Los cabécares: entre la realidad y los hechizamientos del chocolate (prologo)
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24 de octubre de 2014

Los cabécares cuentan con una cosmovisión original y viven inmersos en un paisaje deslumbrante, en diferentes puntos de la cordillera de Talamanca, donde todavía aderezan los rituales de su cultura oral con los hechizamientos purificadores del chocolate. Así mantienen vivas sus tradiciones, con fiestas colectivas en las que logran un clima comunitario con cantos, bailes e historias portadoras de los mitos de la creación, como la que cuenta el momento en que Sibö creó el mundo y envió a su hermana (la Danta) para que preparara el chocolate, esa bebida sagrada, el , como ellos lo llaman en su lengua.

Esa imagen integradora de la naturaleza con la vida, que nos llega como una fiesta compartida de ese momento mítico, se percibe como una forma de resistencia cultural. Lo pudimos comprobar en el clan (clan del Guarumo) que habita la vertiente caribeña de dicha cordillera, en las márgenes del río Pacuare. Esa imagen fundadora, que nos impacta con su fuerza, porque porta la revelación de Sibö y su hermana Danta, hace que los cabécares todavía se aferren al arte de preparar el chocolate y otros ritos ancestrales. Pero detrás de esa imagen hay otra que desgraciadamente puede confundirse con un producto para boutique (atractivo para turistas, porque incluye la confección de canastas, tambores, bolsos, guacales, arcos, flechas, etc.). Otra que oculta el proceso de desintegración social que viven ahora. La que amenaza con la des-trucción de su equilibrio cultural. La que tiene que ver con el avance (a veces un verdadero asalto) de la pobreza y el despojo, que destruye sus valores y les arrebata, cada vez más, su herencia patrimonial. La que las montañas donde viven, a pesar de su amurallada altura, no han podido detener. La imagen de la difícil realidad, la que parece que no existe porque no se conoce, porque solo se ve cuando nos acercamos a sus vidas.

Estas imágenes forman una sola imagen: la del pueblo cabécar. Una y otras tienen implicaciones. La del ahora, la de la realidad, los lleva a la exclusión, la pérdida, el desarraigo, al escamoteo histórico que padecen. La otra, la de la progresión hacia el origen mítico, a captar, de modo simbólico, la manera en que este pueblo costarricense reproduce en sus cantos, bailes y tradiciones, sus valores éticos, solidaridad del grupo, y los saberes que nos desbordan. Porque, creámoslo o no, el imaginario del pueblo cabécar forma parte de la memoria del mundo.

Ahí, en esas imágenes míticas y en esas circunstancias del conflicto de la supuesta “modernización” que penetra las zonas indígenas, es donde la crónica abre su espiral de dimensión profunda para producirnos la visión que no esperábamos. Toma posesión expresiva para acercarnos a la alegría de los comienzos, para situarnos en ese amanecer de cronistas de Indias que no tuvimos acá. Entonces Sibö estira su brazo libremente y su hermana, la Danta, vuelve hasta nosotros para traernos el eterno mensaje purificador del chocolate; el jawá nos llega con cantos que apaciguan a los dueños de los animales y de las enfermedades; el jó y el bikáklá entierran y desentierran a sus muertos para que hallen el camino de la puerta buena, de Sulá, del cielo de sus antepasados, que está dentro de la tierra. Debajo, por donde anda la noche del sol. Pero no pretendemos con esto idealizar a los cabécares: aquí también se dan a conocer las vicisitudes, la asfixiante inmediatez de las circunstancias en que ahora viven. Decirlo. Mostrarlo. Es la pequeña contribución a un pasado que ignoramos y a un presente que tapamos con el fatalismo o con la pátina evangelizante de otros mitos, aunque quienes los introducen piensan, como bien afirma Angel Rama, que “los mitos son los que manejan los otros, menos civilizados.”

Las crónicas que aparecen en este libro, escritas por estudiantes y profesores de la Universidad San Judas Tadeo, no se quedan únicamente en la cosmovisión y el paisaje deslumbrante. Aquí se muestra, especialmente, incisivamente, con carácter de urgencia, la otra cara de esa realidad: la precaria situación en que encuentra este pueblo que se niega a ser arqueología o elemento decorativo del pasado, pues a pesar de su encrucijada dramática, se empeña en conservar su lengua y su cultura milenaria, como parte fundamental de su identidad.

La realidad de los cabécares, al igual que la del resto de los pueblos indígenas de Costa Rica (y gran parte del mundo, hay que decirlo) yace sepultada bajo un pesado legajo de informes de organizaciones nacionales, regionales e internacionales, foros, políticas, programas, proyectos, presupuestos, declaraciones, disposiciones, aplicación de recomendaciones, etc., etc., etc.

No hay más que echarle un vistazo al informe del Secretario General de las Naciones Unidas del Sexagésimo Cuarto Período de Sesiones, Tema 66 b) del programa Segundo Decenio Internacional de los Pueblos Indígenas del Mundo, correspondiente al 23 de julio de 2010, para constatar que, a pesar de que, según sus propias palabras: “Los pueblos indígenas siempre van a la zaga de la población no indígena en todas las regiones del mundo en relación con la mayoría de los indicadores de bienestar y pobreza.”

Y los cabécares no son una excepción. Se les invade de múltiples maneras en nombre de la modernidad y el desarrollo, con la intención, al parecer, de instalarlos más convenientemente en el olvido, sin la posibilidad de expresar la tradición singular en la que se han formado, o sin que, como José María Arguedas, puedan decir: “Yo no soy un aculturado: yo soy un peruano que orgullosamente, como un demonio feliz, habla en cristiano y en indio, en español y en quechua.”

Pierden cada vez más sus derechos sobre la tierra a pesar de los constantes informes de la Defensoría de los Habitantes sobre casos específicos y a pesar de los que presenta cada año a los distintos Comités de Naciones Unidas, y a pesar (cuántos “pesares” juntos) de que el Estado de la Nación, al analizar la problemática del derecho a la tierra y al territorio, denuncia: “Lamentablemente, la inseguridad jurídica y el irrespeto a la legislación vigente son parte de las condiciones que acompañan la realidad de las comunidades indígenas costarricenses”, pues, según dicho informe, “lo cierto del caso es que en la ac-tualidad, un muy alto porcentaje de sus tierras se encuentran en manos de per-sonas no indígenas”.

En relación con la salud, es brutal la paradoja: los jawáwá, que aún sustentan la medicina tradicional, con la que cumplen una función en su territorio, son descalificados con connotaciones peyorativas, por el supuesto candor miológico (basado en el equilibrio cósmico, purgas, dietas, plantas y cantos), cuando ahí, en ese conocimiento ancestral del cual son depositarios, hay toda una farmacopea que debíamos investigar o aprovechar, pues, en su práctica de siglos, les ha permitido sanar o aliviar los síntomas de muchas enfermedades. Pero la actitud excluyente, ciega, no deja ver, por ejemplo, que el Ministerio de Salud no ha podido impedir que la tasa de mortalidad infantil en el área de Chirripó alcance el 46,95, cuando a nivel nacional el promedio es de 8,9.

Se permite que diferentes grupos religiosos penetren su territorio, se etablezcan y le cambien sus dioses y creencias, pero no se promueve la educación bilingüe, ni se posibilita con escuelas y maestros que concluyan satisfactoriamente la enseñanza primaria y secundaria en español y en su lengua india, con el fin de impedir que se pierdan los lazos culturales internos, contrabalancear la educación, respetar que sigan siendo lo que son, y que, en lugar de eternos intemediarios o informantes, sean ellos, los propios cabécares, los que escriban su mitología y la firmen con sus nombres (para que, además del libro, el copyright les pertenezca), y dejen así, a sus descendientes, y a todos nosotros, el legado mítico de su patrimonio cultural.

Se les borra, en fin, su visión de la creación del mundo, la cual les per-mite la ventaja de tener dos almas, para dejarlos únicamente con una, que no los salva de la discriminación y la intolerancia, porque no hay una política pública que lo impida. Y porque, quienes los excluyen, consideran que las creencias de los cabécares son un mito, una “falsedad”, sin percatarse de que ellos también manejan mitos, y de que, en última instancia, como ya se ha expresado (Úzquiza, José Ignacio, 1980), ninguna cultura garantiza por sí sola la verdad, ya que no hay verdades únicas ni absolutas.

Existen derechos humanos universales, leyes y normas que supuestamente los asisten, pero que no se toman en cuenta, porque, según el Decimoctavo Informe del Estado de la Nación en el Desarrollo Humano Sostenible, “no hay voluntad política que posibilite la aplicación literal de la ley”, como no la hubo en el caso de los huetares, los chorotegas y los térrabas, que ya perdieron su lengua, y como la cultura viene a bordo de la lengua, perdieron su cultura.

Las voces que denuncian tales circunstancias, son escasas. Los cabécares y los demás pueblos indígenas siguen teniendo en su país una vida subalterna, subordinada, rodeada por un cerco de prejuicios, exclusiones y condiciones de pobreza.

En estas crónicas hay, por supuesto, distintos puntos de vistas, lo cual, sin duda, es una manera de ahondar, de ver más allá, en ese intento por acercarse a una realidad que incluye lo contradictorio, la autoexclusión. Pero todos coinciden en que narrar es mostrar la realidad sin titubeos. Por tanto, narrar es sinónimo de honestidad, enjuiciamiento y resonancia humana, no de enajenación y complicidad con una situación injusta y desnaturalizante.

Narrar es también reconstruirse, pensarse a sí mismo. Sobre todo cuando uno no puede permanecer ajeno a la historia que cuenta. Cuando se narra la realidad para entenderla y hacer que otros la entiendan, el que lo hace, toma partido, se involucra, asume un punto de vista, personaliza su mirada y su lenguaje, pues no solo quiere identificarse con el ser humano que está inmerso en esa realidad, sino que también quiere hacer suya esa realidad. Eso hace que el vínculo, entonces, se vuelva entrañable.

Este cuaderno de crónicas sobre los cabécares de Chirripó tiene este especial significado. Aquí la mirada y lo mirado intentan fundirse y confundirse. Se piensa lo costarricense desde la convergencia de voces, desde la pluralidad del diálogo con uno de los ocho pueblos aborígenes que conforman este país. Pero, no para exhibirlo turísticamente en una vitrina o para agregar cómodas resonancias al discurso de la identidad.

Narrar es aquí diálogo con el otro. Como lo hicieron el Inca Garcilaso de la Vega, Guamán Poma de Ayala y otros cronistas de su tiempo. Como lo hicieron Rubén Darío y José Martí a finales del siglo XIX. Ellos crearon un espacio de interlocución y acercamiento, de entramado poliédrico, de tejido verbal como suma de voces que proyectaron en las suyas.

Eso es lo que intentan hacer los que escriben estas crónicas. Aunque, hay que insistir en que constituyen un acercamiento, no una indagación exhaustiva. Son solo una muestra que, de conjunto, producen una secuencia que tiene consecuencia, que se abre y expande en busca de una representación mayor, de un ahondamiento en los conflictos, discriminaciones, contradicciones y resistencias tenaces de los cabécares en defensa de su vida y su cultura.

Las voces indígenas con las que se dialoga tienen nombres y apellidos. Son las de los hombres y mujeres que conservan los conocimientos, las prácticas rituales y la memoria social de su pueblo. Entre esas voces figura la Freddy Obando Martínez, miembro del clan y maestro incansable de los saberes fundadores. Él, con el profesor Guillermo González Campos, fueron los encargados de darnos una primera visión de la cultura y la vida de este pueblo. Ellos, junto con Rafael Arias, de la Municipalidad de San José, fueron quienes posibilitaron el viaje hasta Simí k, donde los profesores y estudiantes de la San Judas Tadeo, además de hacer las entrevistas, compartieron los cantos y bailes, y disfrutaron la comida hecha por el clan.

Valgan, pues, estas crónicas como argumento para mostrar que los problemas del pueblo cabécar son, todavía, en el presente, los problemas del pueblo cabécar, porque, por invisibilizado socialmente, pareciera que no existe. Pero en la medida en que nos acerquemos y asumamos que somos parte de una cultura plural y multilingüe, que Costa Rica es una nación —como diría José Martí refiriéndose a América toda—, diversa en sus orígenes, antecedentes y costumbres, pero semejante en su identidad humana, los problemas de los cabécares no serán solo de los cabécares, sino que serán también los problemas de todos.

Estas y otras ideas, que tienen como antecedentes un cúmulo de materiales que incluye las entrevistas a los cabécares, pasaron por la conciencia de este grupo de estudiantes y profesores antes de convertirse en crónicas.

Ojalá, de igual manera, lleguen a la conciencia de quienes las lean.

 

Prólogo del libro Aún somos cabécares, editores: Guillermo González Campos y Froilán Es-cobar González, Editorial de la Fundación Educativa de la Universidad San Judas Tadeo, San José, Costa Rica, 2012. Conjunto de crónicas periodísticas escritas por estudiantes y profesores de esta Universidad sobre la exclusión que enfrenta en Chirripó, Costa Rica, el milenario pueblo cabécar.