CULTURA Y SOCIEDAD CIVIL
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martinez garcilazo.jpgCULTURA Y SOCIEDAD CIVIL

Roberto Martínez Garcilazo*

Para el profesor Roberto Reyes Garrido;

promotor cultural y ciudadano ejemplar.

            Que la participación de la sociedad civil en la promoción cultural y en la preservación de su patrimonio histórico sólo es posible en la medida que esa comunidad conquiste y ejerza libremente su derechos sociales y políticos, es una proposición que ha quedado muy clara después de leer en El País (15.06.2008) el artículo New York, New York de Mario Vargas Llosa.

            Es decir, que el ejercicio de iniciativa cultural ciudadana es una forma de expresión cívica que forma parte de todo un espectro en el que también se hallan prerrogativas tales como los derechos a la educación, a la salud, al empleo, a la libre expresión y asociación; y el respeto al voto.

 

            La participación de la sociedad civil en la promoción cultural y en la preservación de su patrimonio histórico es un rasgo de incontrastable desarrollo social.

            En este contexto, no se trata de lo que ahora ciertos agentes de la política cultural oficial llaman mecenazgo –hipócrita eufemismo, chocante chocante por sus denotaciones de caridad y desinterés-, con el que encubren la privatización de la gestión y del patrimonio cultural.

            Vargas Llosa describe, en su artículo, algunos aspectos de la vida cultural de la ciudad, que a su juicio, es ahora la capital cultural del mundo como otrora lo fue París.

            Disfrute el lector esta estampa de la Biblioteca  Pública de Nueva York.

            Para quien acostumbra trabajar en bibliotecas, como yo, la Public Library de New York es un pequeño paraíso. Situada en la Quinta Avenida, entre las calles 41 y 42, el inmenso edificio decimonónico de sólidas columnatas, escaleras de mármol e inmensos, altísimos salones de lectura magníficamente iluminados, se asienta sobre una verdadera ciudad subterránea de varios pisos donde viven millones de libros, computarizados y preservados en cámaras de aire acondicionado que los defienden del calor, los insectos y la humedad. Es una de las mejor provistas de Estados Unidos, después de la Biblioteca y la de Harvard, y una de las más funcionales y eficientes en que me ha tocado trabajar. Uno de sus tesoros es la colección Berg, donada por dos hermanos médicos, judíos de origen húngaro, gracias a los cuales la institución cuenta, entre otras maravillas, con la primera edición del Quijote, manuscritos de Dickens, de Henry James, de Whitman, prácticamente de todos los diarios y novelas de Virginia Woolf y del texto mecanografiado de Tierra Baldía de Eliot, con las correcciones y comentarios hechos a mano por Ezra Pound.

            Hasta aquí la cita. En otro pasaje el autor reflexiona sobre la pertinencia de los marcos jurídicos favorables a la inversión cultural por parte de particulares y en lo que él llama la conciencia cívica de participación cultural. Leamos:

            La riquísima vida cultural de New York no existiría sin la contribución de la sociedad civil que es la que en gran parte la financia y promociona. El Estado también, sin duda, pero en proporción relativamente limitada y, a veces, ínfima. Es verdad que tanto empresas como individuos tienen importantes incentivos tributarios para hacer donaciones y patrocinar actividades culturales, pero, antes que ello, la razón profunda de esas astronómicas sumas de dinero que anualmente invierten las fundaciones y las entidades comerciales, industriales y financieras, y las personas privadas, en museos, espectáculos, exposiciones, bibliotecas, conferencias, universidades, etcétera, es una cultura, una conciencia cívica de que si una sociedad quiere tener una vida intelectual y artística rica, creativa y libre es obligación de todos los ciudadanos sin excepción asumirla y sostenerla. A ello se debe que, a diferencia de lo que ocurre en otras partes, donde los gobiernos filantrópicos convierten a la cultura en un producto oficial de auto promoción y manipulación burocrática, en países como Inglaterra y Estados Unidos la cultura tenga ese sesgo independiente y plural, que garantiza su libertad, su renovación y estado continuo de experimentación.

            De este párrafo es útil rescatar las categorías de gobiernos filantrópicos; producto oficial; y auto promoción y manipulación burocrática. Sin duda, son instrumentos de interpretación muy útiles para valorar las políticas culturales oficiales de este lado del Mar Atlántico.

            Vargas Llosa es un denodado expositor de la teoría de la llamada Excepción Cultural. Por ello su énfasis en la sociedad civil y su ponderación positiva de la baja participación de los gobiernos en la política cultural. Sin embargo, este artículo suyo tiene una utilidad particular en nuestra circunstancia: nos coloca en perspectiva.

            ¿A qué distancia estamos de Nueva York?

            No sé.

            Pero estoy seguro de que no faltará el que conteste esta pregunta utilizando como unidad de medida el kilómetro.

*Roberto Martínez Garcilazo (Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.) es poeta y escritor poblano, director de Literatura, Ediciones y Bibliotecas de la Secretaría de Cultura de Puebla.

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