El día que no se olvida
Minuto a Minuto

29 de septiembre de 2016

¿Estabas tú en la tierra en ese entonces?
¿Llegaron hasta a ti los alaridos,
los gritos de terror de los heridos,
las blasfemias de los enfurecidos,
el dolor por los vástagos perdidos
los que tal vez fueron cremados,
o quedaron en fosas clandestinas?

¿Estabas tú presente aquella tarde
cuando los perros se soltaron,
cuando llenos de rabia, los mastines
mordieron, desgarraron, trituraron,
y en colofón perverso, sojuzgaron?

¿Te llegó la noticia de la sangre
derramada por mozos aun impúberes
por mujeres, mozas adolescentes,
llenos todos de sueño e ilusiones,
de amor a la sagrada, limpia Patria,
a la que habían soñado clara y pura?

¿Alguien te había contado que en la escuela,
aprendieron lecciones de civismo,
en las que se enseñaba a respetar
valores, tradiciones y costumbres,
legados como herencia por ancestros:
el respeto a la persona humana
justicia, libertad y democracia?

Eso tenían en mente aquellos días
cuando salieron a las calles,
a exigir, las brigadas de jóvenes ilusos,
lo que creyeron que debía exigirse:
el respeto a la ley, a los mandatos,
a las voces del pueblo, la vox populi
en la que está su voluntad.

Todavía no llegaba a su cerebro
la noción de que estaban gobernados.
No por hombres sapientes, mesurados,
observantes de códigos, de leyes,
sino por mentes psicopáticas,
que de derechos y de libertades
poseían un concepto medieval:
"Yo aquí mando y ordeno, soy el amo;
madie discute mis disposiciones."

Estos hombres furiosos, en trincheras
de nombre: instituciones y gobierno,
con incapacidad congénita
para entender lo que es o debe ser
la democracia,
decidieron que no era soportable
atender los llamados de los jóvenes,
y echaron mano de la metralleta,
del tanque, del obús, de la bazuca;
de la calumnia y la provocación,
de la mentira y la persecución;
lanzaron a sus huestes: los soldados,
prensa, radio, televisión,
es decir, a sus perros de presa,
y emprendieron ataques criminales
contra esa juventud ilusionada
con el sueño de la reconstrucción
de una patria mejor y para todos.

Y aquello fue golpear, hender
los cráneos, desgarrar, causar heridas,
llevar la muerte a las escuelas
de las instituciones superiores:
UNAMy Politécnico,
La Normal Nacional, Chapingo
Iberoamericana, Anáhuac,
las universidades de provincia:
Puebla, Morelia, Monterrey.

Aquello fue insultar y escarnecer
a la parte más noble de la patria:
la juventud que sueña y se prepara,
que es capaz de morir por un ideal,
de lo que carecía el soldadón
que ordenó el bazucazo
a la preparatoria allá en San Ildefonso,
para que puertas centenarias,
herencia colonial, quedaran hechas trizas.

Después, llegaron las masacres,
el derramar de sangre
hasta llegar al holocausto,
en esa Plaza de las Trés Culturas,
en fecha que quedó para la historia
en su parte más negra,
una tarde otoñal
tarde sombría y aciaga,
tarde infausta y fatídica:
el Dos de octubre trágico,
el Dos de octubre lúgubre;
el Dos de octubre desdichado,
el Dos de octubre negro,
el Dos de octubre fúnebre y funesto.
Tarde en la que las furias se soltaron,
en forma y uniforme de soldados,
Batallones Olimpia,
agentes encubiertos,
perros, todos amaestrados,
se dieron gusto abofeteando,
desnudando,
ofendiendo pudores,
dignidades;
bayoneteando vientres,
destrozando pulmones,
rostros y corazones,
cuerpos, mentes, sentires,
emociones,
sentimientos, ideas y pensaminetos.

Allí en la Plaza de las Tres Culturas
manó la sangre a borbotones,
hubo derramamiento de estertores,
de exclamaciones rudas de impotencia,
de desesperación, de frustración.

Y hubo también la desvergüenza
de las declaraciones oficiales,
de la noticia sucia y mentirosa,
en que fueron campeones,
radio y televisión, periódicos;
y finalmente la ignominia,
la insensatez de congresistas,
representantes populares
que en vez de condenar al asesino,
lo llenaron de colegios y justificaciones.

Algún día los cronistas
consignarán los nombres
de aquellos diputados,
de aquellos senadores
y miembros del poder,
que faltando al pudor
macularon, mancharon la memoria
de los que habían caído en Tlatelolco,
cuyos nombres podrían citarse con orgullo,
en tanto que los nombres de los "próceres",
quedarán consignados en registros
de lo que fue la cobardía
y la bellaquería
de miembros del congreso,
líderes de opinión pública,
del señor Días Ordas,
de Luis Echeverría,
del general García Barragán,
del General Toledo
y muchos, muchos más...

Imagen: webcronic.com

Ricardo Montes de Oca.