Al son de la Música
Minuto a Minuto

RADIO Sabersinfin.com

 

 

22 de febrero del 2013

Al son de la Música

Sobre el escenario, una enorme televisión recortada en cartón. Lo suficientemente grande para albergar un presen-tador de telediarios tras su mesa. El individuo en cuestión ostenta un gesto adusto. Sujeta unos papeles haciéndose el interesante, como si fuesen de extrema importancia. En la parte superior del aparato, en el lado derecho, una ranura para meter monedas idéntica a las que tienen las cabinas telefónicas.
De repente, por el lateral del escenario, aparece una enorme mano en cartón piedra que echa una moneda de di-mensiones desproporcionadas en la televisión. Entonces comienza el espectáculo: una melodía de cajita de música se difunde por el teatro.


PRESENTADOR:


El presentador se esfuerza por parecer circunspecto. Gesticula poniendo caras de sorpresa, indignación y reproba-ción alternativamente. Se ajusta el nudo de la corbata con gran profesionalidad. Inconscientemente tira de un cordón que le cuelga cerca de la nariz y ésta se le empieza a alargar de forma alarmante. El público ya no sabe decidir si se encuentra ante Pinocho, ante el mismísimo Cyrano o ante el desgraciado del poema de Quevedo, aquel que vivía a una nariz pegado.
Falto de noticias, en un loco afán por improvisar o sencillamente transportado por la música, sale de detrás de su mesa. Levanta los brazos sobre la cabeza y, abandonando su proverbial solemnidad, comienza a girar de puntillas. Entonces el público advierte que la chaqueta del traje gris que viste por arriba no combina demasiado bien con el minúsculo tutú rosa que gasta por abajo.
La música va muriendo como si se le acabase la cuerda, y lo mismo le sucede al personaje. Termina desmadejado como un muñeco sin vida o una marioneta sin titiritero.
La enorme mano de cartón piedra deja caer una gigantesca tela negra sobre el aparato de televisión. Las luces se apagan.
Las luces se encienden. Sobre el escenario, el bulto tapado. Sólo que cuando la misteriosa mano reaparece y levan-ta el lienzo negro, debajo no está la televisión, sino una jaula en la que el presentador, vistiendo todavía la parte de arriba del elegante traje y el delicioso tutú que deja al descubierto sus musculosas piernas y le permite lucir las primorosas zapatillas de ballet, tiene ahora un penacho de plumas verdes en la cabeza, alas del mismo color que le salen de la chaqueta −de la que han desaparecido las mangas− y un pico duro como el de los loros o los papaga-yos. El insólito bicho está subido a su columpio, donde parece haber pasado la noche. Pero en cuanto la mano deja caer unas pipas, salta agradecido y ejecuta toda clase de piruetas. Grazna moviendo las alas desesperado, hacien-do esfuerzos denodados por hablar. Pero como es un animal sin entendimiento, sólo se revela capaz de reproducir sonidos humanos escuchados a otros. De modo que si no le apuntan, se queda en blanco.
La mano, satisfecha con su mascota, ya que la intención es lo que cuenta, le recompensa propinándole con imprevi-sible delicadeza, como a un perro fiel, unos cariñosos golpecitos sobre la cresta.
Es entonces cuando el espectador comienza a vislumbrar que las sospechas que ha ido nutriendo de que el perso-naje fuese una bailarina disfrazada de periodista resultan totalmente infundadas. Porque el personajillo ha de ser, en realidad, un loro disfrazado de bailarina que, a su vez, en sus ratos libres, se disfraza de periodista.

Premio Especial de Monoteatro Sin Palabras Hiperbreve
Concurso Internacional de Microficción “Garzón Céspedes” 2012
Salomé Guadalupe Ingelmo (España, Madrid)

 

 

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