Involución
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22 de febrero del 2013

Involución

Más o menos en el centro del escenario, una puerta perpendicular a los espectadores, de modo que éstos pueden apreciar la existencia de dos ambientes. Si bien el de la izquierda permanece en sombras, oculto por la ausencia de luz. En el de la derecha, muy bien iluminado, un lujoso salón presidido por una desproporcionada televisión de plasma que cuelga sobre el telón de fondo. En el lado opuesto a la puerta, una señorial chimenea en piedra, flan-queada por estanterías finamente elaboradas en madera, ocupadas por apenas unos pocos libros desordenados. En un paragüero, una bella colección de bastones de paseo, aparentemente antiguos.
Un personaje de unos cuarenta y cinco años, vestido con un traje de color gris perla que se diría hecho a medida en un tejido obscenamente caro, mantiene una conversación telefónica. Pasea arriba y abajo por el salón, cada vez más nervioso, mientras habla a voz en grito.
PERSONAJE:
Ya sé que me quedan el resto, pero esa casa tiene un valor sentimental. ¿Acaso eres tan insensible que no sabes lo que significa eso? No me desharé de ella. Me trae muchos recuerdos: la compré el año que entré en la lista For-bes (La voz se vuelve dulce al decir el nombre: es la única palabra que el actor pronuncia con aire soñador, incluso tierno.)... Me importa muy poco lo que hayan hecho esas malditas acciones en el mercado. Cubriremos las pérdidas con los fondos de los testaferros... ¡¿Qué no son suficientes?! ¡Uno paga decenas de contables, asesores fiscales y abogados para poder llevar una vida pacífica, y al final ha de hacer por sí mismo todo el trabajo! (Refunfuña. Da por concluida la llamada y cuelga sin despedirse siquiera de su interlocutor. Visiblemente enojado, toma uno de los libros de la estantería, lo rasga en dos sin esfuerzo ni misericordia y lo lanza a la chimenea. Extrae de los bolsillos de su chaqueta un par de piedras –un pedernal y un eslabón– y, diestramente, como rememorando un conocimiento innato o un instinto antiguo, enciende el fuego. Entonces, olvidando por un momento los mimos que habitualmente prodiga a todos sus trajes –los que jamás dispensa a las personas que le rodean–, se sienta sobre el suelo del lujoso salón.) Panda de inútiles y pusilánimes (Rezonga.) Sólo saben vivir del “cuento”. Pero a la hora de la ver-dad… es uno el que ha de arremangarse y ponerse manos a la obra. ¿De qué me sirve entonces el dinero, si no he de ahorrarme tantas fatigas? Mi vida es agotadora… Ya lo decía mi padre: “si quieres algo bien hecho, habrás de hacerlo tú mismo”. Hoy en día no se puede confiar en nadie: en cuanto te descuidas, te clavan el cuchillo por la espalda. Ya no existen los principios. Traición y codicia por doquier... ¡La nausea me invade! (Saca de esos miste-riosos bolsillos, donde tantas cosas se esconden, un buril de piedra y una hoja de sílex a medio trabajar. Durante unos segundos se diría muy atareado, absorbido por su trabajo. Una vez que ha obtenido una punta perfecta, toma uno de sus bastones del paragüero, extrae una tira de cuero de su bolsillo y fabrica una lanza. La sopesa por unos momentos. El resultado parece agradarle; sonríe satisfecho. Entonces se dirige lentamente a la puerta y la abre. Vuelve junto a la chimenea, levanta la lanza por encima de su hombro y carga: comienza una loca carrera liberando un grito aterrador, de bestia hambrienta. Desaparece en la oscuridad que se extiende al otro lado del umbral mien-tras suena la overtura de “Así habló Zaratustra”.)
La música cesa. Las luces se encienden. El telón de fondo representa un paisaje urbano apocalíptico: grandes rascacielos en ruinas, una calle sembrada de papeles y desperdicios, un cielo plomizo... Un hombre de avanzada edad vestido con harapos yace tendido en el suelo, en el centro del escenario. Alza el brazo derecho protegiéndose el rostro, como para repeler una agresión. O como para ocultar la vergüenza que un ataque fratricida provocaría.
Debes entenderlo, viejo. No queda café para todos, y no se puede hacer la tortilla sin romper antes los huevos. Este banquete habré de comérmelo solo. Nada personal, simples daños colaterales. Pelillos a la mar: no merece la pena enfadarse” (Se justifica jovial mientras se dispone a descargar el golpe definitivo sobre el bulto acurrucado en el suelo. Sólo que no es ya su lanza lo que blande, sino una enorme quijada de asno, una que usó en el pasado, hace tanto tiempo que no recuerda el remordimiento.)
Las luces se apagan de golpe, velando el despreciable desenlace. En la oscuridad suena un eructo rotundo. Por un breve espacio de tiempo, satisfecho.

 

Premio Especial de Monólogo Teatral Hiperbreve
Concurso Internacional de Microficción “Garzón Céspedes” 2012
Salomé Guadalupe Ingelmo (España, Madrid)

 

 

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