A CABALLO EL AMOR
Por: Alejandro Tamariz Campos*
Pero no puedo, porque cada que intento me asalta la angustia como una enfermedad muy rara, que me hace sentirme perdido, como cuando me perdía en el monte de niño, sin saber a donde iba a salir con las varas de capulín que iba a cortar para hacerme mis caballos, hasta de repente encontrar la vieja vereda, esa que me sacaba hasta el cantil del arroyo, y de ahí el ver el camino a casa, seguro de saber a donde iba.
En cambio ahora por más que trato de explicarme a donde voy, tampoco encuentro la vereda, y mucho menos la encontré contigo, nos montamos en ese caballo matrero para descender un cerro lleno de piedras y raíces, y la felicidad no fue la meta, si no el vértigo del galope, el aire haciendo mecer los cabellos, y el aferrarnos a esa locura, y a apostar cuanto duraría la aventura.
Y el caballo se nos cansó en un año, y jamás volví a mirar mi sombra que se enganchaba a las huellas de tus pasos, y se me quedó un vacío en el alma, como esas ganas de llorar que nomás te desarman, pero no te derrumban completamente, apenas unido con los recuerdos tuyos, esos que me hicieron sentir que de veras estaba vivo.
Todavía recuerdo aquella vez que te ví, casi te encontraste una pared invisible y reaccionaste a tiempo para dar la vuelta, y la luz de mis ojos no alcanzó a dibujar completamente tu figura, al contrario te hizo doblar la esquina y casi salir huyendo.
Eso me dio mucho gusto sabes, bueno no sabes, pero si supieras el gusto que medio, saber que la vida sigue, y que tu vida sigue tan de prisa como acostumbran ir tus pasos, y que mi sombra sobrevivió al recuerdo de tus huellas, y que mi pecho desértico por la falta de suspiros tuyos, vuelve a germinar algunas briznas de hierba, aunque sea amargas, pero al fin vuelve a revestirse de algo de la vegetación que algún día fue tu huerto.
Lo que me queda es la duda, aquella de saber si alguna vez te habrás preguntado si podíamos vivir al galope violento de esa cabalgata, o que si algún día domaríamos a ese caballo pajarero que solo sabía andar al trote, nervioso y violento.
Si quizás alguna vez aunque sea te lo preguntaste, si algún día podíamos bajarnos y dejar que este amor violento se serenase un poco, se dejara poner una rienda y pudiese tirar lentamente tus cosas y las mías, y a lo mejor domarlo para arar nuestras tierras, y con ese arado acercar con surcos esas lejanías de tus tierras frías de valle volcánico y mis tierras húmedas de cerros de tepetate y vegas de ríos.
Pero creo que era ya de por si difícil mantenerse en el lomo de esa locura como para querer domar a un amor tan terco y tan desbocado como el de esta carrera en pique y con tanto obstáculo, mejor estuvo la carrera, y la emoción violenta, y duró lo más que pudimos aguantar la respiración en ese arroyo cálido, y tu aguantaste menos y te fuiste, tomaste tus cosas, tu sonrisa, tus reclamos y una que otra canción de trova y te marchaste lentamente, mientras yo me quedaba un poco para ver si regresabas aunque sea para despedirte.
Pero la espera fue en vano, y el aire se me acabó al poco rato, y tuve que salir a flote, el caballo estaba muerto, bañado en sales de sudor, y jadeante del esfuerzo, para no volver a cabalgar en mis cerros ni en tus llanos, lo mato la carrera, las tierras distantes y el clima encontrado.
Vale por esa carrera de 2004, en el lomo de este sueño condensado en una carrera violenta, montando a pelo hasta llegar al amanecer del año siguiente, sin carrera, sin caballo y sin mi sombra siguiendo tus pisadas. Espero que el amor nunca se haga tan hogareño, y algún día renazca silvestre e indomable, como el galope de aquellos instantes, de los míos y de los tuyos.
* Alejandro Tamariz Campos (Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.) egresado de








