En un punto sin retorno
Minuto a Minuto

 

 

Fotografía: archivo familiar

EN UN PUNTO SIN RETORNO

Luis Manuel Pimentel

A la memoria de mi primo, Víctor Alonso Laya Villalobos


Vuelas en el recuerdo de un tiempo
donde la flor y la sabana se dividía en tus ojos,
con sangre batida por los esteros y los bosques
de ciudades que también fueron tuyas
mezcladas con sal, azúcar y un poco
de cuerno de ciervo
que algún día te untaste para liberarte
antes de la noche definitiva.

Pasas con la brisa que se queda por el apartamento,
mientras tus niñas crecen
la música de Reinaldo Armas y Jorge Guerrero se meten
dentro de esta cuita que hoy juega a
visitar a mi tía Rosa que aguanta este chaparrón
de sensaciones, con el látigo de la palma
al sacudirse. El vendaval de tu nombre
aparece entre nosotros,
los otros que nos quedamos para contar
las proezas y glorias de un hombre entre armas,
amores, y la familia, mientras te vas fundiendo
con el horizonte del llano
y ese sol bajito en el trino de los pájaros
que esta mañana fueron a saludar a Luis
y después viajaron a donde mi tía Rosa
mientras ella en su silla preferida
ve pasar el tiempo y este recuerdo
en un punto sin retorno,

en el aroma del cilantro y el burbujear de la cerveza
apareces en un paisaje que se vuelve
el viaje de un llanero alegre mientras en sus manos
llevas fe, tierra, alma, y el dar una vuelta
en la esquina del Tamarindo,
y tu perfume también entra por la ventana del cuarto,
que le llega a Rocío y Ronald quienes todavía
sienten cuando entras a dormir a la casita
luego de un día ajetreado entre reuniones,
siempre firme
para defender a la patria,

y bailan los caimanes y los chigüires sobre la laguna
de la abuela Laya, y del viejo Alonso
que mirándose al espejo se fija
que cada cana es tuya,
que cada frio de la mañana se vuelve bala,
silbido y el rebaño de ganado que pasa en el horizonte
del Hato Víctor, que se estira en lo profundo
y se vuelve un solo de arpa
y ahora baila joropo una pareja en la orilla
del rio Apure, mientras respiramos
el aire que traen los turpiales.

Me esperas en la mesa para tomarnos otra cerveza,
me acerco al reproductor y le subo volumen al equipo
mientras analizamos la vida triste del hombre que ya no quiere vivir
y la magistral forma de narrar Guerrero su propia desdicha
todo suena tan bien, que hasta el despecho del hombre trasciende
con el sonido de las cuerdas, en los versos del cantante,
la noche trae a los pájaros negros y concluimos
que nadie merece sentirse así,
y cantas las coplas a todo lo que da tu garganta
y mientras te desplazas con la botella de polarcita en la mano
se te sale una lágrima porque te toca la tragedia de Guerrero
como si fuera tuya,
como si en ese guayabo estuvimos todos
ahora destruidos con tanta candela apasionada
de no volver a verte, sino recordándote
con esta manía de creer que estamos por el llano
corriendo en un corcel invisible
que atrapa este amanecer contigo.

 

 

 

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