La purificación mediante el fuego volcánico y la Trinosofía (Artículo)
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5 de julio de 2021

 

Indiscreción y orgullo

 El mundo iluminado


A principios del siglo pasado, México fue visitado por el gran ocultista Aleister Crowley, conocido como “La Bestia”, quien buscaba iniciarse en los círculos herméticos que algunas sociedades secretas del ‘ombligo de la luna’ encabezaban. Es por muchos sabido que los presidentes Benito Juárez y Porfirio Díaz pertenecieron a estos colectivos esotéricos y que su influencia continuó con gran fuerza todavía en los primeros treinta años del pasado siglo. Crowley supo no sólo de la existencia de los grupos herméticos mexicanos de aquel entonces, sino que además fue consciente de la relevancia que éstos tenían a nivel internacional, de ahí que les haya solicitado, como lo expresa en textos que dejó escritos, realizar un ritual de iniciación en el cráter del volcán Popocatépetl. Los hermetistas accedieron, la petición en sí misma era maravillosa y alucinante, y así fue como subieron hasta el recóndito lago de fuego en el que ‘La Bestia’ fue ungida con el magma que desde el centro de la tierra, el infierno mismo, manaba.

Otra historia de volcanes como recinto de iniciaciones mistéricas la hallamos en el antiguo filósofo del siglo quinto antes de Cristo, Empédocles, a quien le debemos no la invención, pero sí la sistematización de los cuatro elementos primigenios: tierra, aire, agua y fuego. Empédocles fue un filósofo que concibió a la naturaleza como la manifestación por excelencia de los sagrado, es decir, para él todo lo que vemos en la naturaleza es el rostro vivo de Dios que nos habla de las formas eternas y de la perfección en la que habitamos, pero que, por nuestra ignorancia y soberbia, somos incapaces de ver. Empédocles, según la antigua leyenda, después de haber pasado años meditando, comprendió la gran verdad de la existencia, miró a Dios de frente y maravillado con su indescriptible rostro subió hasta el cráter del volcán Etna, al sur de Italia, y se arrojó dentro del magma a fin de dar paso a su reconciliación con la Creación. Una de sus sandalias fue la única evidencia simbólica de su viaje hacia el Origen.

No muy lejos del volcán Etna, se encuentra el monte Vesubio, el cual es también un volcán cuya fama radica en haber erupcionado durante el primer siglo de nuestra era, sepultando varias ciudades, entre las que podemos mencionar a Pompeya. El Vesubio, como el Popocatépetl y el Etna, tiene también una historia mistérica en torno a él, y ésta es la que hallamos en un curioso, interesante e indescifrable libro del siglo XVIII que lleva por título “La muy Santa Trinosofía”, su autor es el Conde de Saint Germain, personaje misterioso y mistérico de cuya vida se ha dicho de todo, por ejemplo, que vivió más de trescientos años, que tocaba varios instrumentos, que era políglota, que perteneció a las sociedades secretas de su tiempo y que nunca se le veía comer, pues él, como perfecto alquimista, había desarrollado un manjar de propiedades sagradas que lo facultaba para evitar los padecimientos de su mortalidad porque él, aunque no lo pareciera, era humano. Con seguridad podemos afirmar que muchos de los atributos de Saint Germain son falsos, pero lo que es innegable es que él existió y su paso por la aristocracia francesa está históricamente documentado, llegando, incluso, a las cortes rusas.

“La muy Santa Trinosofía” es la única obra que con seguridad Saint Germain escribió, muchas otras llevan su nombre, pero la deficiencia de su estilo pone en duda que hayan sido trazadas por las manos del Conde. La Trinosofía, es decir, la triple sabiduría, es un libro hermético cuyo lenguaje no debemos de leer desde lo que aparentemente dice, sino desde lo que esotéricamente refiere. La obra consta de doce capítulos, relacionados posiblemente con las casas del zodíaco, y en cada uno de ellos Saint Germain describe cómo fue que se convirtió en un Maestro de Maestros. Es en el capítulo primero en donde el volcán Vesubio aparece; leamos:

«Era de noche, la luna oculta por las nubes sombrías no emitía más que un brillo incierto sobre los bloques de lava que rodean el cráter. La cabeza cubierta por un velo de lino, sosteniendo en mis manos el ramo de oro, me dirigí sin temor al lugar donde yo había recibido la orden de pasar la noche. Errando sobre una arena quemante, la sentía por momentos ablandarse bajo mis pies; las nubes se amontonaban sobre mi cabeza; el rayo surcaba la neblina, y daba un matiz sangrante a las llamas del volcán. Finalmente, llegué, encuentro un altar de fierro, coloco en él la rama misteriosa, pronuncio las temidas palabras…»

Lo que sucede inmediatamente después es que la tierra tiembla, el piso sobre el que el Conde se halla se abre y una caverna se descubre ante sus ojos; al introducirse en ella un templo de variadas columnas y puertas aparece, obligándolo a cumplir con viajes y pruebas iniciáticas, y, cumplidas éstas, en el último capítulo de la Trinosofía, Saint Germain exclama: «Las puertas de la inmortalidad me fueron abiertas, la nube que cubre los ojos de los mortales se disipó, yo vi, y los espíritus que presiden los elementos me reconocieron como su Maestro».

El texto en todo momento es acompañado por enigmáticas ilustraciones diseñadas por Sain y la luz de su final contrasta con la oscuridad de su principio, pues la Trinosofía comienza cuando Saint Germain se encuentra prisionero «en el asilo de criminales, en los calabozos de la inquisición», lo cual, como ya mencionamos, no debe de entenderse literalmente. ¿Cuál es la cárcel que aprisiona al Conde? ¿A qué oscuridad apela cuando nos menciona la miseria de su estado? El calabozo, más que físico, es mental, y el salir hacia la luz implica un sacrificio previo y simbólico en las entrañas del Vesubio que todo lo consume con su lengua de fuego.

La purificación mediante el fuego volcánico hermana a Crowley, Empédocles y Saint Germain. La Trinosofía esconde entre sus páginas uno de los tantos caminos hacia la Revelación, ¿podremos recorrerlos?, sólo si tenemos el coraje para arrojarnos en el volcán, pero, además, si vencemos a aquellos que el Conde considera nuestro enemigos: la indiscreción y el orgullo.

 
Miguel Ángel Martínez Barradas, académicamente tiene estudios de posgrado en literatura. Profesionalmente se ha dedicado al periodismo, a la edición de textos y a la docencia. Como creador tiene publicaciones en poesía y fotografía. En cuanto a sus intereses investigativos, éstos se centran en la literatura y filosofía grecolatinas; el Siglo de Oro español; el hermetismo; y la poesía hispanoamericana. 
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