La otra Guerra
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RADIO Sabersinfin.com

 

 

 

23 de febero del 2013

La otra Guerra 

 

Mujer joven pero envejecida, delgada, demacrada, enferma. Viste ropas raídas del siglo I a. C. Va descalza. La encontramos en un habitáculo de adobe, sin ornamentación. Alguna vasija de barro vacía y volcada sobre el suelo de tierra prensada. La mujer yace apoyada en un lateral. Mientras habla podremos oír roces de espadas, relinchos de caballos, gritos de hombres…


MUJER:


¿A quién me encomendaré? Mi esposo persigue el ideal de la libertad. Mis hijos muertos de hambre en el frío del invierno… y yo sobrevivo ¿Por qué? Nada ya tengo que hacer en este mundo, solo morir con la dignidad de mis antepasados, la que no quisieron entregar al poder insatisfecho de Roma (Levanta el puño y lo deja caer mientras solloza.) ¡Ah, Roma, la gran devoradora!, ¿por qué vino a nuestras tierras? Nosotros no la invitamos, no necesita-mos sus lujos, sus dioses… ¡Ay, Lug, el dios de la luz, nos ha abandonado! Ni siquiera Cernunnos, que gusta más de la guerra y el hierro, se apiada de nosotros. ¡Nada queda sino morir!... ¿Qué podría hacer? Mi esposo no volverá, morirá atravesado por una flecha, o bajo la espada, o aplastado por un caballo enemigo. (Se levanta con dificultad y del otro extremo coge un arma corta y ancha de hierro que estaba envuelta en un trapo.) Yo me consumo junto a la falcata que forjó para nuestro hijo. Ella será la que me libere para ir a reunirme con los nuestros en las praderas infinitas. (La sostiene con las dos manos, cae de rodillas, pero se pone en pie mientras habla.) Ya ni fuerzas tengo… ¡Se les oye venir! ¡Gritan sedientos de sangre ibera, cazan esclavos que arañen con sus manos las minas o sieguen sus campos, o esclavas que llenen sus lupanares…! que ni para eso valgo ya (La falcata ha caído al suelo y ella toca su cuerpo separando los andrajos que cuelgan sobrantes.), tan cruel ha sido el cerco… Este es el último día, lo percibo. ¡Pero cuando entren yo no estaré aquí! Las otras mujeres han muerto a manos de los ancianos y después de sacrificar a sus niños. Pero yo no tengo quien me conduzca a la paz, habré de hacerlo sola, (Recoge la falcata del suelo.) si mis brazos pueden sostener la hoja afilada que atraviese mis entrañas… (Levanta el arma sobre su cabeza con la punta hacia sí misma.) ¡He de poder, libre, no esclava, arévaca, no romana! ¡Ah! (Ha llevado la hoja hacia su vientre y la clava; cae de rodillas al suelo, doblada sobre sí misma.)…Ahora resta… huele ya el aire a carne quemada…, oigo los cascos de los caballos…, veo el largo cabello de mi esposo que tiende su mano hacia mí des-de el otro lado de la muralla… (Cae de lado y tiende una mano ensangrentada hacia el frente.), siento la sangre que me alimenta…, libertad…, al fin… (Muere y suben de intensidad los ruidos.)

Premio Internacional de Soliloquio Teatral Hiperbreve
Concurso Internacional de Microficción “Garzón Céspedes” 2012
Fátima Martínez Cortijo (España, Madrid)

 

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