Saramago-Monsiváis
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Rocío García Olmedo*

En una época en la que pareciera domina la pereza intelectual, en la que no pensar, no reaccionar, no criticar,  parece ser la máxima de nuestros días. 

En una etapa en la que el escritor, el artista, o el académico respetable que opina sobre cosas de interés público con autoridad moral entre las élites, es cada vez más exiguo y difícil de encontrar.

Een tiempos, en que los intelectuales, en el sentido que Gabriel Said los concibe, se han ido ausentado de los medios,

En tiempos en que como piensa Roger Bartra, gran parte de la intelectualidad  -que en buena medida impulsaron con su actitud crítica los cambios democráticos- ha renunciado a colaborar en la construcción de una nueva cultura democrática,
Se hace presente la muerte, como si no fuera  ya, sombrío  este panorama de escasez intelectual,  llevándose en febrero a Carlos Montemayor escritor, traductor y defensor de las causas indígenas; y el pasado viernes a José Saramago, Premio Nobel de Literatura, seguido por nuestro Carlos Monsiváis, el cronista de lo cotidiano, que falleció un día después en un hospital de la Ciudad de México; uno portugués, el otro mexicano. Los dos  nos dejan para nuestra fortuna, una importante obra literaria acerca del mundo en el que vivimos. Mentes críticas -harto necesarias en nuestro tiempo- que emprendieron el viaje casi simultáneamente.

Si cualquier pérdida humana es de por sí irreparable,  la pérdida de estos dos grandes escritores, de estos dos seres extraordinarios,  llenos de sabiduría y una lucidez tremenda lo es,  todavía más.  No solamente hemos perdido a dos seres humanos, sino que perdemos con ellos todas sus habilidades y cualidades,  que nos recordaban en  todo momento el valor y la igualdad que todos los individuos de este planeta tenemos y nos merecemos. Dos mentes brillantes que nos acompañaron en el tránsito de esta existencia, esta existencia que llamamos vida.

Carlos Monsiváis como bien señala Krause fue un ícono del 68 y del 85, y el líder de un amplio sector de la sociedad civil. Fue claro un heterodoxo político, en sus ideas políticas había, un trasunto de sus férreas  raíces  protestantes.
Aunque fue un ideólogo fundamental de la izquierda mexicana, detestaba sus inercias estalinistas y desde principios de los noventa criticó a la Revolución Cubana, sobre todo por el ahogo de las libertades sociales, políticas y sexuales.
Escribió su desesperanza muchas veces, por la incapacidad del  gobierno para tratar de salir de la crisis y su incapacidad para responder a las necesidades de la población.

“No se puede mentir tan impunemente, dijo,  refiriéndose al comentario “que tenemos una economía blindada y que estamos saliendo adelante”. Con un optimismo pragmático y un pesimismo de todos los días, Monsiváis no descartó la presencia de la violencia social ante el “aplastamiento del ánimo” de la sociedad marcada por el desempleo. “Ningún país, señaló, se suicida,  ni ninguna sociedad en las circunstancias actuales muere de hambre,  por lo menos en América Latina,  pero ciertamente no veo oportunidades próximas, no veo que el gobierno tenga capacidad de responder a este aplastamiento, veo que la demagogia y el decir que somos una economía blindada y que estamos saliendo adelante,  no sólo no funcionan como distractores, son en verdad fuerzas de la depresión,  no se puede mentir tan impunemente y no se puede tampoco hacer caso omiso del desempleo. Yo espero, añadió, en una entrevista  para AW Noticias,  que no haya violencia social, pero no la descarto; Yo espero que no haya ese aplastamiento del ánimo que lleva a las posiciones aislacionistas, pero no descarto tampoco esto. Estoy entre un optimismo pragmático y un pesimismo de todos los días, y lamento decirlo pero no creo que para nada mi actitud sea excepcional”.

El Maestro Monsiváis, aquel que se sumó con todo a la lucha por  los derechos humanos de las mujeres,  el hombre que cuando su amiga Rosario Castellanos le pidió releer el libro de Simone De Beauvoir “El segundo sexo” lo hizo y lo volvió a leer y a releer, escribiendo en 1999 un pulcro ensayo de su autoría publicado  en el volumen 20, de Debate Feminista, "El segundo sexo": no se nace feminista; donde transmite el sentido de Beauvoir que sobre las mujeres examina la naturaleza de sus desventajas y dio resonancia para entender la condición femenina, logrando con claridad y en su estilo, hacer visible un hallazgo pocas veces comentado,  Simone Beauvoir no dramatizó, no victimizó en su ensayo la condición de las mujeres, encontrando la ausencia de ese filo melodramático impuesto a las mujeres como "ejercicio de sensibilidad" , Y así durante cinco décadas escribió y escribió sobre temas que sin duda han contribuido de manera fundamental a la socialización de normas, valores y expectativas de conducta de importantes grupos sociales respecto a sus derechos en los más diversos órdenes, lo mismo en  pro de los derechos de gays y lesbianas, así como en pro del derecho a decidir de mujeres, procesos que a la postre condujeron a la realización de cambios institucionales y legales.
 Monsiváis fue también, un extraordinario crítico de  los partidos políticos y los gobiernos mexicanos, el ejercicio de su inteligencia lo obligó a llevar hasta sus últimas consecuencias la duda y la crítica que algunos filósofos consideran la esencia del pensamiento occidental. Es por eso que se convirtió en un escritor incómodo, porque en el mundo que busca certeza él era atípico: tanto en sus opiniones, cargadas de sentido común tanto por esa ironía que a algunos políticos siempre incómoda.

Con Saramago ocurre algo similar a lo que pasa con Monsiváis, entre las cualidades esenciales de estas dos almas que alguien ha llamado “gemelas”, sobresale una descripción de vida de primera mano; su capacidad de captar el hecho cotidiano y entenderlo en todo lo que vale.

Esa capacidad indispensable para que solo un hombre como él, nos diera lecciones de literatura y de sabiduría sobre el comportamiento humano, sobre la crudeza de la condición humana; ese rebelde comunista libertario como él se definía, que reflexionó sobre la ética del amor y la solidaridad y que con claridad señalaba que la sociedad del bienestar y de la información vive ciega en un mundo artificialmente puesto ante nuestros ojos en el que millones de personas nos ponemos ante la televisión y nos ocupamos de una vida llena de superfluas actividades a las que la sociedad del consumo nos invita con insistencia y nos somatiza de cualquier preocupación, de cualquier horror que esté sucediendo en un lugar del mundo, o casi delante de nuestras propias narices.

En este sentido Saramago por supuesto, no se engañaba con la democracia de nuestros tiempos no con la de Portugal, ni con la de España sino con la que impera en el mundo, aquella que ha sido secuestrada por el poder económico.
“La democracia, apunto Saramago, es una fachada detrás de la cual sólo hay unas cuantas vigas carcomidas por la polilla, llenas de polvo y excrementos. Los poderes políticos y económicos pretenden mantener la decorativa fachada del edificio democrático e impiden -con sus discursos machacones (reiterativos y pesados) y con otros métodos- que verifiquemos, que detrás de la fachada existe algo todavía. A la democracia hay que arrancarla del inmovilismo, de la rutina y de la falta de credibilidad en sus propias virtudes; los factures rutina y falta de fe en sí misma son los que convienen a los poderes económicos y políticos”

¿Para qué engañarse? Reiteraba Saramago, vivimos en una democracia secuestrada por el poder económico, esto todo el mundo lo sabe. Se representa en el mundo todos los días una comedia absolutamente vergonzosa, y esa comedia se llama democracia. Los gobiernos se han convertido en comisarios políticos de los poderes económicos; peor aún, como le dijo el juez italiano Di Pietro, hasta ahora el poder económico tenía que corromper a los políticos que estaban en el poder, pero ahora ya no es necesario porque ellos tienen el poder.

Saramago condenó por ello el abuso de las palabras, particularmente el que hacemos medios y políticos de la palabra “democracia”, porque se menciona en forma insistente sin que sea real. La característica de la lengua del poder es la mentira en sus múltiples modalidades. En los últimos años, medios y políticos  han mentido como en ninguna otra época.

Luchador  infatigable por la democracia lo fue también por los derechos humanos.  En el brindis de recepción del Nobel de Literatura que le fue entregado en 1998 asentó:

“Este medio siglo no parece que los gobiernos hayan hecho por los derechos humanos todo aquello a lo que moralmente estaban obligados. Las injusticias se multiplican, las desigualdades se agravan, la ignorancia crece, la miseria se expande. La misma esquizofrénica humanidad, capaz de enviar instrumentos a un planeta para estudiar la composición de sus rocas, asiste indiferente a la muerte de millones de personas a causa del hambre. Se llega más fácilmente a Marte que a nuestro propio semejante”.

Cómo no recordar  el realismo descriptivo de su narrativa, en la que señalaba “tenemos la responsabilidad de tener ojos cuando otros los perdieron, para que sepamos que la ceguera también es esto, vivir en un mundo donde se ha acabado la esperanza”.

Fue sin duda un crítico de todos los poderes establecidos aun a pesar de que nunca se desencanto por los totalitarismos de izquierda. No por nada el diario vaticano “L’Osservatore Romano” arremetió   contra el recién fallecido escritor portugués José Saramago, al que dedicó un artículo en el que lo define como un “populista extremista” de ideología antirreligiosa y anclada en el marxismo.

En efecto, un día después de la muerte del literato, el rotativo vespertino de la Santa Sede publica un duro obituario bajo el título “La omnipotencia (presunta) del narrador”, en el que repasa la vida del Premio Nobel de Literatura 1998, quien fue muy crítico con el catolicismo.

En ese sentido tal vez tenga razón el vocero de la Santa Sede, “fue un hombre y un intelectual de ninguna admisión metafísica, hasta el final anclado en una proterva confianza en el materialismo histórico, alias marxismo”. Porque Saramago en efecto nunca claudicó en sus convicciones que le dieron su razón de ser. Su crítica a la religión como causante de tantos males fue tajante: “Soy ateo, no creo en la existencia de un dios... Me parece aberrante creer en un dios. La religión nunca ha servido para acercar a los seres humanos... Fue creada para juzgar, para utilizar la fe a conveniencia propia.  Ahí tenemos a los judíos y los palestinos; o los suníes y los chiítas. Por eso creo que la religión es muy mala, sin ella tendríamos un mundo más pacífico”. Es natural pues que la Santa Sede le devolviera los juicios severos, lástima que lo hiciera sin él presente.

Como pocos Saramago se alejo de metafísicas y llamó a retornar a la filosofía y a poner la razón por delante.  Regresar a la filosofía no significa, para Saramago,  hacer una humanidad de filósofos, sino recuperar el cultivo del pensar, de la reflexión, del criterio crítico, del análisis objetivo. “Nuestra condición humana, decía,  está siendo reducida a una especie de máquina parlante que con el uso empeora cada vez más y se reduce a tópicos, a lugares menos que comunes, a un empobrecimiento del lenguaje”

No es que no haya filósofos, abundaba,  porque los hay. “Me pregunto por qué la filosofía no es el alimento del ser, de la construcción de la mente. Insisto en la necesidad de volver a sentir nuestro cuerpo, la forma en que se mueve. El pensamiento único se está acercando peligrosamente al pensamiento cero, advertía,  Ese es el verdadero problema.”
Saramago ha muerto. Relatan los medios que cuando su cuerpo estaba a punto de ser incinerado, en el cementerio del Alto de Sao Joao, una mujer, con un clavel rojo en las manos, decía “que Dios lo ponga en el cielo”. Pero si Saramago no creía en Dios, le aclaraba un periodista. Y ella respondía, “no importa, Dios siempre perdona”.

En efecto para los que somos católicos dios siempre perdona. Nos queda también la duda de saber si José Saramago, tras su muerte, le habrá perdonado a Dios toda la injusticia del mundo.

Por ello en esta época en que los intelectuales se han alejado de los medios y los que estaban perecen y en que predomina el desinterés y la orientación de muchos estados actuales  hacia la derecha política, hacen falta contrapesos que la izquierda “realmente existente” –sobre todo en países como México– parece incapaz de dar; estos dos muertos tenían aún esa habilidad de convocar y, si no siempre de llamar a la acción, sí al menos de conmover, de acabar con la indiferencia de sus lectores. Ambos son escritores que se convirtieron en la conciencia lúcida de una época cegada por los mecanismos de poder. Ambos pensaban que la inmortalidad no existe, lo único seguro es el olvido. Ahí en el olvido decía Saramago, es que nos vamos a encontrar todos, antes o después. Pero mientras sucede eso, aquí estamos, unos decía escribiendo, y otros debemos seguir leyendo y releyendo sus ensayos, sus libros y ensayos que son llamados de alerta.

Ese es, y no otro, el mejor homenaje para quienes  hicieron de la verdad profesión de fe.
 

*Rocío García Olmedo ( Esta dirección de e-mail está protegida contra spam bots, necesita Javascript activado para verla ) ha desempeñado diversos puestos públicos y políticos en el estado de Puebla, México. Rocío García Olmedo es diputada de la LVII Legislatura del H. Congreso del Estado de Puebla. 

 
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