
15 de febrero de 2016
El mundo expectante es coyontura que lastima con vehemencia,
las transparentes fantasías y se aferra a los placeres
de una realidad que acosa y encarcela al fruto en que se planta
mientras dibuja la separatividad que concatena.
En el ósculo de un sueño
radican los olvidos que, cual garras,
vigorizan el pasado y sus prejuicios.
Las cenizas de una herida
son cimientos que mantienen
los olvidos de una frustración que le contempla.
Nuestro pensar atosiga la incapacidad de padecer los terrores
que se forjaron precavidos cada día,
y donde abrazar la respuesta
es lanzar una utópia ya derrumbada entre los hombres.
Nos aferramos al calabozo
para no caer en lo ético
que castiga con vehemencia
la armonía que desdibuja un mundo
que aferra y encarcela, transparente,
los placeres del pasado,
donde expectante
vive y concatena una realidad,
como el máximo instante
en que los prejuicios son cúmulo de torturas
que, por naturaleza,
hacen que seamos una renuncia
que no nos pertenece
y que, precavidos, apropiamos rogando
nos arroje de un poema
para olvidar la respuesta derrumbada.
El recelo de la mente
es la forma donde la separatividad
se hace inherente en el mundo de lo “real”.
Los sueños radican donde los olvidos yacen
con la intensidad de sus cenizas
y una herida sólo es la frustración de sus cimientos:
¡La realidad es la manifestación neurótica
de nuestra consciencia misma!
O ¿es la consciencia de la realidad neurótica
la manifestación misma?
Imagen: facebook.com/Theflowerisaleafgonemadwithlove
Juan Carlos Martínez Parra








