INCOMPETENCIA
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martinez garcilazo.jpgINCOMPETENCIA

Por: Roberto Martínez Garcilazo*

7 mayo 2009

Ser gobernado es ser vigilado, inspeccionado, espiado, dirigido, reglamentado, encasillado, adoctrinado, sermoneado, fiscalizado, valuado, censurado, mandado por quienes no tienen ni título, ni saber, ni virtud para ello. Ser gobernado significa, en cada operación, en cada transacción, ser anotado, registrado, censado, tarifado, timbrado, tallado, cotizado, patentado, licenciado, autorizado, apostillado, amonestado, contenido, reducido, estirado, reformado, enmendado, corregido.

 

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Es, bajo pretexto de utilidad pública y en nombre del interés general, ser expuesto a contribución, ejercido, desollado, explotado, monopolizado, depredado, mistificado, robado;  y luego, a la menor resistencia, a la primera palabra de queja, reprimido, multado, vilipendiado, vejado, acosado, maltratado, aporreado, desarmado, agarrotado, encarcelado, ametrallado, fusilado, juzgado, condenado, deportado, sacrificado, vendido, traicionado y, para colmo, burlado, ridiculizado, ultrajado, deshonrado. ¡He aquí el gobierno, he aquí su moralidad, he aquí su justicia! P.J. Proudhom, Idea general de la revolución en el siglo XIX.

 

Los días recientes nos han desnudado.

 

Han puesto a la luz el grave problema de falta de competencias profesionales de los mandos superiores de la administración  pública  y de la clase política mexicana. Dicho de manera simple: la aurea burocracia no está calificada para realizar el trabajo por el cual el pueblo –a través de los impuestos- les paga.

 

Bajo la luz de la crisis que vivimos, es evidente que el servicio público y la gestión política en México sufren un proceso de degradación de competencias y aptitudes profesionales que ponen en riesgo la salud pública y la vida social del país.

 

Existe, además, la dimensión axiológica del asunto: la práctica de la gestión política desvinculada de la reflexión ética ha corrompido a la vida partidista y los altos cargos de la administración pública al convertirlos en instrumentos de cínico e impune enriquecimiento individual.

 

Esta situación es especialmente grave porque despoja de legitimidad a la gestión política y a las instituciones de gobierno como vías operativas para la solución de los problemas sociales y, en cambio,  postula a la delincuencia organizada como la mejor estrategia de vida y de promoción social.

 

Complementariamente, la actuación de la llamada sociedad civil también ha aportado elementos para la reflexión.

 

En primer lugar llama la atención el hecho de carece de vocación de auto-organización: un dato revelador, que manejó Javier Corral Jurado en una de sus artículos, es el siguiente: en los Estados Unidos de América existen 2.5 millones de organizaciones de la sociedad civil, en México sólo existen 20 mil.

 

En segundo lugar, un hecho que merece análisis es la conducta disciplinada y obediente de la sociedad que se refugió en sus domicilios y prendió la tele.

 

¿Sierva sumisión acrítica de los ciudadanos  ante la autoridad?

 

¿Miedo a la enfermedad y a la muerte, anunciada en cadena nacional por el presidente como castigo a la desobediencia de quien se atreviera a salir a la calle, que es el espacio político por excelencia?

 

¿Estamos frente a la desaparición del individuo soberano –del ciudadano- y ante la emergencia de la masa anónima, teledirigida y obediente?

 

Efectivamente, en un acto paradójico, el pueblo mexicano dejó en manos de los políticos y de los funcionarios públicos -que siempre ha criticado y denostado- la protección de su vida. El pueblo no se organizó, dejó de criticar y se puso él mismo el tapabocas.  Aceptó la violación flagrante de la Constitución General de la República, por parte de Felipe Calderón, y toleró –por ignorancia y por miedo-  el ilegal estado de excepción y de suspensión de las garantías constitucionales.

 

Sin duda, una de las mas importantes enseñanzas que nos deja esta crisis es que en México vivimos un déficit de ciudadanía.

 

Los miedos se materializaron, dejaron de ser fantasmas y se instalaron  junto a nosotros, en la calle, en el transporte público, en la fábrica, en el mercado, en la oficina, en el salón de clases, en la pantalla de los millones de televisiones que infectan la vida del país. El miedo tuvo y tiene el rostro de los peatones que se cruzan con nosotros, el de los gobernantes, el de los impávidos Cristos y Vírgenes de los templos vacíos. El miedo tiene el rostro del pueblo suplica a sus dioses que pongan fin a la pesadilla.

Mientras la masa se refugia en la religión –por esto fue llamada por Marx opio del pueblo- y en la televisión, el deplorable estado de la educación, de la investigación científica y de la salud pública de México es exhibida mundialmente por la crisis epidemiológica.

Ha dicho Jodorovsky que, bajo el influjo del arcano XVI del tarot, La Torre Fulminada, México vive un dramático proceso de desintegración. Que vivimos escenas semejantes a las de la travesía por la alta mar de la nave de los locos. Que el caro de heno del El Bosco es la representación ideal del cinismo, la tontería, la malignidad y la rapacidad económica de sus líderes.

 

Porque la segunda enseñanza de esta crisis es que la clase política y los altos funcionarios de la administración pública han defraudado al pueblo. Porque no sólo carecen de responsabilidad ética de sus actos y omisiones, sino que además adolecen de competencias académicas y profesionales para la gestión política y la administración de los servicios públicos.  Por los errores de esa casta privilegiada, los pobres de México viven en danza con la muerte.

 

José Blanco, en La Jornada, ha escrito que: Sin alta educación, ciencia, tecnología, innovación, hoy más que nunca no iremos a ninguna parte. Es claro que requerimos un nuevo pacto social para redefinir el rumbo del país. Lo piden a gritos la crisis económica, la pobreza y la desigualdad, la educación y la salud.

 

Por su parte, el rector de la UNAM, el Dr. José Narro Robles, -durante la presidencia de Ernesto Zedillo fue subsecretario de salud federal- declaró a REFORMA que: México necesita contar con un verdadero sistema nacional de salud. Con un sistema público de cobertura universal, con capacidad de respuesta en los servicios personales y también en los colectivos, descentralizado pero coordinado”.

 

Convencido de que el poder abusivo no existiría si no se nutriese del consentimiento de los súbditos, termino este texto citando un pasaje del Discurso de la servidumbre voluntaria (1548) de Etienne de La Boetie, en versión de José de la Colina (Aldus, 2001):

 

Lo que el tirano tiene más que vosotros son los medios que le dais para que os anule.

¿De dónde saca los ojos que os espían, sino es de vosotros?

¿Cómo tiene tantas manos para golpearos, si no le prestáis las vuestras?

Los pies con los que pisotea las poblaciones, ¿no son los vuestros?

¿Tiene sobre vosotros algún poder que no provenga de vosotros mismos? ¿Cómo se atrevería a robaros si no fuera porque se lo consentís?

¿Qué mal podría haceros si no encubrieseis al ladrón que os despoja, si no fueseis los cómplices del asesino que os mata y los traidores para vosotros mismos?”

 

*Roberto Martínez Garcilazo es poeta y escritor poblano, director de Literatura, Ediciones y Bibliotecas de la Secretaría de Cultura de Puebla. 

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