FROYLANCITO. ¡UNA ZAMBULLIDA! (SEGUNDA PARTE)
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FROYLANCITO. ¡UNA ZAMBULLIDA¡

(Segunda Parte)

Por: Graciela Solano Méndez*

La ventaja de vivir en un poblado chiquito es, que todos te conocen y tú conoces a todos, y como Froylancito era tan querendón, se sentía feliz cada vez que salía a matar lagartijas bajo ese sol abrasador de su tierra, pues todos los que pasaban a su lado le daban los buenos días, llamándolo por su nombre y los señores hasta se quitaban su sombrero de palma o de fieltro para que el ceremonial fuese completo. Esas costumbres, sin que Froylancito se diera cuenta, se le iban metiendo hasta la médula de sus huesos y lo modelaban, con toda naturalidad, para ser un hombre muy correcto.


 Siempre que pasaba por la casa de Don Chente  Pijorra, su esposa, doña Serapia, al verlo tan asoleado, le obsequiaba unas naranjas para mitigar la sed del niño y sin saberlo, lo surtía de “municiones”, pues Froylancito guardaba las cáscaras y las cortaba en pedacitos, para usarlas con su “charpe”, tirando de éste muy fuerte cuando alguna lagartija se le aparecía.

 Cuando llegaba a los ríos de Santa Catarina y San Martín, en la poza de “la gallinita”, que estaba a la entrada de su pueblo, ya sus compañeros de escuela lo esperaban nadando como verdaderos campeones. Froylancito vestía unos pantalones que le llegaban a media pierna, medias de popotillo, zapatos de piel, camisa blanca de manga larga, con un listón grueso alrededor del cuello, que hacía las veces de corbata, en ocasiones sus compañeros lo molestaban, ya que ellos vestían de manera diferente, pero Froylancito  no tenía la culpa de esto, ya que en su casa, su madre así ordenaba que se vistiera y aunque él no sentía muy cómoda su ropa, siempre fue muy disciplinado y obediente y pensaba que su corazón era igualito al de sus amigos y eso era lo más importante.

 El pequeño Froy se desnudaba y se echaba a nadar de a “perrito” en las aguas de su querido río, los peces acariciaban su cuerpo, el gran sabino y los sauces llorones, agachaban sus ramas, con el viento, para tocar su cara, la brisa columpiaba las flores moraditas que estaban en las orillas y los “caballitos del diablo” volaban como unas ráfagas luminosas sobre su cabeza. Cuando nadaba de “a muertito” podía ver las nubes, que adoptaban formas caprichosas, casi siempre veía muchos cerditos, arreados por él mismo; ¡qué  bonito¡ pensaba, debe ser acompañar a mi papá a Orizaba, para vender sus marranitos; “voy a crecer muy rápido para que me permita ir con él”, cuando terminaba ese deseo las nubes habían cambiado de forma y ya no podía ver a sus queridos puerquitos.

Rogelio, uno de sus amigos que tenía en casa una bonita huerta, era el encargado de traer algo de fruta, para saborearla después de nadar, cómo disfrutaba comerse la “sidra”3, tan carnudita, pero la mayoría se la comía con la ilusión de llegar al centro de ella y encontrar ese como “limón”, tan agrio, tan ácido que devoraban todos en un abrir y cerrar de ojos. Después de bromear y platicar se vestían, se internaban por las calles empedradas del pueblito, hasta llegar a “las peñas” allí, trepaban como chivitos cayéndose y rebotando hasta llegar al Cristo blanco. Parado junto al Cristo,  miraba el gran templo, donde se venera al Señor de la Capilla, es un Cristo hecho de caña, que estaba destinado a otro lugar, pero cuentan los más viejos, que al llegar a Tezoatlán, no hubo poder humano que lo moviera, que se reunieron todos los varones del pueblo, para tratar de llevarlo  a su destino, pero parecía que le hubieran salido a raíces que llegaban hasta el mismo centro de la tierra, porque permaneció de una sola pieza, nadie logró moverlo ni un geme; así que decidieron el padrecito y las autoridades, que se quedara allí, velando a su idolatrado pueblo.

En general, el niño, contemplaba la hermosura de su terruño, definitivamente estaba enamorado de él, por eso repetía en voz alta: “si algún día tengo que salir de aquí, te prometo que volveré muchas veces con mi esposa y mis hijos”. 

 Sus compañeros lo oían hablar y no entendían con quien platicaba, ya que junto a él no había nadie, sólo esa gran estatua blanca, que no oía ni hablaba, pero Froylancito sabía que había hecho una promesa y que las promesas que hacen los hombres cabales, las hacen para cumplirlas. Dejando atrás la solemnidad de sus palabras, volvía al mundo de los niños, sacando su “charpe” y correteando lagartijas junto con sus amigos. Al caer la tarde cortaba unas azucenas que crecían entre las peñas, y con ese ramillete corría de regreso a casa, donde su mamá con el ceño fruncido por la tardanza de su hijo lo estaba esperando; el niño se disculpaba y tímidamente ponía las flores en las manos de su madre, Doña María aspiraba su aroma, reprendía al chico y le ordenaba que se lavara la cara y las manos para merendar; pero cuando saboreaban el chocolate de agua y las conchas, de reojo, bien que veía Froylancito  una pequeña azucena que su madre se había prendido en el pelo, entonces la besaba y suspiraba pensando que el próximo fin de semana también iría con sus amigos a nadar, a matar lagartijas y cortar azucenas en las peñas.

Continuará…


*Graciela Solano Méndez ( Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo. Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo. Esta dirección de e-mail está protegida contra spam bots, necesita Javascript activado para verla Esta dirección de e-mail está protegida contra spam bots, necesita Javascript activado para verla ) es profesora de la Licenciatura en Educación Preescolar del Benemérito Instituto Normal del Estado de Puebla “Gral. Juan Crisóstomo Bonilla”

 

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