Mas libros del Mal
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23 de febrero del 2013

Mas libros del mal 

 

En el centro del escenario, una columna monumental, gigantesca. Al pie, entre las dunas, una multitud de maniquís arrodillados, alzando las manos al cielo o en posiciones innaturales, como si estuviesen retorciéndose presas de convulsiones. Todos esos rostros desencajados, de miradas perdidas, se vuelven hacia arriba.
Sobre el escenario se escucha un grito unánime, desgarrador, que recorre ese artificial desierto, pareciendo querer alcanzar el cielo: voces de todos los sexos y edades claman justicia. En señal de duelo, las mujeres, los ancianos, los niños e incluso los hombres, hartos de ser ignorados, de ser tratados como muñecos, intentan llamar la atención sobre su espantosa desventura; lanzan, como es costumbre, alaridos agudos moviendo frenéticamente sus lenguas.
En lo alto de la columna como Simeón el Estilita, el escritor asceta –paradójicamente el único ser de carne y hueso en escena–. Viste una túnica incomprensiblemente suave y costosa, en lugar que usar un cilicio de pelo de camello. Su barba y cabellos brillan a pesar de la sal y la arena del desierto, que azota el resto de bocas y ojos, dejándole a él ileso. Su aspecto es saludable. Está incluso orondo, como no podría estarlo alimentándose sólo de insectos y aire, como hace el resto del pueblo. El gesto, siempre severo y ceñudo, incapaz de indulgencia. La lengua, dispues-ta a censurar los pecados ajenos. Si pudiese, arrojaría la primera piedra. Y con ella barrería, como en un juego de bolos, a todas esas gentes a las que ya no considera hermanos.
Mira hacia abajo asqueado y se lleva la mano a la nariz, como para ahogar una pestilencia que sólo a él resulta manifiesta. Año tras año ha ido haciendo esa columna cada vez más alta, pero aún los sigue oliendo y oyendo. Su presencia, que no su dolor, le tortura. Comienza, un día más, su particular retahíla de reproches.


ESCRITOR ASCETA:
¿Hasta cuándo me mortificarán con sus voces: con sus súplicas, sus quejas, llantos y seductores halagos? ¿Hasta cuándo seguirá torturándome esta humanidad vulgar y tediosa? Es éste un amargo cáliz enviado para ponerme a prueba, pero yo no he de beber de él (Se lleva a los labios una lujosa copa decorada con piedras preciosas, en escasa consonancia con la vida del anacoreta, extraída de entre los pliegues de su delicada túnica.) ¿Escuchar ese balido de cordero sacrificial conducido cruelmente al matadero?... (Sólo por un segundo, vacilante, frunce el ceño como si alguna parte de su ser aún fuese capaz de remordimiento.) No, he de mantenerme sordo, insensible, ante el clamor de este pueblo (De nuevo arrogante e intransigente.) Aunque esta perversa Babilonia intente apartarme de la recta vía, no caeré en la tentación, en el pecado de pervertir mi obra. ¿Acaso habría de prostituirla por ellos? (Mira hacia abajo con desdén, pronunciando “ellos” como si fuese una palabra repugnante.) Me mantendré fiel a mi arte y sólo a él: únicamente, a la belleza, a la rima y la métrica. No mancillaré mi sublime talento con las lágrimas, el sudor o la saliva; con vulgares fluidos corporales (Gesto asqueado.) Para qué perder el tiempo describiendo sus sufrimien-tos, fatigas o pasiones: todo cosas sucias, efímeras y de poco beneficio. ¿A quién gusta escuchar las miserias aje-nas? No harían más que desvirtuar la esencia del arte… ¡No! Moriré como un mártir: incomprendido, pero santo (Alzando el mentón orgulloso.) No me dejaré infectar por ese mal que quiere ver en el escritor un profeta o un mesías; una voz para el pueblo y sus desgracias, para sus esperanzas e ilusiones. No seré yo quien me sacrifique por cosa tan insignificante. Sus vicisitudes no son más que un becerro de oro. No adoraré ese falso ídolo. No he de perder un solo minuto de mi valioso tiempo relatando sus despreciables vidas. Ni una sola de mis preciosas pala-bras, en contar sus modestas historias (A medida que ha ido aumentando su seguridad, cargándose de sus razo-nes, recitando cada vez más veloz y vehemente, furioso, mientras aprieta los puños y parece querer descargarlos contra quienes lo importunan tan desconsideradamente. Una vez calmado de nuevo, sigue inventando mundos artificiales y artificiosos, textos áridos y estériles como el desierto. Nada de cuanto sucede en ese otro mundo, a decenas de metros por debajo, distrae su atención –centrada en el propio ombligo–, nada le aparta de las palabras ampulosas y vacías. Él, refugiado en su particular Olimpo, está dispuesto a no dejarse tentar por la vida que discurre ante sus ojos. Y su voluntad –o su impudicia– es tan fuerte que resiste impasible ante las peores injusticias.) Los cuerpos despedazados en estériles batallas, los niños torturados, las mujeres golpeadas, el hambre, la traición, el abandono... Desde aquí he visto todo. Y todo pasa sin dejar huella. ¿Por qué habría yo entonces de tomarme la 38 

molestia? ¿Por qué arriesgarme pudiendo llevar una vida tranquila? (Razona sereno con aire condescendiente, empleando el mismo tono con el que se suelen explicar sus errores a los inocentes niños: como queriendo justifi-carse ante su propia conciencia. El despiadado escritor asceta se siente muy satisfecho; por la noche escucha una voz que le llama, que le alaba y alienta. No alcanza a comprender el miserable que, lejos de ser un elegido, vive ya condenado; pues no obedece a un designio superior, sino a su demoníaca soberbia. Mira una vez más desde su atalaya pétrea hacia abajo, asqueado. Incapaz de eludir esa sórdida imagen que se ha convertido en el pan de cada día, se ata un pañuelo sucio alrededor de la cabeza. Y así, con los ojos vendados, toma de nuevo cálamo y perga-mino para seguir escribiendo incansablemente sus palabras huecas.)

Premio Especial de Soliloquio Teatral Hiperbreve
Concurso Internacional de Microficción “Garzón Céspedes” 2012
Salomé Guadalupe Ingelmo (España, Madrid)

 

 

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