Y AMÉ LOS RECINTOS TENEBROSOS DONDE EL SOL SE INCUBA
Minuto a Minuto

RADIO Sabersinfin.com

 

 

martinez garcilazo.jpgY AMÉ LOS RECINTOS TENEBROSOS DONDE EL SOL SE INCUBA…

Por: Roberto Martínez Garcilazo*

La colonia Narvarte - y especialmente  en Yacatas 242  donde tiene asiento la casa de la Fundación René Avilés Fabila- es para mí, desde el pasado viernes que conocí a Rubén Bonifaz Nuño, lugar privilegiado de la memoria y la evocación poética.

Cerca de las 11:30 de la mañana llegó a Yacatas 240, en un Volkswagen sedán, el gran poeta Rubén Bonifaz Nuño. Con dificultad bajó del automóvil, auxiliado por su secretaria Paloma, y fue recibido en la acera por el escritor René Avilés Fabila y su esposa Rosario Casco.

Ya en la casa, Rubén Bonifaz Nuño se instaló en un sillón al lado de la vitrina que desde el viernes contiene los objetos que donó al Museo del Escritor: un chaleco de raso y seda, un reloj de bolsillo con leontina y el original de Los demonios y los días. Gentil y bromista, siempre inteligente y cordial, el Poeta esperó, acompañado de la China Mendoza y de René Avilés Fabila, que dieran las doce del día – pagano simbolismo ad hoc- para iniciar la ceremonia de donación que, súbitamente, por la natural acción del amor reverente a la obra del Poeta, se convirtió en homenaje que espontáneamente le rendimos los que ahí nos congregamos: escritores, reporteros, fotógrafos  y amigos.

Terribles y temibles los perjuicios en el cuerpo del Poeta: el tiempo lo ha tocado y le ha arrebatado el manto de la perfecta juventud, ha destruido su varonil belleza y la vejez dañina ha manchado su piel y desvencijado su otrora erguido y fuerte esqueleto. No existía más su voz clara, ni el escudo protector de su pecho, ni su mano segura de norte promisorio imantada.

Sin embargo, era fascinante el espectáculo: el hombre sabio en amores; el erudito literario sin par, el señor de la música matemática del verso, estaba ciego y achacoso sentado frente a mí. Su cara sonrosada, su melena blanca, sus inútiles manos grandes y temblorosas. Lo miré y traté de imaginármelo en sus días de corporal esplendor, de plenitud nerviosa, de encantadora gracia sensual y no pude.

Qué crueldad, qué  humillación. La vida –o quien sea esa entidad caprichosa e ignota- permite que un hombre cultive hasta el límite su sensibilidad e inteligencia para después hundirlo en la apestosa vejez invalidante. Llega el Poeta a los –casi- 85 años y alcanza por fin la plenitud espiritual pero su cuerpo es ya una ruina lastimera que no puede sustentar más tiempo esa mente excepcional que ha cultivado a lo largo de décadas fecundas.

Crueldad y humillación. Y derroche. Hay un hombre extraordinario de pie en el filo del abismo, nosotros que lo miramos y sabemos que pronto caerá. Por eso –los que estuvimos en Yacatas 242- tratamos con la calidez de nuestros propios cuerpos formar un cerco para impedir que la muerte alcanzara al Poeta.  No era posible. Él mismo lo dijo aquella pánica mañana: la muerte está conmigo, está sentada conmigo, en el brazo de este sillón.

Hay un hombre extraordinario de pie en el filo del abismo. Lo miro y recuerdo estos, sus versos:

Yo amé, se hace insigne en mi memoria, el honor del peligro; el alma de gozosas herramientas: nervios de espadas, sangre destellando por el codo abajo, resquebradas corazas. Yo amé los oleajes sórdidos de la noche; el viento donde enraiza el árbol de los hombres y el vuelo sabe a trizas de oro. Supe los trabajos de las armas del solitario; el hambre heroica, las malversaciones del silencio,la abeja en el desierto, las islas subterráneas del sonar del fuego; amé la música salvaje de rocas desgajadas, de cielos hendidos por manos inmortales. Y se despeñaban a la cima de la victoria los guerreros sombríos, exhaustos en su gloria; y eran desfondados los caminos a golpes  de incendio, y la alegría iba en los poderes concedidos, el clamor del día, los helechos de henchidas arterias giratorias. Amé también los labios puros de la sabiduría; su juego ilustre de lumbres y palabras, con su interestelar ascenso de enlazados cuerpos, de ciudades, eternas fundadas sobre el canto; de renglones por cuya cesura crecen murallas comprensibles. Y amé los recintos tenebrosos de los hornos donde el sol se incuba. Y he cambiado. Sordo, encanecido, Una oficina soy, un sueldo; veinte mil pesos en escombros y un volkswagen, y la nostalgia de lo que no tuve, y el insomnio, y cáscaras de años devaluados.   (De As de oros)

* Roberto Martínez Garcilazo es director de Literatura, Ediciones y Bibliotecas de la Secretaría de Cultura del Estado de Puebla, México.

Más artículos de Roberto Martínez Garcilazo:

  1. Facebook
  2. Twitter
next
prev
next
prev

Hay 2089 invitados y ningún miembro en línea