Escribir para resistir, Polvo estelar (Artículo)
Minuto a Minuto

 

 

03 de marzo de 2021

 

                                                                                                                               Para Javier Egido
Leí hace poco un artículo cuyo tema central fue: “La escritura está devaluándose”. Hacía referencia a que ahora cualquiera puede escribir por Internet, y que, con correctores ortográficos, de estilo y redacción, un bloguero milenial puede auto proclamarse escritor y “acceder a esa postura de élite que la sociedad concede al autor”.
Me parece que confunden twittear con escribir y seguidores con lectores. Además lo considero una especie de sabotaje a las campañas de fomento a la lectura. En nuestro país, sólo una persona de cada quince lee, y estas lecturas se limitan a dos libros y medio al año, de preferencia “Best Sellers”. La escritura es consecuencia natural de leer, como sudar es consecuencia lógica de hacer ejercicio, y tenemos que procurar de todas las formas posibles iniciar lectores para un venero potencial de escritores. Hoy más que nunca necesitamos a ambos.
Tal vez se dice que los escritores son elitistas, porque se considera a la escritura cómo un oficio solitario. Es un concepto equívoco: al plasmar en un papel nuestras ideas, sentimientos, emociones y búsquedas, acortamos las distancias que nos separan los unos de los otros, y retiramos las barreras que nos dividen. Tal vez sí sea un aislamiento, pero con muros de cristal a través de la cual vemos al mundo y nos reconocemos como humanos, incluso si somos diferentes. Tales diferencias nos pueden unir, porque en el reconocimiento de nuestra diversidad encontramos una unidad esencial: la Humanidad.
La escritura puede significar lo que la tabla al náufrago. Hay una lista de escritores que se aferraron a esa tabla de salvación. Me viene a la mente Marcel Proust en total aislamiento social para encontrar el tiempo perdido; Alexander Solzhenitsin sobreviviendo en su archipiélago Gulag; Anna Frank asomada a la ventanita de 20x20 cm, a Philip Roth desde un diván freudiano lanzando su lamento, o a Isabel Allende que intenta con Paula medicinas alternativas; aunque el supremo representante de los salvados del naufragio es el caballero andante Miguel de Cervantes Saavedra, quien gestó a don Quijote en una prisión musulmana.
Todos reconocen como padre del género ensayístico a Michel de Montaigne, y él escribía soliloquios. Simulaba hablar con un lector-interlocutor presente, pero en realidad charlaba consigo mismo. Muchos de los mencionados, escucharon en sus páginas la voz propia en boca de otros personajes. Cuando Oscar Wilde emitía por medio de lady Windermere réplicas de genial sarcasmo, dinamitó a la hipocresía burguesa en su mismo centro. Eso lo ayudó a sobrellevar su doble vida.
Pero no quiero hablarles de autores y textos tan conocidos, sino del sinfín de escritores anónimos que sólo pudieron salir adelante escribiendo experiencias desoladoras, cómicas, científicas, exploratorias. Los cazadores ingleses que se adentraban en los peligrosos parajes de África, llevaban un poemario, un cuadernillo en que apuntaban diariamente sus vivencias, fusil y pólvora.
¿Cuántos exploradores regresaron a dar fe de la majestuosidad de las cataratas de la luna?, ¿Cuántas víctimas de abuso nos han narrado sus desgarradoras historias? ¿Cuántos rescatados del Holocausto volvieron para dar testimonio de los campos de concentración? Todas esas personas tienen en común que, para no enloquecer, suicidarse, sucumbir a la enfermedad, divorciarse o ir al psiquiatra, tomaron la pluma y escribieron. No fueron genios, sino simples hombres y mujeres que dialogaban consigo mismos a través de la pluma. Que desmembraron y reensamblaron su yo interno para dar cabida a la esperanza, o aceptar las pérdidas.
Yo no concibo la vida sin la escritura. Mi modo de capear las tormentas o de recrear éxtasis es escribir. Así como en Instagram nada existe sino es fotografiado, para mí lo que pasa a nuestro alrededor no sucedió si no lo escribo. Un momento trágico, una alegría sublime, un paisaje mágico, una situación cómica, todo eso sólo se integra formalmente a mis vivencias cuando llego a casa y las escribo. Es capturándolo en letras que realmente se incorporan a mi ser, las siento mías: nadie me las puede quitar. Avariciosa lo atesoro y recreo cuantas veces sea necesario, tanto para auto flagelarme como para gozarlo de nuevo.
El que escribe trata de reflejar la realidad del mundo y de su tiempo al explorar su propio yo. El escritor dice lo que nadie quiere o puede decir, de una manera similar a los cirujanos barberos de la época medieval. Canalizar el pus, la sangre, las miasmas pútridas de la humanidad vuelve a la literatura sanadora: cicatriza las heridas, cura las llagas, expulsa las infecciones de la sociedad, y de sí mismo. La lucidez, la pasión, el tiempo que el escritor emplea en esos inframundos no es energía perdida, ni destructiva: es sanadora pues en la medida en que se reconcilia con el mundo, se cura.
Las grandes obras literarias son cómo medicamentos: al mismo tiempo que estéticas pueden ser críticas y por eso, en algún punto de su carrera, los dictadores han coartado la libertad de expresión y aún llegado al extremo de quemar libros: suponen que eso incinerará también los ideales. Voltaire escribió cuando prohibieron la Enciclopedia: “Nada es más poderoso que una idea, cuando ésta llega en el momento oportuno”, y la Revolución Francesa llegó en 1789.
Tengo amigas que escriben. Hacen literatura de evasión: creíble, armoniosa, bien redactada; digerible e inofensiva como un jarabe edulcorado. Cuando me platican historias que me dejan boquiabierta les pregunto: “¿Por qué no lo escribes?”, esquivan sus ojos y responden: “Porque tengo suegra, esposo e hijos”, “Ponle otros nombres”; “No, entiende: no tardarán en adivinar quienes son los personajes”. Si eso les satisface, perfecto. No es que sea malo, pero como Paulo Coelho o Dan Brown, repetir la misma fórmula nos limita. Desde luego es preferible leer “Código Da Vinci” que TV Notas, pero digo, eso nos quita la posibilidad de explorar otras rutas: Kafka, Camus, Chejov. La escritura para que sea sanadora, debe tener un espacio propio, una región inexplorada, un universo autónomo, libre en la medida que nosotros queramos disponer de nuestra libertad.
En la escritura comprometemos lo que somos. Usamos palabras cotidianas: palabras que escuchamos en nuestra infancia, que leímos en nuestros primeros libros, los dichos del más cercano de nuestros seres. Además, en la expresión escrita eternizamos esa parte de nuestras vidas que pasamos en las bibliotecas, salas de cine, calles, viajes y mercados; en los cuentos de una despedida de soltera, en las discusiones con personajes de la calle. Los errores, los equívocos, los fracasos; lo que somos comparado con lo que queríamos ser, la verdad de lo que fuimos y de lo que nunca seremos. Y también compartimos silencios para que el lector construya su propio universo. El decir todo en los pasajes de sexo, nos hace añorar aquellas novelas victorianas, donde en tales situaciones colocaban puntos suspensivos, que el lector interpretaba en su forma personal e íntima.
Y si hablamos de que escribir es potencialmente sanador, liberador, auto descubridor, pienso que así como hay campañas de fomento a la lectura, se deberían promover estrategias para fortalecer la escritura. Si leer es vivir mil vidas, escribir es vivir mil muertes y renacer.
Creo que yo no hubiera podido resistir la dureza de mis peores momentos sin la opción de escribir. Los diagnósticos, las quimioterapias, el confinamiento, las filas para los tanques de oxígeno, las listas de espera en alas de Covid, las esquelas de los amigos más queridos, la zozobra familiar, las cremaciones sin plegarias, la agonía de los aislados, el cansancio de los colegas, la ineficacia del gobierno, la carrera contra reloj de la vacuna…todo esto que parece indescriptible, se vuelve tolerable al escribirlo, porque puede incorporarse el reflejo de un mechón acaracolado, la fragancia amniótica del cuerpo de un recién nacido, el romper del oleaje en Barra Vieja, el asomo de un diente en la sonrisa de un nieto, la sensación palatina de un pan de piloncillo en Comitán. Todo esto tan simple y complejo a la vez, es la urdimbre que se vuelve figura real en el tapiz que entretejemos con la escritura. Tal vez transformaré las palabras del hombre cuyo amor imposible anhelaba, por palabras elegidas por mí para contar una historia distinta: la del hombre que me amaba.
Dice Carl Sagan que estamos hechos del choque de dos estrellas. Al escribir chocamos con nuestro ego y nuestra realidad, pero encontramos el camino para entendernos, perdonarnos y hacer habitable nuestro mundo. Nos tornamos polvo estelar, etéreo y luminoso.
Por todo esto, escribir es resistir.

Alicia Flores R. Integrante del Círculo de Escritores Sabersinfin
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