EL VIAJE
Por: Erasmo Nava Espíritu*
Inicié un viaje por donde el sol se acaba,
y en donde negros pájaros renunciaron al vuelo;
fue ahí en Atlixco, en la hostería de antiguos edificios,
donde vi construcciones:
de cantera labrada, silenciosa y ahogada.
Hay en estas casonas, hechas con arte y gusto,
pedazos de silencio, en actitud callada.
Seguí mi viaje hacia lo alto en la Mixteca,
y en Acatlán de Osorio:
fue el sol ardiente, como gotas de acero fundido en la caldera;
o la aridez y el polvo de la desesperanza;
o quizás el silencio aletargado en primavera,
lo que a mi espíritu llenó de honda tristeza.
La aridez de Acatlán se extiende hasta Tepexi,
donde al llegar, lo primero que miras es el mármol;
cerros, valles y cañadas son de mármol;
la mirada, la sonrisa y los suspiros de la gente, son de mármol;
la nostalgia del ausente y los vecinos de Tepexi, son de mármol;
los deseos y los sueños de la gente, son de mármol.
Tepeaca está en el valle, junto a un árbol sin dientes,
la algarabía en su tianguis, rompe con la quietud los viernes.
En Ciudad Serdán y Libres,
hay un paisaje gris, ensombrecido y lento:
un sol opaco, y un viento frío dominan en el campo;
los caporales, y las vacas a lo lejos,
son como fantasmas, llorando en el desierto.
Llegar a Teziutlán
fue gozar de su aroma y de su clima,
de sentirme extasiado, envuelto en la neblina.
Esa ciudad antigua, muda y adormecida,
perdida entre la niebla y la selva enloquecida,
luce su encanto suave:
entre nubes, montes y colinas.
En Zacapoaxtla,
hay algo denso y tocado por el cielo;
al llegar, comienza levemente la llovizna,
que junto con la neblina, dan esa frescura al bosque,
que al sólo verlo, salen a volar las golondrinas.
Pájaros de enormes alas, se refugian en los árboles,
allí cantan, allí sueñan y respiran,
hasta que transcurre el día.
A San Martín Texmelucan he llegado.
Aquí, famoso es el tianguis bullicioso de los martes:
de calles desbordantes de vida y extraño colorido.
Huauchinango,
dominado por la lluvia y la humedad nerviosa de la noche,
se pierde en la profunda oscuridad, de grises caracoles.
Mi viaje termina en Zacatlán.
Estoy cansado.
Muchos silencios y desvelos me acosaron;
pero las montañas y laderas frías,
llenas de sol y de neblina me reaniman.
Una delicia en la mañana, es lo fresco de este clima,
y por la tarde, todo lo envuelve la bruma y la agonía;
manzanas verdes y peras ya maduras,
se asoman de repente y caen sobre el camino.
No cabe duda que Zacatlán,
es un vergel para el viajero y el vecino.
Zacatlán, Puebla, 28 de marzo del 2006
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