Poema que el autor dedica a su madre fallecida
UNA NAVE
Madre, tu muerte…
sí tu muerte,
me hizo grande y valiente
y me regaló una nave
de oro y amor,
con ella al infinito navego
o hasta el misterio desciendo
para buscarte
y te encuentro tan cerca
que cuento tus cabellos de plata,
miro tu boca, contemplo tus ojos
y estrecho tus manos,
tus caricias recibo
y el calor de tu aliento me inflama
mientras tu voz
me arruya y alienta
en mis anhelos hermosos
de ideal perfección.
Cuando viajo feliz en tu nave
voy a lugares ignotos,
tan bellos, tan santos, tan sabios y justos
que idealizo los fines del hombre
y los plasmo en consejos de padre;
por esto en tu nave paseo,
no importa la meta ni el rumbo,
con ella te busco y te encuentro
en las estrellas o el viento,
en aromas, trinos y rosas,
en olas marinas
o verdes paisajes
y en versos o música suave,
y, en todas las partes tu sonrisa me espera
y me hace poeta
como tú lo quisiste,
como tú lo soñaste.
Con la nave que tengo
en la bruma infinita me pierdo y esfumo,
y, te hallo en el tétrico espacio sin tiempo
donde me quitas el miedo y espanto
o te hallo tranquila en mares confusos
de incultos misterios…
que vértigos causan
o sabia en las dudas y
tranquila en las penas,
o irradiando belleza
en la bondad de las cosas;
y, en la búsqueda luenga
de la Absoluta Verdad
tú me acompañas …
lo sé
y cuando la encuentro como es…
la gloria será de los dos.
Jacinto Hernández Hernández.
México.
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