07 de octubre 2020
El fulgurante sol
en cada girasol
se retrataba.
La fiesta se metió entre los trigales
y tuvo atrevimiento en los maizales;
se prolongó hasta que que los montes
bajaron sus cortinas
y sudario cubrió
los lomos y los vientres de la tierra.
Era el sudario, sueño
discreto y silencioso
comprometido con la paz
imaginada por los párpados,
ignorantes, remisos a saber
que en las noches como esas,
danzan los arrebatos
de vergonzante Frankenstein
dispuesto a prolongar
el sueño
de los desaprensivos
para volverlo eterno.
Desaprensivos, porque nunca
debieron de confiar
en la tranquila, vocación
de ese proteico Frankenstein:
un día pacifista y al otro invasor
avecindado en el costado
de la gran valla de viñedos
de los que aun despiertos
soñaron con la paz,
la última visión de sus pupilas,
porque en la noche cómplice
Frankenstein se paseó
blandiendo entre las sombras un gran mazo
con el siniestro oficio
de hacer estallar cráneos,
mientras soñaban dulces ilusiones
que en trajes vaporosos
danzarían exultantes
en los tablados de las ferias,
y luego, sonrientes,
flotantes de contento,
irían, abejas afanosas,
saboreando la miel
del alfanjor y la alegría,
higos cristalizados
derritiéndose al sol.
Sol ya transfigurado
en fantasma celeste
por ya no habría ojos que miraran
ni piel que él requemara.
El fulgurante sol
que en cada girasol se retratara,
se fue de viaje a los confines
de donde quizás vino a ser testigo
con calidad neutral
de que en el prado que alumbrara
anduvo merodeando Frankenstein
y en la noche tranquila
convirtió brutalmente en sueño eterno,
el sueño de descanso.
Los dueños del viñedo
no se informaron nunca, no supieron
que de su cráneo no saldrían
más, ilusiones vaporosas,
ni verán tras los montes
otro sol fulgurante.
Ricardo Montes de Oca, The italian coffee,Puebla Pue, 22-5-07









