
20 de diciembre del 2019
Un extraño acompañante.
Vivía el duelo de haber perdido a mi familia. Mi esposo y mi hija de siete años habían muerto en un accidente automovilístico tres años antes. Mis actividades fuera de la ciudad de donde vivía no me permitieron llegar el día del trágico accidente. Hasta un día después tuve la desgracia de encontrarme con mis seres queridos a punto de ser sepultados. La vida para mí ya no tuvo sentido y hasta intenté suicidarme, sin poder lograrlo. Ante la frustración, ante la vergüenza por mi cobardía por no poder enfrentarme a mis hermanos varones y a los demás familiares, me alejé de ellos. Los tratamientos psicológicos subsecuentes en algo amortiguaron mi dolor. Busqué entonces restablecer mi vida; pero nada llenaba el vacío que dejaron en mí. Era la temporada de vacaciones de fin de año, y con el temor de recuerdos familiares conocido durante esas fechas, me negaba a pasar sola aquella temporada.
La experiencia de años anteriores, buscando consuelo en mi familia ya la conocía. Ya no quería visitar tumbas, porque al regresar a mi hogar, la soledad se pegaba a mi cuerpo para dejarme postrada en una depresión aterradora imposible de superar. Decidí viajar con intención de aliviar mi espíritu
La motivación y promesa de un viaje inolvidable se inició en la agencia de viajes. Con la esperanza de que así fuera, había tomado un vuelo que me llevaría según mis emociones, a un lugar encantador y efectivamente así lo recuerdo.
El hotel ubicado al pie de una montaña coronada de nieve, mostraba adornos navideños. Allí comenzó la historia. Por la noche, en la terraza, al vagar por los jardines del hotel, no podía dejar de sentir la sensación de cierto sosiego que embebía mi espíritu, como bálsamo reparador. El hechizo del momento era difícil de resistir y en aquel embrujo empecé a sentir extrañamente que estaba acompañada. En un parpadeo tuve la sensación que alguien me observaba, y mi cuerpo se estremeció. Miré mi reloj y marcaba las once de la noche y entré al bar.
El calor de la chimenea, la bebida y la música de violines me colmó de bienestar. El descanso de aquella noche, me proporcionó a la mañana siguiente la disposición placentera para hacer un recorrido por paisajes hermosos y después regresar rendida por la noche para salir al día siguiente antes del amanecer.
La ciudad nos tenía una sorpresa, según palabras del guía de turistas. Los reflejos de un sol naciente, lanzaba destellos al chocar con muros y cristales incrustados de oro, sí, de oro, de un edificio en el centro de varios edificios que lo rodeaban. Mis ojos y pensamientos puestos en los reflejos ambarinos de aquel lugar, desviaron la mirada porque algo caía desde la altura de una cúpula, y entre cuchicheos nos preguntábamos ¿qué habría sido aquello que cayó varias cuadras alrededor del lugar donde nos encontrábamos? Después ya con indiferencia, nadie desvió la mirada y el guía siguió sus explicaciones. De pronto me di cuenta que estaba sola; porque el grupo había reiniciado el recorrido. Buscando el autobús de la excursión que se había estacionado cerca, caminé varias calles, sin lograr encontrarlo.
La sirena de una ambulancia llamó mi atención y lo supe, iba en auxilio de la persona que había caído de aquel edificio. La curiosidad me condujo a un callejón donde auxiliaban a un hombre herido. No supe cómo fue ni por qué, pero me vi acompañando a aquel extraño dentro del vehículo, mientras el personal médico atendía sus heridas. Después de recorrer un largo camino, llegamos a un hospital.
Por el alta voz escuché que solicitaban la presencia de un familiar de aquella persona y me condujeron a la habitación donde se encontraba. No hubo preguntas, para ellos yo era la indicada. Lo miré, su piel transparente evidenciaba una gran pérdida de sangre que había brotado de su cabeza, sus brazos conectados a diversos tubos, eran de un blanco extraño. El sonido de su respiración magnificada por el respirador artificial, me hizo perder la noción del tiempo. Pasaron los días, acaso dos o tres y el paciente, abrió los ojos y buscó mi rostro, sin hablar supe que sin conocerlo lo conocía.
La mirada de sus ojos de un azul pálido quedó en mis ojos. Las noches y los días se sucedieron en armonía llenando mi tiempo con largas caminatas por los jardines del hospital. Su frente denotaba una cicatriz circular. Extraña sensación de ternura me despertaba aquel hombre del que no sabía su nombre ni qué hacía yo con él en ese lugar.
Un día sin darme cuenta cuántos días habían pasado, salimos del sanatorio, sus heridas habían sanado. No puedo explicar cómo llegamos a la casa donde él vivía, sin embargo, el lugar no era extraño para mí yo lo conocía. Con familiaridad me situé frente a la puerta y él giró el picaporte para darme el paso. Era la noche de Navidad, las luces de colores y los adornos navideños me hicieron sonreír y me sentí feliz de estar ahí. Una música clásica de acordes suaves que provenían de un aparato de sonido ambientaban el lugar. Sin palabras escuchaba su voz la cual con ternura dirigía a mí. Sus manos suaves tomaron mis hombros y me condujo a una estancia, sensación desconocida me embargó cuando miré por una de las ventanas el jardín semejante a la del hogar donde había vivido antes con mi familia. Un aroma fresco embriagó mis sentidos y sentada junto a él escuché de sus labios la historia de un amor inolvidable, aquella historia era mi vida que, como en una película, miraba pasar. En la duermevela de cada amanecer recuerdo aquella experiencia que trato de explicarme.
Carlos mi esposo, era joven y yo aún más, era la noche de nuestra boda y la música del festejo sonaba en el ambiente, después de bailar nuestra canción caminamos con discreción hasta el jardín y ahí mismo nos situamos en la puerta que antes, mi extraño acompañante había abierto para mí. Mi esposo y yo nos mirábamos con amor y me decía palabras hermosas, sus besos me envolvían en una sensación de entrega que me llevó al centro mismo del placer. Después de amarnos ya en la serenidad del sosiego, imágenes conocidas como el nacimiento de nuestra hija, celebraciones familiares palabras ya olvidadas se presentaban en mi memoria.
Un estremecimiento doloroso me hizo recordar que ya los había perdido, sin embargo, aquellos días que viví con ellos estaban ahí y me atribulaba vorazmente un sinfín de sensaciones extrañas; la historia de otro tiempo se repetía. Nos vimos reflejados en aquella última noche planeando el viaje que mi esposo con mi hija haría a la casa de sus padres y yo a una actividad que mi profesión ameritaba. Mi ausencia fuera del país duraría una semana o más. Era la mañana de nuestra despedida, en la premura del viaje, recomendaciones y detalles para el regreso, olvidé la entrega de un unicornio que había comprado para mi hija, en ese momento recordé que aquel unicornio fue colocado dentro de los paquetes de mi equipaje y seguro ahí estaría. Durante aquella separación nos llamábamos a diario, pero el último día de vacaciones entre las actividades realizadas ya no tuve tiempo para volver a llamarlos.
Las vacaciones habían terminado y podía mirar la despedida de los familiares, entre alegría y cantos mi esposo e hija tomaban la carretera que los conducía a nuestro hogar. De pronto, quedé sin aliento, en una curva, un enorme vehículo de carga perdió el control y venía a estrellarse de frente con el automóvil de mi esposo. Carlos con ojos desorbitados trataba de controlar el vehículo pero era en vano, el impacto brutal lo aventó al asiento trasero y sin embargo tuvo fuerzas para dar un giro y cubrir el cuerpo inerte de nuestra hija que había muerto dormida. En aquella desesperación gritaba el nombre de ella y pronunció mi nombre agregando un perdón y un te amo con el último suspiro. Todo había sido tan rápido que hasta que llegó el silencio de aquel macabro traqueteo que observé, me di cuenta que me faltaba el aire.
Los servicios médicos encontraron los cuerpos encimados y de ahí ya sabía todo lo demás. Su traslado hasta la ciudad donde vivíamos se llevó a cabo cinco horas después del accidente. Mi presencia ante la cruel realidad, era una imagen inconsolable y en esa vivencia repetida volví a llorar, pero en esa ocasión mis lágrimas eran consoladas por aquella persona desconocida, que me acompañaba.
Después como en un sueño volví a mirar a mi esposo, era la última noche que habíamos dormido juntos. Él se revolvía sudoroso en la cama por un calor sofocante que habíamos sufrido en aquellos tiempos, abrió la ventana que daba para la playa y le asombró la claridad que se deja ver en la distancia. Escuché mi voz que le decía “es normal”, acostumbrada a ver juegos pirotécnicos que inundaban de luz algunas noches de celebración, para mí era normal aquel resplandor. Eran las tres de la mañana ¿o de la tarde? el reloj se había parado. Carlos abrió la puerta y salimos, asombrados mirábamos un sol sembrado en el obscuro cielo que parecía agrandarse, y un relámpago nos estremeció.
En aquel cielo profundo las estrellas recorrían el firmamento formando líneas horizontales o de momento formando espírales de gran fulgor que danzaban en la obscuridad. Allá en la distancia estaba la tierra, con sus azules mares tranquilos, y una fronda que adivinaba los bosques. De los ojos de mi esposo recibí una mirada de ternura, en su silencio y en el contacto cálido de sus manos me expresó que en ese lugar era feliz y una aceptación total por su ausencia me invadió. Ya no sentía dolor. Las risas de mi hija en una vuelta asida de las manos de mi esposo llenaron de alegría mi corazón, podía tocarla, mirar sus ojos, sentir sus besos; mientras me enseñaba con alegría aquel unicornio que había comprado para ella. Después miré que se alejaban y su despedida me colmó de bienestar. Luces de diversos colores hacían de aquel camino por donde se perdían una inmensidad alcanzable que podía tocar.
No sé qué pasó después, pero a la mañana siguiente estaba abriendo las cortinas de mi habitación y el sol lanzaba destellos desde los cristales del edificio donde me había perdido. Mi acompañante no estaba. En la superficie de una cómoda estaban dos cascabeles dorados de aquel unicornio que mi hija llevó en sus manos y una tarjeta con mi nombre. Miré mi bolso que creía haber perdido colgaba de un perchero, busqué en ella algo que me identificara con aquel nombre de la tarjeta y encontré los boletos de mi regreso de aquel viaje. Durante el trayecto al aeropuerto con una sensación desconocida expresaba -Dios, ¿soy yo? ¿Dónde estoy, que me ha pasado?
En el aeropuerto, durante la despedida del guía de turistas de quien no recibí cuestionamiento alguno por mi ausencia, un hombre mayor ataviado con un turbante blanco pasó a mi lado, reconocí en sus ojos de azul pálido aquella mirada de mi extraño acompañante. Con un movimiento de su mano se despedía. De su cuello pendía un cascabel como los que encontré en aquella cómoda y cuando reaccioné, aquel hombre se había perdido entre la multitud.
Por la ventanilla del avión, me pareció ver un unicornio entre las nubes y una sensación de amor agradecido me envolvió.
En cada Navidad, con aceptación y sosiego recuerdo aquella historia de un amor inolvidable.
Sarahí Jarquín Ortega








