EL BOLERO- Jorge Alberto Durán Ramírez
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- HISTORIAS - DE SEXO (O CASI)

EL BOLERO

Por: Jorge Alberto Durán Ramírez*

El zócalo de mi ciudad es uno de los más imponentes de la república, tiene muchas características que lo hacen especial: al centro una fuente que en la cima representa al arcángel Miguel con la espada desenvainada; sus jardines llenos de árboles añejos; las palomas en parvadas que bajan y suben como marea de mar embravecido; pero si no tuviera eso, todavía tendría algo más que lo hace especial: su gente.

El zócalo tiene personas desde muy temprano, escolares que se van de pinta; transeúntes que lo cruzan rumbo al trabajo o a la casa; turistas deseosos de conocer, de descubrir a la ciudad casi de quinientos años, a partir de su centro; las lozas del piso resuenan ante las carreras de niños persiguiendo palomas. Si en días normales el centro de la ciudad vive alborotado, los domingos, los días feriados y las vacaciones la energía reboza el lugar, la algarabía rebasa los costados e inunda los portales.

Niños comprando globos, payasos explayándose en su espectáculo, dulces típicos en venta, el recuerdo para llevar, la manifestación reprimida, la huelga de hambre

Con el ir y venir, con la alegría a flor de piel, pocos se dan cuenta que hay otros personajes: los limpiabotas, los sacalustre, los boleros.

Don Chema es uno de ellos, día a día sin importar sea martes o domingo, se encuentra sentado en su cajón para dar grasa a los zapatos, no es necesario ofertar el servicio, han sido tantos los años de estar presente que los clientes le llegan solos, hombres en su mayoría. El intercambio de saludos, la confirmación del precio, la charla sobre asuntos cotidianos: política, deportes, economía, para todos tiene la respuesta oportuna, el chascarrillo sincero y sin doble sentido, y al final: el zapato reluciente, el pago, la propina, el apretón de manos y la despedida: "hasta la próxima, Don Chema".

Muchos lo conocen, mejor dicho lo identifican, porque en realidad nadie lo conoce; pocos de sus clientes, los más viejos sobre todo, saben de la pena que lo embarga y si al principio le preguntaban qué le sucedía, con el tiempo optaron por callar para no remover más las heridas.

Todos los días, Don Chema sale a las seis de la mañana de su cuarto, en una vecindad del barrio de Analco, pasa por la Iglesia del Santo Ángel Custodio, cruza el Puente de Ovando, atraviesa el Bulevar Cinco de Mayo y se encamina al zócalo por San Roque y la Compañía. Sus ojos, de tanto ver iglesias, ya no se percatan de su existencia, tantos han sido los años que ha hecho el mismo recorrido que no es necesario ver el camino, sus pies lo conocen palmo a palmo.

Él, que su vida es larga, ha conocido de vistas y de platicadas, historias de las personas más odiosas y terribles, ha sabido que a veces no han recibido el castigo que se merecían y se siguen paseando por el zócalo y por la ciudad tranquilamente. Y se pregunta por qué, él no le había hecho daño a nadie y sin embargo tiene que soportar la pena, callada y mansamente. Todos los días sus pensamientos lo acompañan en el trayecto, ha repasado su vida y nunca ha encontrado respuesta para lo sucedido, no sabe lo que hizo para merecerlo.

Su recuerdo más lejano viene de cuando era chiquillo de tres o cuatro años, lo recogió el patrón y lo llevó a la casa grande y lo entregó a una de las señoras que trabajaba en la cocina diciéndole que le diera de comer, de beber y un petate para dormir a un lado del fogón.

De sus padres no se acuerda, Doña Jimena, la patrona, le había dicho que se murieron en una epidemia de quién-sabe-que enfermedad, y que el patrón lo había recogido por que sus padres eran chambeadores y no quería que el niño se echara a perder y estando en la casa grande, crecería sano, aprendería a trabajar y a hacerse hombre.

El pan que se llevó a la boca fue bien ganado. Creció haciendo mandados, acarreando agua, limpiando establos y ya más grande en la siembra y la cosecha, cuidando animales y otros trabajos pesados; y no por ser recogido lo trataban mal o se encajaban con él, ni tampoco se sintió protegido o se dedicó a holgazanear. Sin embargo, y a pesar de estar rodeado de tanta gente, Chema siempre estaba solo.

Y no fue sino hasta que se casó que empezó a sentirse acompañado, a disfrutar de la presencia de otra persona, de su mujer, de su esposa.

A Guadalupe la conoció en el molino, trabajaba en otra hacienda y todos los días llevaba el maíz para la molienda. Y por casualidad se encontraron pues él no tenía esa obligación, pero la hizo suya nada más para verla, aunque no le hiciera caso y ni siquiera una mirada le echara. A tanta insistencia logró por fin que se fijara en él.

De ahí en adelante todo fue cosa fácil, hasta el patrón se portó gente, pues no siguió la costumbre de acostarse con la novia para ver si era virgen todavía; no, en lugar de eso, le dio trabajo en la cocina de la casa grande y les permitió construir su jacal muy cerca de ella.

Esos fueron probablemente los días más felices que vivió, a lo mejor los únicos porque al poco tiempo las desgracias se sucedieron: primero el patrón vendió la hacienda y luego les dio dinero para que pudieran comer un tiempo, pues Guadalupe estaba embarazada, de un hijo al que le dio la vida, pues al nacer uno la otra moría.

Así las cosas, se echó al hijo a cuestas y se vino para la ciudad, quería que él pudiera vivir en otro lado, a lo mejor hasta podría aprender a leer y a escribir y él, Chema, trabajaría de cualquier cosa para mantenerlo, era lo único que le quedaba de Guadalupe y por él daría también la vida.

Logró encontrar un cuarto en un barrio pobre de la ciudad; con lo que quedó del dinero que le dio el patrón, después de enterrar a Guadalupe, se compró un cajón para limpiar zapatos y con él en la mano salía todos los días al zócalo, a pulir calzado, a dejar los pulmones en el brillo.

Al anochecer regresaba con un poco de dinero, pan y leche, frijoles para su adorado hijo, al que apenas si veía, cenaban juntos y lo acostaba y cuidaba su sueño hasta que el cansancio lo atrapaba y le cerraba los ojos también.

Al despertar, al otro día, besaba la frente del niño y salía con su cajón nuevamente a enfrentar la vida.

Los sábados y domingos se llevaba al niño con él y le iba platicando las historias sobre el parque, acerca de las iglesias, de las casas, y se divertía con las risas de su hijo al ver las figuras grotescas de la Casa de los Muñecos, o el miedo que le provoca la historia de la casa Del Que Mató al Animal, y mientras limpiaba zapatos, el niño espantaba a las palomas, corría sobre el pasto, se reía y esa risa aliviaba el dolor y la soledad de Chema.

Pero los años pasan y el niño se convirtió en adolescente y viendo el sufrimiento del padre se separó de él, tratando de buscar nuevos horizontes, alguien le metió en la cabeza que yéndose a trabajar de bracero ganaría muchos dólares y pensó que así su padre no tendría que trabajar.

De nada sirvieron las súplicas ni las lágrimas, el hijo dejó al padre con la promesa de mandar dinero y regresar pronto para llevárselo con él o para quedarse, para lo que Dios quisiera.

Dios quiso otra cosa. Los días se convirtieron en semanas y éstas en meses, y estos a su vez en años, tantos que Chema había perdido la cuenta, nunca recibió dinero, ni siquiera una carta o un telegrama anunciando el regreso del hijo.

Al principio iba todos los días a la iglesia para rogar a Dios que regresara su hijo, a encomendárselo, a que lo protegiera. El día de la Navidad rogaba a la Virgen por su hijo, ella que conocía el sufrimiento de perder al fruto del amor divino lo comprendía, sabía del dolor que traspasaba el corazón y del vacío que llena la soledad de un padre. Pero también la costumbre aburre y las plegarias ¿quién sabe si las escucharían?

Al paso del tiempo, solamente en la Navidad, como hoy, iba a la iglesia a levantar las mismas súplicas de siempre y a inclinar la cabeza con humildad, con la esperanza de que la voz de su silencio llegara al cielo; después de terminar el trabajo caminaba por las calles de la ciudad, llenando su corazón de las alegrías ajenas, vaciando sus bolsillos en las manos extendidas de chiquillos harapientos.

Cuando las calles descansaban de compradores y paseantes, cuando el viento corría a voluntad por ellas, Chema caminaba despacio hacía su vivienda, aquel cuarto que no había querido abandonar con la esperanza de que el regreso anhelado no encontrara la puerta cerrada.

En algunas ocasiones algún vecino compadecido lo invitaba a cenar, o le regalaba un plato con algo de alimentos preparados para el momento, pero este año nadie se había acordado de él, nadie lo esperaba.

Recorrió tranquilamente el mismo camino de siempre, veía cada casa, cada puerta y ventana como si fuera la primera y última vez que lo hiciera, a pesar de la oscuridad los edificios y jardines tenían un brillo especial, tenían algo que conmovía el corazón de Chema, lo sentía oprimido, era una sensación rara, se cerró un poco más el ligero suéter para proteger el pecho del frío filo del aire.

Al llegar a la puerta de la vecindad escuchó los gritos y risas de los vecinos, las festividades navideñas estaban es su apogeo, se detuvo un momento y después caminó todavía más lento para que sus oídos se llenaran del bullicio, la sensación en el pecho aumentaba y su respirar se hacía cada vez más difícil.

Observó que en su cuarto la puerta estaba entreabierta y había prendida una luz, de principio pensó que lo habrían robado, pero qué tenía él de valor; después pensó que algún chamaco travieso hubiera forzado la puerta y estuviera curioseando por ahí, caminó sigiloso con el afán de atrapar al malandrín cuando de repente escuchó ¡Abuelo! y pensó que sería muy dichoso si alguien se dirigiera a él con esa palabra. ¡Abuelo! el grito fue más fuerte, un niño salió de su cuarto y corría hacia él, no era posible que él tuviera un nieto a menos que… quiso apresurar el paso justo cuando el chiquillo se le prendía a las piernas.

En el umbral apareció una mujer y a su lado una niña, se preguntaba quién había invadido su casa, y en el instante que iba a preguntar, apareció su hijo, abrazando a la mujer.

Era la misma cara del niño, un poco más rellena, pero era él, su hijo, había regresado por fin a su lado, el cielo escuchó sus ruegos y además le regaló una hija y dos nietos, tan bellos, tan lindos.

Muchos reproches se vinieron a su mente, muchas palabras de agradecimiento, muchas bendiciones quisieron abandonar su boca, pero sólo pudo decir, ¡Gracias Dios mío, Feliz Navidad hijos míos!

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