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22 de febrero del 2013

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MUJER:


¡Hija mía, ahora que estás tan lejos, qué dura se me hace la vida! Tu padre, con la depresión y yo… con mi artritis. Cada día, más difícil seguir fregando escaleras. Y menos escaleras que fregar cada día. ¿Quién querría una mujer de mi edad habiendo tantas jóvenes tituladas dispuestas a cualquier trabajo?
¡Ay, cariño, cuánto siento haberte fallado! Cuánto lo siente tu padre: no se perdona. “¡Menudo cambio que hicimos! ¿Qué puertas se abren ahora? ¿Qué horizontes? “¡Adelante!” (Con sorna y amargura a partes iguales, recordando el eslogan en el que antaño creyeron.) He aquí el progreso… ¿Para esto me jugué yo el pellejo?”, le oigo llorar cuando cree que duermo.
Al verte coger el autocar con tu maletita de cartón bajo un brazo y tu máster en gestión de empresas bajo el otro… Apenas podía reprimir las lágrimas. Lo reconozco, se me vino el mundo encima. No era como cuando te marchabas a hacer prácticas de lenguas por Europa, ¿te acuerdas?: Inglaterra, Francia, Alemania, Italia, Bélgica... Ni como cuando te fuiste con la ERASMUS. Ni como cuando cursaste el doctorado en la Conchinchina. Ni como cuando decidiste estudiar la otra carrera fuera… A veces me digo que mejor si no hubieses vuelto. Pero querías compensar-le a este país lo que, según tú, te había dado. Luchar por él como hizo tu abuelo… “Sólo que, ahora que afortuna-damente no es necesario, no con las armas sino con la pluma”, decías. Y reías. Porque antes reías mucho. No dejes de reír nunca, mi vida.


A principios de mes, para que estés como en casa, mandaré unas latitas de chipirones en su tinta. Lejos quedan las morcillas y chorizos que tu bisabuelo le enviaba a su hijo…
No, mejor no (Hace una bola con el folio donde ha desahogado todas sus penas y toma del pequeño montón otro nuevo).
Querida hija. Nosotros estamos bien; por Navidades recibirás una foto. Nos hemos venido al campo, al pueblo del abuelo. La casita es pequeña pero muy mona. En esta nueva vida natural y sana no cabe la endemoniada tecno-logía, así que ahora criamos palomas mensajeras. En adelante comunicaremos con ellas. Tú átales las cartas a una pata, que ya saben el camino de vuelta. Esperamos noticias muy pronto. Te queremos, hija. No lo olvides.
Ahora sí (Satisfecha.) Punto.


Sujeta la carta terminada en alto y la contempla, pasando de la emoción a la sonrisa –no exenta de melancolía–. No ha dejado de leer en voz alta ni un momento mientras escribía: desea estar segura de decirle a su hija, exactamen-te, lo que quiere decirle. Aunque en el fondo no duda que ella sabrá descifrar también lo que no está escrito. Y eso la enorgullece y tranquiliza, pero al tiempo también la aterra.


La mujer toma el portafotos ante el que ha redactado su carta, en el que está todo lo que en ese momento le queda de su hija, y posa sobre él un delicado beso. Se levanta de la mesa camilla y de debajo del hule, donde estuvo el brasero cuando aún podían permitirse ese gasto, extrae una jaula con un par de palomas. Hace tiempo que la pen-sión de su marido dejó de dar para Internet. Y después fue comer o seguir teniendo teléfono. Así que ahora escribe a la luz de una vela, con la manta de viaje sobre las piernas, las cartas donde cuenta mentiras piadosas a su hija. Como en tiempos hizo su padre con su abuelo, cuando se marchó a trabajar a Suiza. Por eso sospecha que no todas las cosas buenas que le cuenta ella sean ciertas, pero aún así confía. “Allí han de estar mejor por fuerza”, se repite. Ahora que parecen dispuestos a cobrarle hasta el aire –lo único de lo que viven–, está aprendiendo a ir tiran-do con la esperanza monda y lironda, justa para cada día

Premio Especial de Monólogo Teatral Hiperbreve
Concurso Internacional de Microficción “Garzón Céspedes” 2012
Salomé Guadalupe Ingelmo (España, Madrid)

 

 

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