquierda y quién por la derecha. Intentaron ponerse de acuerdo sin palabras.
 
Al mirarse a los ojos, creyeron reconocerse y se preguntaron: –¿Nos conocemos?
 
Él presumía de una memoria prodigiosa, por lo que le explicó dónde se habían visto. Sin más preámbulos, la invitó a un café y la morena aceptó. La conversación se extendió y él la invitó a un segundo café en su piso. La morena nuevamente aceptó, explicando que trabajaba muy cerca. Al terminar de hacer el amor, los dos sintieron que todo transcurría demasiado rápido. Unas semanas atrás, cada cual había roto su relación de pareja. Como se sentían desamparados, esa mañana bastó la mutua simpatía para que los acontecimientos se precipitaran, hasta quedar desnudos y exhaustos, también avergonzados y confundidos. Intercambiaron con pocas palabras sus números telefónicos sin establecer el mínimo compromiso, ni siquiera el de llamarse.
 
Con la vergüenza, se les olvidó decir sus nombres.
 
Con la rubia también se reencontró, a las dos semanas. Ella fue al museo al que él acudía y se aproximó para preguntarle por el horario de cierre. Él le respondió, y, de inmediato, le dijo que recordaba haberla visto. Ella confesó que se acordaba. Se presentaron.
 
Ella tenía la facultad de convertir en historia fascinante cualquier suceso cotidiano al contarlo. Y terminó narrándole un incidente ocurrido en su barrio hacía tres días: una marcha contra la delincuencia. Las consignas, los letreros, el calor humano de tantos hombros tocándose, la esperanza de la denuncia. Él consideró que ella contaba con compromiso lo ocurrido, y eso lo sedujo tanto como su belleza.

Un anochecer, después de pasear juntos, él en su cama la tuvo desnuda y luminosa como un girasol. Y pensó que aquella piel era como la luz de aquel mediodía en el parque. Entonces cobró conciencia absoluta de la belleza que se desprendía, rememoró el enorme poder de su palabra y la imaginó describiendo aquel instante. A él no se le endureció. Y se descubrió a sí mismo imaginando un campo desbordado de girasoles. De los girasoles brotaban palabras.
La próxima ocasión en que estuvieron a solas, él adoptó medidas para no fallar, y aunque, ya desnudos, ella le decía: "¡No, no, no...!" Y él no entendía si en realidad era "no" o era "sí", probó a continuar, asegurándose en el proceso de que era “sí”. Fue la plenitud. Y comenzó para él la locura.
 
Sólo pensaba en que ella se mudara a vivir con él. En que ella compartiera el aliento del piso. Deseaba conocerla a fondo. Y lo obsesionaba el urgente propósito de convencerla de que, si no podía mudarse de un día para otro, se quedara a dormir en el piso algunas noches cada semana.
 
Ella, cuyo padre había muerto, residía con su madre en un chalet de las afueras, sin teléfono. El padre se negó durante años a que un teléfono interfiriera en la vida familiar. Y la madre, muerto el esposo, a pesar de las presiones de sus hijas, no se atrevía a revocar aquella decisión. La única hermana de ella, casada, con hijos, habitaba pared por medio. Por lo que la madre estaba protegida y acompañada. Pero la rubia era la propiedad preferida de su madre. Una propiedad en exclusiva. Y las propiedades de una anciana duermen en casa. Ni una sola noche duermen en otro sitio. Por este motivo, las discusiones entre él y ella se prolongaron a lo largo de semanas. Ella argumentaba:
 
–Mi madre está mayor... Mi madre enviudó recientemente... Qué explicación puedo darle a mi madre para no ir a dormir... Mi madre no se acuesta hasta que no llego de la calle... A mí madre le angustia que alguien pueda dañarme...

Y él, como si la cuerda no se le acabara, repetía hasta el cansancio:
 
–Has cumplido más de veinte años... Dormir en otro lugar es tu derecho. Yo lo necesito, estoy acostumbrado a convivir, a dormir acompañado. Me vas a perder.
 
Hasta que, un viernes, ella prometió que esa noche se quedaría a dormir en el piso. Precisó que llegaría tarde y que se quedaría.
 
La esperó toda la noche como si esperara un sol de girasoles. Él cumplía ciegamente sus promesas y no podía pensar que alguien, a quien amaba y que lo amaba, no cumpliera. Preparó la cena, con un inusual esmero en un hombre habituado a la comida rápida. Pasó la hora fijada, la cena se enfrío, y él no probó ni un bocado. Fue decenas de veces al balcón. Se asomó cada vez que oía detenerse un autobús en la parada cercana. Trató de leer, oír música, escribir cartas, ver televisión. No logró concentrarse en algo que no fuera la espera. Una espera tensa, dolorosa, enloquecedora. Recibió despierto la madrugada.
 
Ella no apareció, ni avisó.
 
Él no alcanzaba a creerlo.
 
A las cinco de la mañana, él llamó por teléfono a un amigo. Un hombre de unos setenta años, habituado a despertarse a esa hora. Y le explicó que estaba al borde del precipicio. Le había advertido a ella de los riesgos de dejarlo aguardando sin noticias. Advertido que en circunstancias como ésas, él enloquecía. Su amigo lo invitó a desayunar. E insistió en que no se demorara.
 
El anciano, vestido de calle, le sugirió que atravesaran la avenida y desayunaran en un hotel, cuya cafetería permanecía abierta las veinticuatro horas y donde, tan temprano, no habría casi clientes. Lo hicieron.
 
Él relató los sucesos al anciano, desde aquel mediodía en que la vio a ella sobre la hierba. Los relató con vehemencia y angustia. El anciano lo escuchó con interés, lo obligó a tomar el café con leche, a comer tostadas, y no le aconsejó paciencia, ni restó importancia a los hechos.
 
Cuando el anciano opinó, dijo:
 
–Si uno se deja encerrar dentro de un círculo vicioso, la vida se empobrece. Un círculo vicioso hay que romperlo tan pronto uno se da cuenta de que existe. Regresa a tu piso y duerme. Después toma una decisión. Procura que sea una decisión definitiva.
 
Ella habló por teléfono, al mediodía. Se disculpó. No había tenido valor para decirle a su madre que dormiría fuera. Él contestó que esa noche dormían juntos o la relación terminaba. Ella dudó unos segundos, cuando habló fue para aceptar y comprometerse.
 
Esa noche, ella llegó temprano, con tres girasoles que colocó al lado de la cama. Hicieron el amor. Con euforia. Con fiereza. Para culminar con una ternura convocada desde muy hondo. Una ternura triste. Ella lo miró, después hundió los ojos en las sábanas estrujadas, y susurró:
 
–Yo te amo... No me quedaré a dormir.
–No te preocupes. No hay problema.
–Es la primera vez que pareces entender que no me quede.
–No te preocupes más.
–No sabes cuánto te agradezco que no me presiones. Que comprendas... Cocinaré algo y cenaremos –y ella, completamente desnuda, se levantó.
–Está la cena de anoche –señaló él–. Podemos calentarla. Será rápido y podrás marcharte antes de que las calles estén solas y sea peligroso.
Cuando aún cenaban, sonó el teléfono. Él, de un salto, lo agarró:
 
Sí... Te dije que yo estaría libre... No hay mayor problema –dijo él repitiendo algunas de las palabras que hacía unos minutos le había dicho a ella–. Formidable que te quedes a dormir... Estaremos de fiesta. Te espero en media hora. Te recojo abajo, en la parada de autobuses. Hasta muy pronto.
 
Colgó el teléfono y se enfrentó a ella que había perdido el color de los girasoles.
 
–Sabía que no cumplirías tu palabra –aclaró él, con ira–. Anoche casi me... Casi voy a buscarte debajo de las faldas de tu madre. Hoy, al regreso de desayunar de madrugada con un amigo, tropecé a tu compañera de andanzas –él seguía sin conocer el nombre–, la morena de aquel mediodía. Una que se quedará a dormir. Lo hago para que no me lo perdones. Lo hago para que no puedas perdonármelo. Y para que si intentas perdonármelo, yo no pueda admitir que me lo perdones. El amor no debe ser construido dentro de círculos viciosos. Debes irte... Tengo que hacer desaparecer los despojos, tirar los girasoles, ocuparme de cambiar las sábanas.

Ella no dijo una sola palabra. No lo miró a los ojos. No lo tocó. Se puso la ropa, recogió sus cosas sin apresurarse y al salir cerró sin estruendo.
 
Él cogió los girasoles y los dejó boca abajo en la cocina, desterrados dentro de la basura, sin dañarlos. 
Ya en la cama con la otra, él se levantó, buscó los girasoles y los dejó reposar sobre la piel desnuda de los dos.

Imagen: facebook.com/AdoreNoirMagazine

del libro: El amor es una bala de plata; Cazador de encuentros de Francisco Garzón Céspedes. 2de Edición digital con modulación al teatro y de género. COMOARTES ediciones, 2015.

next
prev

Hay 440 invitados y ningún miembro en línea