Calaveritas literarias
Minuto a Minuto

 

 

2 de noviembre 2020

CORONAVIRUS

Un virus extraño acechaba.
a todo el mundo por doquier.
Correteaba, brincaba e infectaba,
a quien por imprudencia lo lograba absorber.

¡Ah qué virus tan travieso!
La de gente que enfermó.
Hizo alianza con la Coca,
Sabritas, Bimbo, y los hot dogs.

Pues juntos estaban dispuestos
-ni quien pueda decir que no-
a acabar con los mexicanos,
uno a uno, o en montón.

Pero el karma es grande, maestros.
Lo digo sin restricción.
Y justifico mi respuesta,
para que no haya confusión.

Muy lleno de ambición el bicho,
a YouTube se fue a meter,
pues decía que con videos
quería infectar y entretener.

Pero qué mala suerte tuvo,
que al andar en su afán,
se encontró con un video,
¿era de terror, o musical?

Un tal Arjona cantaba,
y en verdad lo hacía muy mal.
Algo le pasaba, pues chillaba,
y no se quería callar.

No aguantó el pobre virus.
Congelado se quedó.
Sus fuerzas desvanecieron,
y en polvo se convirtió.

La muerte vino por él.
No sin cierta precaución,
pues el cantante ahí seguía,
cantando cual cargador.
Dichoso virus, pensó la muerte,
pues del cantante ya no es rehén.
Yo sufriré su voz un buen rato:
creo que vivirá más que Matusalén.

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QUINO

Les voy a contar amigos,
A manera de corrido;
aún siendo calaverita…
¡Yo ya estoy muy confundido!

Un señor de buenos trazos,
a quien todos divirtió,
volando se fue p’al cielo.
Y yo con tanto dolor.

Joaquín Salvador se llamaba.
Le decían Quino con admiración,
pues supo plasmar en dibujos,
lo propio del humano de toda nación.

De la patria Argentina era.
Y de tinte argentino su mente y corazón.
Pues el dorado a veces no es todo,
lo que busca un gran señor.

Me dijo un colibrí hace poco
que a ustedes les debía contar;
esperen respiro un poco,
pues me ahogo al recordar.

La muerte merodeando estaba
el hogar de la gran Mafalda.
Quería llevarse a la niña.
¡Ah, qué sátrapa calaca!

Yo creo que es muy iletrado,
ese montón de blancos huesos.
Pues de no serlo sabría,
que Mafalda quiere besos.

El buen Quino se dio cuenta,
de las malas intenciones,
y corriendo fue a su encuentro,
con todos sus pantalones.

¡Llévame a mí!, le gritó.
Yo soy viejo, y muy feliz.
Ella necesita consuelo,
no una flaca sin nariz.

Y así fue, amigos míos
(un nudo me acalambró),
la muerte de el gran Quino.
¡Viva él, y viva su voz!

Un pensador de izquierda,
y de la crítica un portavoz.
De la crítica que ayuda,
a todos a ser mejor.

Autor: Octavio Montoya Marquez

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