
3 de octubre de 2020
Recorro lentamente cada pasillo,
leo los nombres,
algunos borrosos,
añejos,
vetustos,
cuasi fosilizados;
otros recientes,
muy frescos.
El barro cubre mis pies,
la lluvia refresca
la introspección íntima interminable
que todos aspiramos hacer algún día,
porque implica tener conciencia
y hacer el recuento para contarlo.
Avanzo a pasos cortos,
la escasa luz
me recuerda
que el tiempo avanza,
un cuervo amenaza
con aterrizar en mi hombro izquierdo
y una sombra
no me deja desde hace rato.
Apenas repito
las burilaciones de las piedras,
otras veces trato de descifrar
los grabados en hojalata,
hierro o bronce.
La indefectibilidad del tiempo
me ha alcanzado,
lo sé,
porque la sombra que me sigue
se ha multiplicado,
ahora son varias,
muchas,
quizá cientos
cuya identidad empiezo a vislumbrar.
Mi sombrero tipo personalidad
secreta de Don Diego de la Vega
escurre a cántaros,
mi chaqueta larga de cuero
llora sin fin,
la estaca de ocote
de mi siniestra
cobra vida
¿qué hago en medio del bosque?
No es floresta,
selva ni parque,
es el camposanto
que me abre sus extremidades
para seducirme,
y yo,
en funciones aturdidas de Van Helsing
no caigo en cuenta
que son las lápidas de mis amigos,
de mis seres queridos
las que marcan mi camino,
y que,
por supuesto,
no soy un cazador de vampiros,
mucho menos un exorcista solitario,
sólo soy un alma extraviada
en sus primeros minutos de transición,
que es recibida
por la corte que le ha antecedido.
Abel Pérez Rojas (@abelpr5) es escritor y educador permanente. Dirige Sabersinfin.com








