EL SUEÑO - Jorge Alberto Durán Ramírez
Minuto a Minuto

- HISTORIAS DE SEXO (O CASI) -

 EL SUEÑO

Por: Jorge Alberto Durán  Ramírez*

 Cuando por fin me di cuenta que mi sueño se había terminado dejé escapar una lágrima pretextando un bostezo. Pocas veces se tienen sueños tan... tan... tan reales.

 Soñé que había encontrado a una mujer bellísima, de sus ojos salía un fulgor que me quemaba por adentro, sus pestañas (cuidadosamente enrimeladas) cual tentáculos me atraían a su mirada, a su nariz, a su boca, a esos labios sensualmente abultados, que habiéndolos rozado apenas, me hacían deslizar, si por adentro a una tierna y cálida humedad (casi vaginal, casi virginal), si por fuera a una piel sedosa encubridora de un cuello mordible, un pecho jadeante y unos senos terriblemente acariciables, besables y prometedores de mil placeres más.

Todo esto cruzó por mi mente apenas mis ojos se posaron en ella; cuando habló, su voz perfumada llenó mis oídos, bajó por mi garganta hasta el estómago y se apoderó de él y de mi vientre, la excitación que me dominaba me hacía imposible escuchar, atender. De su boca no salían palabras sino lumbre que hacía arder mi cuerpo de manera permanentemente explosiva.

Sus palabras, aún sin comprenderlas, creaban en mi cerebro las imágenes más fantásticas y eróticas, e inmediatamente tornábanse en paz y tranquilidad y de nueva cuenta volvían a esa excitación incontenible.

No recuerdo, por si fuera poco, las palabras que intercambiamos, el diálogo pasó por mis oídos sin tocarlos, porque yo ya estaba besando la palma de la mano, su boca, su cuello, rozando imperceptiblemente sus senos, su pubis; mientras ella susurraba no sé qué a mi oído, bajaba a mi cuello y ahí dejaba escapar un suspiro (¿o un quejido?) y me abrazaba fuerte, tanto que el aire me faltaba, sus manos ingenuas intentaban recorrer mi cuerpo pero su pudor o inexperiencia las detenían.

La ropa nos empezaba a incomodar, las camisas y los pantalones no dejaban escapar el insoportable calor, una a una nuestras prendas fueron cayendo derretidas por la pasión que recién iniciaba sus estragos; cuando al fin desnudos nuestros cuerpos se tocaron, parecía que moriríamos calcinados ahí mismo; los besos, las caricias, la posiciones varias eran insuficientes para desahogar tanta pasión contenida.

Cerré los ojos, concentré todo mi ser, pensamiento y acción al centro de mi cuerpo, quería vivir plenamente el momento de la penetración, mi corazón latía desaforadamente hasta casi rompérseme los tímpanos; y entonces, justo antes de iniciar el ritual sagrado con el cual la vida se hace perpetua, en el preciso instante en que nuestros sexos se tocaron y sin consumar el acto tan anhelado, tan buscado, mis ojos se abrieron ante el incesante ruido del músculo cardiaco que amenazaba con salirse de mi pecho, los latidos se fueron convirtiendo en unos toquidos en mi puerta, busqué alrededor a la mujer maravillosa y me desperté a la realidad.

El sueño, mi sueño, se había esfumado con todo y mi felicidad a causa de algún impertinente tocando a mi puerta, bostecé y lloré al mismo tiempo, me levanté de la cama, enjugué mi lágrima de amor, abrí la puerta y la boca de susto y desesperación, estaba ante mí exactamente la misma mujer que había soñado hacía apenas un instante, los ojos, su boca, su ropa era la misma, su sonrisa, su cuello, no cabía duda: era ella.

Todavía atontado pregunté ¿Si? Ella, dándose cuenta de lo que había ocasionado en mí, me dijo sugestivamente ¿Me invitas a pasar? Por mi mente cruzó nuevamente el sueño, reviví uno a uno los instantes, los momentos, los besos, los quejidos, el fuego que nos envolvió... entonces sin mediar palabra cerré la puerta y dándome la vuelta me dirigí al baño, preferí no hacer realidad la fantasía, no estaba dispuesto a que otra vendedora de no-sé-qué-madres interrumpiera un sueño, tan maravilloso como el que había tenido hasta ese momento.

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