Los tres astrólogos
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17 de diciembre del 2019

El dragón yacía en la nieve de Saint Bride. La estocada mortal de San Jorge, hizo que su sangre corriera bajo la puerta de unas tabernas, que mostraban ya una incipiente decoración con bayas rojas. Un regimiento de jóvenes, con ropa colorida, celebraba al son de tambores y gaitas, mientras que el campesino y el terrateniente departían en la posada.

A lo lejos, en Salisbury Court, un escribano se entregaba a la nocturna inspiración, teniendo como única compañía los sonidos que Londres arrojaba a su ventana. Y fue, cuando más concentrado estaba en sus razonamientos, que una moza subió a interrumpirlo. Le suplicó que atendiera a tres señores que habían llamado a la puerta. El embajador de Francia había partido con su familia y no había alguien que lo pudiera representar, por lo que el escribano tuvo que acceder a dicha petición.

Al asomarse a la puerta, vio tres hombres con la usanza árabe. Cada uno tenía ceñida una corona y portaba un cáliz. Sus ropas tenían rasgaduras y estaban negras de tanto uso. Uno tenía la piel oscura como los esclavos traídos de África. Por un momento pensó que eran turcos que habían desembarcado en Londres. Quizá nobles caídos en desgracia, buscando refugio.

Les habló en las lenguas que conocía y fue con el griego con la única que pudo entenderse. Le explicaron que una estrella los guiaba al lugar de nacimiento del divino redentor, a fin de ofrendarle sus presentes. Entonces el escribano comprendió que eran astrólogos, sin embargo, cuando uno de ellos se refirió a las estrellas como cuerpos girando sobre la tierra, se dio cuenta que seguían el modelo de Claudio Tolomeo.

El escribano retrocedió, y con una vara, trazó en la nieve dos círculos concéntricos. En el mayor de los círculos, señaló un punto para indicar que la tierra le daba la vuelta al sol. Después dibujó otro más grande, para señalar el centro. Desde esa posición, hizo una línea larga rebasando el perímetro. El universo era para él, infinito, y lo comparaba a un círculo cuyo centro estaba en ningún lado. Bajo ninguna forma era espacio cerrado. Cuando hubo terminado su exposición, vio que los forasteros se miraban entre sí, confundidos.

Solo acertaron a señalar el cielo. Al fijar su atención en la cortina estelar, el escribano distinguió un astro más brillante que todos. Dirigió su catalejo al extraño cuerpo a fin de observarlo con detalle, advirtiendo de que no se trataba de una estrella común. La lente revelaba un objeto alargado con dos apéndices que salían de en medio, a manera de alas. No pudo ocultar su sorpresa. Esa era la estrella que guiaba a los reyes astrólogos. Entonces le pidieron posada. Más se excusó de no dárselas, usando como pretexto la ausencia del embajador y la carencia de autoridad. Después de despedirse, partieron en dirección a Whitehall.

Perplejo, el escribano regresó a su cuarto para meditar. Recordó una cita del tomo II de Apócrifos: “Durante el viaje que duró trece días; los magos no tomaron descanso ni alimento; no sintieron necesidad de ello, y este periodo les pareció que no había durado más de un día. Cuando más se acercaban a Belén, más intenso era el brillo de la estrella; esta tenía la forma de un águila volando a través de los aires y agitando sus alas.” La escena se le hacía familiar. Aquel extraño cuerpo celeste que flotaba en el firmamento, debía ser algún ingenio producto de una civilización superior. Caro Lucrecio y Nicolás de Cusa enseñaron que en el universo había otros mundos habitados además del nuestro. Si un almirante genovés había logrado llegar a un nuevo continente, hasta entonces desconocido; no sería nada remoto que los habitantes de las estrellas construyeran carabelas y galeones que surcaran el cielo. Estos pensamientos lo estremecieron, teniendo ante sí una repentina iluminación. Entonces el escribano Giordano Bruno desechó el manuscrito en el que estaba trabajando; e inspirado, comenzó a redactar el tratado Del Infinito Universo y Los Mundos. Y a lo lejos, el ruido de los jóvenes londinenses era lentamente apagado por la luz del extraño astro.

Nicholas Gutiérrez Pulido