FROYLANCITO. EL COLORADITO
(TERCERA PARTE)
Por: Graciela Solano Méndez*
Enero de 2008
Don Agustín, el patriarca de la familia, tenía cinco hermanos: tío Cheo, tío Lolo, tío Manuel, tío Isauro y tío Chemaler, todos ellos hombres de a caballo, tupidos bigotes y un corazón más grande que el cerro de “
Una calurosa mañana de marzo, santo de su tío Chemale, llegaron los tíos por Froylancito, para llevarlo al rancho a comer yiqui y barbacoa de venado, en honor del festejado, como Don Agustín los alcanzaría más tarde, Doña María dio permiso al niño para que fuera a la comida con sus tíos.
Antes de salir del pueblo pasaron a la tienda de Don Abel a comprar un garrafón de “coloradito”, Froylancito iba montado con su tío Cheo sobre un caballo alazán, muy mansito. El ruido rítmico que producían las herraduras de los caballos sobre el empedrado de las calles, anunciaba a los tezoatecos que los que cabalgaban eran muy buenos jinetes.
Ya habían avanzado un buen tramo, cuando tío Lolo quitó el olote que tapaba la botella del “coloradito” y le dio un gran trago, luego, después de limpiar con la manga de su camisa la boca del garrafón, lo pasó a tío Chemale quien, hizo exactamente lo mismo que su hermano, cuando llegó el garrafón a manos de tío Cheo se lo pasó a Froylancito, quien casi lo tira pues resultó muy pesado para él, ya que apenas tenía siete años y el niño no sabía qué hacer, pero al sentir que su tío lo observaba, con su ayuda levantó el garrafón y le dio un traguito, ¡Jesús! ¡Qué fuego sintió en sus labios, en su garganta y en su estómago¡, su tío Cheo le quitó el garrafón y comenzó a platicarle: que hacía algún tiempo, pasando por ese mismo lugar, por donde iban en ese preciso momento, se le había aparecido de repente un niño recién nacido, que lloraba con una fuerza increíble, apiadado por su llanto y movido por la curiosidad se bajó del caballo para recogerlo; ya con el niño en brazos montó nuevamente, y al destaparlo para conocerlo, el bebé dijo: -¡Papá mira mis dientitos¡ abriendo su boca en forma descomunal y mostrándole unos colmillos del tamaño de una cordillera. A Froylancito se le puso la carne de gallina con esa historia; el tío Cheo calló por un momento y en seguida lanzó una gran carcajada que asustó todavía más al niño, e hizo que el “coloradito” se le revolviera en su estómago y comenzara a sentir como si acabara de bajar de la rueda de la fortuna.
Continuaron su camino en silencio, pasaron el río Salado y el ladrido de los perros anunció que estaban muy cerca del rancho, ya sólo había que subir una pequeña pendiente, y Froylancito que se había dormido, se resbaló de los brazos de su tío y cayó aparatosamente del caballo, su tío dio un salto de tigre y lo levantó rápidamente, pero no pudo evitar que se golpeara la cabeza; cuando le preguntó si se había lastimado, el niño no le contestó, tío Cheo volvió a preguntarle muchas veces, pero no obtenía ninguna respuesta, alarmado por la gran responsabilidad que tenía, Don Eliseo, montó sobre su caballo con el niño en brazos y se internó por el monte, gritando repetidas veces, con todas sus fuerzas: -¡Espíritu de Froylancito, no seas cobarde, regresa a su cuerpo que te está esperando¡. Después de algunos minutos, el niño se quedó mirando a su tío y le preguntó tímidamente: -¿Me puede dar otra probadita del “coloradito”?, Don Eliseo se echó a reír estrepitosamente, apretó al niño contra su corazón y juntos llegaron al rancho a disfrutar la fiesta.
Continuará…
Más de la obra de Graciela Solano Méndez:
- Froylancito. La peña del cacalote (Sexta parte)
- Froylancito. ¡Ciérnele panadero! (Quinta parte)
- Froylancito. Yiqui y barbacoa(Cuarta parte)
- Froylancito. El coloradito(Tercera parte)
- Froylancito. ¡Una zambullida! (Segunda parte)
- Froylancito (Primera parte)








