
18 de marzo de 2021
La crecida
el principio dice: es diez veces más de lo que se ve lo que trae el iceberg
«Es sólo cuestión de agua y tiempo la crecida», suenan palabras, navegan fuera de sí...
Llovería a cántaros y eso hipnotiza, ovilla, ocurre sin prisa.
Pasa un carruaje, «útero sideral» reza el cartel,
—¿por qué no? dices al zambullirte en el ponto oleado.
Lo gris del verde enciende y fluye sin fin, al fin fluir
¡ah! desatado mar de imaginar.
Donde late el zinc brilla la sonora enredadera, mientras recoges
los fantasmas crecidos como hongos durante la noche.
Ahora la ciudad y el mar frente a frente, uno en lugar del otro:
altos edificios navegan lentos entre automóviles ojerosos, paraguas
boquiabiertos se mecen entre cuerpos flotantes, amarillentos.
El muelle de piedra desata a la serpiente, abrasa el sol
en la copa huérfana de los árboles.
Al ruido de motores sucede el silencio, fúnebre bendición.
No es este el carozo de la profecía sólo la cáscara del fruto.
En mantel celestial abuelo prepara té con una nube de leche.
Lo que vino a decirse se hundió como raíz ande hubo especie.
Chamuscado iceberg de un rostro con rastros sapiens.
Disculpe, Doña Blanca—¿la flor violeta del gallo canta al albor?
Entre las cinco hojas húmedas de la mano hubo pétalo de luz.
Fogonazo de voces en la marea ingente de la lengua
sobre mar enjoyado de plásticos y aceite, ¡oh viejo océano!,
silba sin fin ni fin, fuelle destartalado el corazón del viento.
En ventosas de pulpo se esparce la notación del neuma,
yace el profeta clavado en la esquina, sus tres ojos insomnes.
Espantan la sombra y el zumbido de palabras en derredor.
Un cardumen de sirenas entona letanías en las rocas del gran
estuario.
«Es sólo cuestión de agua y tiempo la crecida»,
pronostican para esta madrugada y las siguientes.
Llorando en crudo
No soy solo un hombre que llora solo.
Soy un hombre que llora y al llorar es otra vez niño.
Soy el niño que llora en el hombro de su propio hombre.
Estas palabras están húmedas.
Lloro mientras escribo. El llanto arde en los ojos.
Es un dolor líquido como el tiempo que perdimos.
No es poético el llanto de un hombre.
Como la poesía este llanto ya no tiene la menor importancia.
No me celebro. Llora el cuerpo del hombre de cabo a rabo.
(No hablo hoy de las mujeres que ya suficiente trabajo han llorado).
Hay un llorante sentado sobre una pequeña piedra de arenisca.
Y otro llanto chamuscado en el bucle eléctrico del alambre de púas.
No tiene casa, pecho ni hombre adonde regresar el llanto
huérfano.
Ese llora atrapado entre el pasado y el futuro,
le fue arrebatado el pasaporte del presente.
No le dejarán entrar a otra vida sino a la huesa herida de la frontera.
Se pregunta si hizo mucho, poco o nada para merecer lluvia de odio.
Se oye el sórdido silencio de los hombres de hierro que vigilan
su llanto.
De millones de hombres que lloran está hecho este silencio.
Es un silencio que tiembla apenas como el llanto avergonzado
de los viejos.
De pronto llora el cielo rayos láser que dan directo en el corazón
de tiza desangrado bajo los escombros del salón de clases de una
escuela.
Un puerto despiadado cubre de agua envenenada el llanto náufrago.
El hombre llora a mares en un mar de lágrimas como granos de arena.
Viaja el llanto en trenes subterráneos.
Llanto de voces sin aliento transporta el Metro a diario.
Nadie quiere ni tiene con quien hablar. El llanto es con nadie
hablar.
Indecible jadeo de tren nocturno perdiéndose en la historia.
En un rincón de la ciudad suena alucinado el aullido de las sirenas.
Sus chillidos ensartan las venas de las calles y las horas.
Entonces hay hombres para salvar hombres y de pronto esa
épica se derrite en llanto.
Crece sordo de los hombres el llanto que no pudieron salvar del
hombre.
Llanto muerto lleva el hermético trofeo de ese carro negro.
He aquí el llanto del perro baleado a pleno sol como un hombre.
El perro que perdió a su hombre entre las llamas del infierno.
El reptil humano entre las piedras del desierto
Y el llanto del hombre pétreo con ojeras de cocodrilo.
Nadie ve en el rostro humano el rastro del llanto animal.
Este es el mar de los hombres que lloran.
Esta noche es posible oír el llanto de los planetas sin rumbo
Soy un hombre sin luz propia entre millones de estrellas.
Ellas lloran por la felicidad que les ha sido a los hombres
arrebatada.
Unos la tenían y no lo supieron hasta perderla. Vano lloriqueo.
A quienes nunca la tuvieron les ha sido igualmente denegada.
Hay una flota de lágrimas a la deriva en el mar de este llanto.
Aquí rechinan hombre, niño y poeta juntos en lagrimal trifurca.*
Los hombres rotos y los que no lo están, ninguno es ya humano.
Esos hombres y yo por diverso cauce estamos en llanto ungidos.
Y nadie ama a los hombres que lloran.
El llanto es la única propiedad por la que ningún hombre
mataría a otro.
Soy el hombre que llora hombres antes que ellos se beban su
propio llanto.
Un mundo en el que los hombres lloran sin saber que lloran ni porqué.
El mar de los hombres llora a lo largo del pequeño mundo de
los hombres.
—Anda, dije, deja ya de llorar como un crío.
Niño extraviado en el laberinto del hombre por el hombre extraviado.
Juntos los hombres que lloran en busca de los ojos niños.
Ahora mismo, hijos del hombre, ahora sin más llantos ni tardanza.
*La expresión«los lagrimales trifurcas” viene del poema IV de Trilce de César Vallejo.
Oración del bardo*
Y si al caer el día sientes la arena del reloj
en vano discurrir durante incontables siglos
y nadie responde a tu presagio alrededor
no creas que la verdad hoy te ha vencido
ni dejes el ánima penar en sombras.
Con pasión te diste, mas ¡ea! está próxima la batalla:
honra a los tuyos y mira cierto; reúne las huestes
del amor cultivado y no olvides regar, una vez más,
esos tallos que se anuncian floridos.
Así como quien de tal o cual ciudad supo ser digno,
sé valiente, acércate al difícil espejo, espejismo;
es sólo un sueño lo que dejas, y es pobre
la vida que nada ha soñado ni perdido.
¿oyes el son de los pájaros esta mañana?
¿te hace feliz la polifonía de sus dones?
A la vera del alma enciende la hoguera del tiempo
y abraza el milagro de los que siempre has querido.
Al regreso no olvides seguir el verso que ayer—
hace innumerables años—trazaste apenas: destello
de larvas junto al río, canoíta, lápiz rojo, dedos niños.
Verás que nada es distinto, aunque ya todo es olvido.
Aún así, el dulce vino del corazón derrama sonidos
cuando las aladas voces hablan secretos al oído.
Y si al caer la noche aún discurres en la arena del reloj
no creas que la verdad hoy te ha vencido, ni olvides
regar, una vez más, esos tallos que se anuncian floridos.
* Luis Bravo (2014). Puesta en voz en «La Tinta de la Yunta», LENGUALUNFA (CD, Perro Andaluz, 2016).
Poemas seleccionados de:
La voz y la sombra. Poemas nuevos y selectos. Diálogo Books, USA, 2020.


Luis Bravo (Montevideo, 1957).






