Poesía, acto de revelación II
Minuto a Minuto

23 de enero de 2016

 

EPÍLOGO

Si la poesía nació cuando el ser humano comenzó a captar la belleza, sería válido puntualizar que la primera manifestación poética fue producto del sentimiento, no del intelecto. Los primeros pobladores racionales del planeta sintieron la necesidad de expresar con el habla las emociones que sentían un amanecer plagado de vida, al igual que lo fue reverenciar a la naturaleza, imitándola con dibujos y pinturas con las que buscaban agradecer la dicha de formar parte de ella. Mucho después vendría la reflexión sobre las motivaciones profundas del sentimiento, lo que daría paso a la filosofía. Sin embargo durante muchos, durante muchos siglos imposibles de contabilizar, la poesía lírica fue la más concreta del poder creativo del ser humano, como lo fue el imperativo de imitar todo aquello que asombraba la mentalidad aún infantil del hombre prehistórico.

Cabe imaginar que la palabra, el Verbo, como un todo, nació por la necesidad de hombre y mujeres de hacer comprensibles sus sentimientos, ir más allá de la simple descripción de las cosas que los rodean. El amor, el odio, la dicha de sentirse amado, la tristeza por el abandono del ser querido, sólo podían expresarse con palabras. Luego vendría la necesidad de que esa expresión fuera más intensa, acordé con la emoción sentida en el interior del cuerpo. Es una lástima que aún faltaran muchos siglos para la invención de la escritura, que adquirió categoría de arte gracias también a la poesía.

Alfonso Reyes dijo: “Los grandes poetas lo son por que logran captar el misterio en el arte” Vemos así que no basta con tener sensibilidad, que le sobra al poeta, sino que se necesita algo más, mucho más o sea la capacidad para darle una explicación racional a la sensibilidad que se posee, lo que dio nacimiento a la estética, método con el que se pueden analizar los recovecos del arte.

La misma complejidad del individuo hacía imperativa la invención de la poesía. Había que buscar el trasfondo de las cosas, profundizar en los misterios de la naturaleza, sacar a la luz oscuros rincones del alma. Por eso, primero podría acabarse la humanidad, pues la poesía seguiría viviendo en espera de que nuevas corrientes de vida surgieran para rescatarla de cenizas, o de la basura dejada por los seres mal llamados racionales, una vez que lograran su objetivo de autodestruirse. Que lo habrían de lograr es factible, debido precisamente al olvido de la poesía como arma inmortal para reservar lo mejor que tiene el ser humano, en aras de un mal entendido progreso. Así lo vio el gran poeta polaco Tadeusz Rosewicz: “Después del fin del mundo/ después de mi propia muerte/ me encontré con la mitad de la vida/ los seres los animales los paisajes”.

Nos damos cuenta que la necesidad de trascender a la muerte ha sido y es un elemento clave para hacer poesía, en todos los tiempos y latitudes del planeta. Entre nosotros ésta ha sido la principal característica de nuestros poetas, desde Sor Juana Inés de la Cruz hasta Jaime Sabines, quién se destaca por su inagotable capacidad para imaginar situaciones no sólo episódicas, sino que van más allá del tiempo y del espacio: “Esta mañana imaginé mi muerte/ despeñado en el coche o de un balazo/. Me tuve lástima. Lloré por mi cadáver un buen rato” Más tarde escribiría lo siguiente: “¿Qué otra cosa sino este cuerpo soy/ alquilado a la muerte para unos cuantos años?/ Cuerpo lleno de aire y de palabras/ sólo puente entre el cielo y la tierra “.

Bajo tales puntos de vista, podría decirse que la poesía nace de la inspiración, sí, pero ésta sólo una parte del proceso de crear belleza. Si, poeta es aquél que tiene o recibe el don de la inspiración, sin la cual es impensable escribir poesía, ser un poeta. Pero ésta es sólo un destello, una ráfaga de luz que se siente en el interior, misma que hay que domar, tomarla firmemente y no permitir que se escape. Según Alfonso Reyes, “cuando alguna vibración cósmica llega a estremecer los órganos estéticos se dice que hay inspiración”. Cabría preguntarse entonces qué son aquellos poetas que escriben sin el don de la inspiración, puesto que es un hecho que también los hay y los ha sabido siempre. Entre nosotros descuella Octavio Paz, quién más que buscar inspiración en sus “vibraciones cósmicas” la busco en sus motivaciones estéticas y filosóficas, como también lo hizo Jorge Lui Borges, por manera por demás prodigiosa.

Octavio Paz dijo en El arco y la lira: “La historia de la poesía moderna es la del contiguo desgarramiento del poeta, dividido entre la moderna concepción del mundo y la presencia a veces intolerable de la inspiración”.

El riesgo ante tal disyuntiva es quedarse con los brazos cruzados, en espera de que la inspiración se aleje, para poder acceder a la racionalización se aleje, para poder acceder a la racionalización del acto de escribir. Los grandes poetas, lo sabemos, son aquellos que se sobreponen a la fugacidad de la inspiración, no con el fin de hacerla a un lado, sino de aprovecharla como punto de partida para sacar mayor vitalidad y contundencia a la idea que se presentó repentinamente en nuestro cerebro. ¿No es acaso Pablo Neruda uno de los mejores ejemplos de tal forma de entregarse a la poesía? Allí están sus célebres Veinte poemas de amor y una canción desesperada para dar cuenta puntual de ello. Sus sonetos, sobre todo, constituyen una muestra paradigmática de la inmortalidad del sentimiento amoroso, como fuente primigenia de inspiración, que luego pasa a ser un acto de revelación, en cuanto que nos descubre todo el misterio que subyace en las relaciones sentimentales de una pareja; de igual manera el acto de revelación se nos descubre cuando frente a nuestros ojos se desviste la belleza majestuosa de la naturaleza, o bien, si logramos subir los andamios que nos conducen a otros cielos atemporales, proféticos y avasallantes como lo hiciera el apóstol San Juan en el libro del Apocalipsis cuya palabra significa revelación.

Del mismo modo como hemos visto, que el amor es el sentimiento que rompe todas las barreras y escollos, la muerte es su contraparte. Vale detenerse en dos ejemplos emblemáticos para comprender la intensidad de la presencia de la muerte en las voces de los grandes poetas. Uno es Emily Dickinson, esa eminente solitaria que vio pasar su vida encerrada en su casa, en espera en amor que nunca llegó a cumplirse físicamente. El otro es José Gorostiza, quién a pesar de su origen tabasqueño de dejó llevar por las voces oscuras de la muerte sin fin, en contraposición a su no menos ilustre coterráneo, Carlos Peciller, quien no puso reparos a los llamados del verdor exuberante de su tierra.

Escribió Dickinson: “Oh muerte, abre las puertas!/ van a entrar los remedios fatigados/cuyos balidos ya no se repiten,/ los que ya su camino terminaron./ Es la tuya la más tranquila de las noches;/ como tu aprisco no hay mansión segura;/ demasiado cercana estás, para buscarte;/ nadie sabría hablar de tu ternura”. Y nuestro inconmensurable Gorostiza pone punto final a su inmortal “Muerte sin fin”, con los siguientes versos: “Desde mis ojos insomnes/ mi muerte me está acechando,/ me acecha, sí, me enamora/ con su ojo lánguido./ ¡Anda, putilla del rubor helado,/ anda, vámonos al diablo!”

Ambos poetas son un paradigma del acto de revelación que obedece al impulso de concretar ideas muy propias sobre la muerte. Como el mismo Gorostiza afirmó: “El poeta no puede, sin ceder su puesto el filósofo, aplicar todo el rigor del pensamiento del pensamiento al análisis de la poesía. El simplemente la conoce y la ama. Sabe en dónde está y en donde se ha ausentado”.  Nadie mejor para probarlo que la poeta máxima de las letras hispánicas: Sor Juana Inés de la Cruz, quién encontró en la poesía su tabla de salvación ante una realidad que se esforzaba por aniquilarla. Su obra fue al mismo tiempo, como muy pocas, un acto de inspiración y de revelación, que seguirá vivo mientras haya vida en la Tierra.

Sandra Galina Fabela Poblano.


EL PAJARO CANTOR de Luis Ángel Osorio Hernández.

El agua se come al cielo
Sobre la placidez del sol
Las aves flotan entre nubes

Tu rostro fascinante
Se afinca en la imaginación
Montes verdes de vida

Colores que sirven de cuna
Para el pájaro cantor.


VUELO INCIERTO de Salvador P. Hernández

A la deriva de tu vuelo incierto
Mariposa de seda
Siembro las raíces de mis alas
A tu espalda
Flama cautelosa
A instantes desconocida
Guía espontánea del amor disuelto

Me dejo a tu caudal difuso
Entretejido con tus dedos
Amordazado de tu pecho y con tu boca
En el sobresalto del sueño me convidas

Te quiero y no te tengo
Me entrego a ti
Desde el océano de tus astros
Aleteo moribundo
Te amo trivialmente
En antiguo silencio atemporado
Segundo a segundo
De árbol a árbol
Desde la sensible S
A la rectitud de la A que te pronuncia
Porque sobre tu nombre duermo
Incapaz de vivir la muerte original y absurda
Y no puedo comerte o beberte
Sino con el corazón ciego
Desnudarte
Eso que le nombran alma
Y seguir muriendo
Consciente del aire del sol
De este sueño que descubro
Antes de tiempo.


LACAYOS DE LA SOMBRA de Salvador P. Hernández

A tiempo he visto mi pueblo
Tiempo exacto
En el que maldigo y blasfemo
Contra la maldad bestial
De hombres de traje negro
Lacayos de la sombra

Porque a tiempo he visto
Los ojos a la pobreza
Su escasez no de oro
Ni de materia
Que es inofensivo y muda
Luz libertaria en sus pupilas
Y la flor de la justicia
Sembrada con sus manos

También como otros tantos
Camino entre el estiércol
De hombres ciegos
De ambición oculta

He sido gusano de inmundicia
Y estás son mis horas de cordura

A tiempo mis ojos han llorado
Apreté los dientes
Mordí mi lengua
Al ver estallar al hombre en sangre
Y apagarse el milagro en su sonrisa

El ladrido secreto de la miseria
Vale más
Que el gesto hipócrita de la avaricia

A tiempo ocultaré mis ojos en un árbol
Mi carne desnuda y lapidaria
Será la roca
Tocada por la lluvia

Si es que aún hay árboles de pie
Si es que aún llueve
Y hay justicia.

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