LA ANTIPOLÍTICA
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martinez garcilazo.jpgLA ANTIPOLÍTICA

Roberto Martínez Garcilazo

20/sept/2009

Recuerdo una definición que hoy puede ser útil. Es de Trotsky: la política es el procesamiento racional de las diferencias sociales. Es valiosa por la recuperación que hace de dos rasgos fundamentales de ese quehacer  que llevado a la excelencia se convierte en arte: el carácter racional de la actividad política y la naturaleza conflictiva de la vida social. Por esto, la degeneración banal que de la política han consumando sus profesionales, devenido ha en antipolítica. En actividad mercadológica carente de ideas.

 

La política se ha convertido en espectáculo y el espectáculo es, por su vacua naturaleza,  banal. Es simple representación para-teatral. Ya sin contenidos, sin significados, la política es repetición en escena. Y en tanto carece de significado adolece de identidad y puede ser –su discurso- intercambiable: puede ir de un partido a otro porque ya no hay ideología que los individualice. Lo mismo son para el pueblo (si aun existe) porque no son alternativas para su mejoramiento sino vías de riqueza para los profesionales del espectáculo político. 

No descarto  -todavía- la posibilidad de que existan individuos de diversa condición moral pero –ahora- en el elenco contemporáneo del poder, son predominantes los narcisistas, los vanidosos y los tontos.  Hombres autoritarios que no respetan la ley, que no promueven los derechos humanos, que no trabajan por la justicia social.

Sin buenos modales se enfrentan en la arena de los medios de comunicación utilizando expresiones gruesas, como si meritoria fuera la vulgaridad. No saben -¿cómo podrían?- que la cortesía, que las buenas maneras son la gramática social del respeto y de la convivencia sana.

La falta de escrúpulos  de los profesionales de la política (gente de los medios y de los  partidos). El lujo, el derroche de dinero público para fines privados. La ausencia de proyectos de investigación y de diagnóstico social cruzada con la impaciente codicia  deviene en la banalización de la política, en su transformación en  actividad empresarial que sólo busca la ganancia económica personal. 

El horizonte es desalentador -quita el aliento y derrumba a uno, mas bien a millones: Una clase política sin escrúpulos y con severos problemas de rezago educativo (su catálogo de palabras de uso cotidiano no va más allá de las 50), una burguesía (¿todavía es viable el concepto?) tan  ignorante como rapaz y arrogante, y, finalmente, una clase trabajadora (¿aun hay proletariado o ya todos somos lumpen? Y aquí abro un paréntesis dentro del paréntesis –un metaparéntesis-  para proponer al juicio de la asamblea de lectores dos categorías: lumpen-millonario, para caracterizar a los políticos y empresarios de moda y exitosos; y lumpen-ilustrado, para los que padecen bajos ingresos económicos y sin embargo poseen grandes habilidades de lectura y escritura) abrumada por la pobreza espiritual y material.

Tal vez, el objeto de estudio más atractivo sea la hipocresía de una clase política capaz de los más barrocos excesos –su paradigma es Berlusconi-  mientras de dientes para afuera se comporta como beata social, además de su  irreductible misoginia (ya se sabe por la experiencia del Partido Demócrata  que el racismo es prejuicio menor comparado con el sexismo; y que en la pragmática de los males menores es opción tolerable un negro mas que una mujer).   

El mundo de la antipolítica es el de la vulgaridad y no las hay mayores que la televisión y el futbol. Por esto, mentalidad y sensibilidad de futbolista o de locutor de televisora  son las del oligarca, sea este propietario de medios o de partido o de curul. De todo, mucho; tal es la divisa de los profesionales de la antipolítica.

Pero el Jet Set de la oligarquía no sería tal sin su prensa amarilla –que no rosa- que chabacana hace la relación de sus aventuras y lances por el poder. En el acotado mundillo de sus primeras planas todo es frivolidad, despiadado cálculo  y dinero.

Entre estos very importante persons y los millones de oprimidos  que viven bajo la retórica y cursi expresión  “los que menos tienen”  hay un abismo nada retórico, el abismo de la oprobiosa desigualdad social.

Rasgo distintivo de la poderosa elite kitsch es exhibirse. Uno de sus ritos es –utilizando recursos  públicos- ir al restaurante de moda a ver y a que te vean  ¿A qué, si no?

Mientras en el otro mundo, en el real, según la portada del PROCESO -“Brotes de hartazgo social”, hay un microbús ardiendo, llamas brotan de sus ventanas y densas  volutas de humo negro se elevan hacia un cielo rojizo.
 

*Roberto Martínez Garcilazo es poeta y escritor poblano, director de Literatura, Ediciones y Bibliotecas de la Secretaría de Cultura de Puebla. 

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