El sol me viste y dora de brillantes, con oro en polen chapoteo, me baño con las brisas del rocío y escucho el susurro y concierto de la vida.
Selecciono a mi capricho los néctares y frutos con que quiero deleitarme, viajo alegre por el cielo y escojo paraísos para mí.
Todo el mundo me sonríe pues lo obsequio con amor, vivo en la belleza, me recrea, gozo libre, mi natural reproducción y supero tus errores y tabúes.
Mis vástagos felicidad asegurada tienen, mis ideales son besos que comparto y todas las delicias a mi raza, acarician y cantan sin cesar.
Envídiame si no quieres amarme, hermano hombre; y por si ya se te olvidó me nutre el paraíso de regalos que tú debías tener, como señor.
Y… ¡No, no me mates! Serías peor… vive amando sin descanso, en armonía, y la dicha y abundancia volverán a tí para servirte, como rey.
Jacinto Hernández Hernández.
Puebla, México.
Marzo 7 de 1984
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