FROYLANCITO . ¡CIÉRNELE! ¡CIÉRNELE PANADERO!
(Quinta parte)
Por:
Graciela Solano Méndez*
Es ya la hora en que la luna
despide con un gran beso al sol y se hace dueña y reina de la noche, como tal,
se acompaña de un enjambre de estrellas y de luceros, ¡Qué magnífico cielo se
levanta sobre la cabeza de Froylancito! ¡Qué ambiente de grandeza y felicidad
lo envuelve! Empieza a sentirse un poco de frío, haciendo que el niño, sentado
en cuclillas, se recargue contra las piernas de uno de sus tíos.
Comienzan a circular los jarritos llenos de chocolate de agua especito y calientito, y los tacos rellenos de barbacoa, sobrante de la comida. Todos forman un gran círculo, en el centro una chispeante hoguera, da un aire de misterio a la noche.
Las
luciérnagas juegan correteándose sin cansarse a prenderse y a apagarse,
deleitando las pupilas de los grandes y chicos; de un lado están las mujeres,
con sus trenzas largas adornadas con listones de colores, que terminan en moños
esponjaditos y sus rebozos que les cubren sus hombros, para cubrirse del viento,
que traviesamente los quiere acariciar. Del otro lado, los hombres, entre
quienes circula un vaso lleno de aguardiente que va de boca en boca, hasta que
se ve el fondo y se vuelve a llenar para continuar su carrera.
Es
hora de bailar “El panadero”, hay que elegir a una pareja para que pase al
centro, cerca de la hoguera, la mayoría se hace del rogar, pues hay que cantar
y bailar delante de todos y aunque están en una fiesta, el recato,
característica de los habitantes de los poblados chiquitos, no les permite
explayarse abiertamente.
Un varón debe iniciar el baile con
su sombrero en la mano, que moverá como si estuviera cerniendo harina, después de
cantar o recitar unos versos tiene que colocar el sombrero en la cabeza de una
mujer, quien pasará al centro con él para bailar y cantar.
Por
fin se decide Manuel, joven campesino de 19 años, quien tímidamente se levanta
y acercándose a la hoguera empieza a rodearla, bailando, moviendo su sombrero y
cantando:
¡Ciérnele!
¡Ciérnele panadero!
¡Ciérnele!,
¡Ciérnele, sin cesar!
ya
las once y media son
y
este pan hay que entregar.
No
te canses de amasar;
¿A
dónde se va de noche?
¿Adónde
se va a pasear?
¿Dónde
estabas echadita?
¿Con
quién te fueron a hallar?
¡Ciérnele!
¡Ciérnele panadero….!
Las llamas le comunican a su negro
cabello tintes rojizos y anaranjados, como los de Tonatiuh, el sol indígena, y
después de repetir los versos, se dirige hacia Débora, bella y joven doncella a
quien le coloca el sombrero sobre sus trenzas, recogidas graciosamente sobre su
cabeza y aunque, ella muerde por un momento la punta de su rebozo, se levanta y
con ágiles ademanes mueve el sombrero, seguida por Manuel, quienes repiten a
dúo:
¡Ciérnele!
¡Ciérnele panadero…!
Froylancito
tararea en silencio los mismos versos y mordiendo un pedazo de piloncillo
piensa que la vida está llena de momentos sencillos, como éste y desea que se
prolonguen y se repitan para disfrutarlos con la gente que ama, porque son tan
bellos y dulces, como el piloncillo que, suavemente, se va disolviendo dentro
de su boca…
Continuará…
H.
Puebla de Z. 27 de febrero de 2008
Más de la obra de Graciela Solano Méndez:
- Froylancito. La peña del cacalote (Sexta parte)
- Froylancito. ¡Ciérnele panadero! (Quinta parte)
- Froylancito. Yiqui y barbacoa(Cuarta parte)
- Froylancito. El coloradito(Tercera parte)
- Froylancito. ¡Una zambullida! (Segunda parte)
- Froylancito (Primera parte)








