SÉNECA, LAS ELECCIONES Y EL VOTO NEGATIVO
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martinez garcilazo.jpgSÉNECA, LAS ELECCIONES Y EL VOTO NEGATIVO 

Por: Roberto Martínez Garcilazo*

26 junio 2008

Séneca, el filósofo cordobés que vivió del año 4 al 65 de la era cristiana -es decir, hace 20 siglos-, es el hombre estoico paradigmático por la claridad y sabiduría de su pensamiento y por la congruencia de los actos de su vida. 

 

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Durante su vida tuvo relación con Calígula, Claudio y Nerón. Murió por su propia mano –por orden de Nerón- a consecuencia de haber sido involucrado injustamente en una intriga política que pretendió derrocar al emperador. 

Para Séneca la filosofía tiene una naturaleza inminentemente pedagógica, es decir, práctica: enseñar a los hombres a vivir de manera virtuosa.  Obrar y pensar rectamente era su divisa.

Pero no solamente de asuntos éticos se ocupó su pensamiento. También reflexionó sobre temas de naturaleza política. Era, digámoslo, inevitable ocuparse de la actividad política del hombre porque la búsqueda del poder forma parte de la naturaleza humana.  Bien, pues uno de los asuntos políticos sobre los que escribió fue el de las elecciones de los pretores.  

Es en el libro Tratados Morales, cuya versión es de José M. Gallegos Rocafull y forma parte de la Biblioteca Mexicana de Escritores Griegos y Romanos que dirige -para la UNAM- el poeta Rubén Bonifaz Nuño, donde hallé el siguiente pasaje:  

Se mantiene firme, contra toda  razón, el pueblo defendiendo su propio mal.

Así sucede en las elecciones: el pueblo que los elige se admira después de los pretores que han resultado elegidos.

El mudable favor del pueblo es errático: aprueba lo mismo que amonesta.

Todo juicio que se da por voto de la mayoría es equivocado.

El párrafo está compuesto de cuatro proposiciones que unidas forman un coherente sistema de pensamiento político pesimista. 

En la proposición número uno, se postula que el pueblo posee una naturaleza irracional que le hace actuar en contra de sus propios intereses. Que su nula capacidad de juicio le impele a tomar decisiones que colocan en riesgo la calidad de su vida.

En la segunda proposición, se afirma que el pueblo no puede esclarecer la verdadera identidad de los candidatos, que elige a ciegas; que su decisión electiva es movida por elementos fútiles y circunstancias equivocas y no por valoraciones racionales de las virtudes y vicios de los que aspiran a ser magistrados del Estado; y que sólo después de consumada la asunción de los nuevos poderosos el pueblo descubre los verdaderos rostros oligárquicos de sus nuevos enemigos.    

En la tercera proposición, Séneca acuña una expresión memorable, un axioma que El Florentino le toma prestada 14 siglos después: el mudable favor del pueblo es errático. La segunda parte de la tercera proposición concluye describiendo la naturaleza contradictoria del gentío (la categoría pertenece a Séneca): aprueba lo mismo que amonesta.  Es decir; odia y ama a un tiempo: tiene una superficial naturaleza emocional.

La cuarta proposición es también un axioma y entraña una temprana, acerba, pesimista, crítica –formulada desde su cuna antigua- a la naturaleza altamente falible de la democracia que, sin embargo, es –comparativamente- la mejor forma de gobierno que hemos construido los ciudadanos occidentales.

De lo anterior se colige que las opciones del pueblo en este próximo escenario electoral del 5 de julio se reducirán al dilema votar o no votar.

Si atendemos a las proposiciones de Séneca la opción del voto negativo –aquel que en un acto de inédita participación política utilizará la boleta electoral para enderezar su crítica radical al sistema de partidos-  no podrá ser ejercida por el pueblo (esa masa amorfa, anónima y sacralizada -dios no tiene nombre ni apariencia- por las historias y almanaques oficiales), sino por los ciudadanos críticos de esta república mancillada por la turba de indignos pretores en connivencia con la murga de redactores empresarios de su propios textos.

Finalizo este escrito trayendo aquí otro pasaje de Séneca:

Busquemos por consiguiente qué es lo mejor que ha de hacerse y no lo que es más acostumbrado y lo que agrada al vulgo, que es pésimo intérprete de la verdad.  Y llamo vulgo tanto a los que usan clámide como corona, porque no miro las ropas con las que están vestidos los cuerpos. No me fío de los ojos para juzgar a un hombre; tengo una luz mejor y más cierta por la que discernir lo verdadero de lo falso.

*Roberto Martínez Garcilazo es poeta y escritor poblano, director de Literatura, Ediciones y Bibliotecas de la Secretaría de Cultura de Puebla. 

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