FROYLANCITO (PRIMERA PARTE)
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FROYLANCITO

Por: Graciela Solano Méndez*

 

Cuando Froylancito tuvo uso de razón recuerda, que vivía en una casa del barrio del Refugio, en su nativo Tezoatlán, donde el aroma de las flores que daban lima limones, que abundaban en esas huertas, se esparcía por todas las viviendas y era aspirado, con gran regocijo desde el amanecer, por todos los futuros artistas. Pues la aconseja aseguraba, que ellos son hechos desde su nacimiento, con una substancia muy especial que les colocan las cigüeñas en sus fosas nasales, cuerdas vocales, yemas de sus dedos, en sus oídos y tobillos, para que con el tiempo se conviertan en poetas, trovadores, bailarines, pintores, músicos o escritores, que actuarán con tanta sensibilidad que harán llorar hasta a las estatuas más serias, que colocan los presidentes municipales o las asociaciones culturales, en los parques, rotondas y jardines de las diferentes poblaciones del país.

 

            La casa de Froylancito, era muy amplia y muy limpia, no en balde su padre, Don Agustín, trabajaba con mucho ahínco, trayendo ganado porcino, de Pinotepa para venderlo  en Orizaba. Con las ganancias de la venta, pagaba entre otras cosas, dos nanas y dos criadas que ayudaban silenciosa y eficientemente a Doña María, la orgullosa madre de Froylancito. Su hermana mayor, Eleazar, había muerto muy pequeña de viruela, enfermedad que en la primera década el siglo veinte, cobraba muchas vidas infantiles, ya que las curanderas del pueblo, como Doña Gola, aunque ponían todo su empeño para ayudar a las mamás con niños que enfermaban, a veces, eran vencidas por la muerte, en su tarea de enfermeras y no quedaba más remedio que esperar, que algún día llegara por esos pueblos de Dios, algún “doctorcito” que los ayudara en sus penas.

 

            En las altas paredes de la enorme sala, colgaban los retratos de  los familiares más cercanos de Froylancito, sus abuelos paternos: papá Librado, de ojos claros y larga barba, dicen que pelirroja ya que había venido con sus padres, del otro lado del mar, donde no se habla cristiano, sino un lenguaje muy extraño y difícil de aprender, pues se escribe de un modo y se pronuncia de otro; mamá Ponce, mestiza oaxaqueña, de rasgos distinguidos, ceño fruncido, largo cabello recogido en un chongo impecable y mirada tranquila. Sus abuelos maternos: mamá Minga, delgada, de labios finos y ojos dulces, dicen que parecía una gacela cuando caminaba, que era muy difícil seguirle el paso; no importaba si iba a misa o al mercado; abuelito Miguel, quien se fue con su rebaño de cabras al rancho de ”La culebra”, acompañado por un fiel trabajador, llamado Lauro, juntos sembraron caña y en un trapiche, muy rudimentario, movido por caballos, la molían y hacían aguardiente, melado, piloncillo y otras delicias. Murió muy joven por lo que sus nietos no lo conocieron y hablaban de él como un personaje de leyenda, que los esperaba dentro de las fauces de la cueva del rancho de “La culebra”.

 

            La sala estaba bordeada por un corredor, lleno de macetas, con plantas muy variadas. En las enormes azucenas rojas y blancas vivían “las catarinitas”, a las que no había que hacer daño ya que traían entre sus alas la buena suerte, que espolvoreaba, cuando volaban, a los habitantes de la casa.

 

            Al final de la sala, había una puerta que conducía a una pequeña tienda, donde se vendían veladoras, piloncillo, bocadillo, sombreros de palma, maíz, chile de todas clases, limones, limas, sal blanca, hierba santa, epazote, chínguere, reatas, velas de cebo, hojas de totomoxtle melado y muchas cosas más.

 

            En la casa había cinco recámaras, pues Froylancito tenía un hermano y cinco hermanas. Al fondo había una barda de nopalitos, que dividía su casa con la de otro solar y en la mera esquina un mezquite, algunos pitayitos y un huiscolote que daba unas “manzanitas” chiquititas, entre amarillo y coloradito. Quienes se las comían pescaban una fuerte calentura, así que cuando Froylancito y sus amigos no querían ir a la escuela, comían algunas “manzanitas” y se quedaban acurrucados en sus camas.

 

            Era entonces, cuando Remedios, una de las nanas, se acercaba a cuidarlo. Remedios había nacido en la costa y las canciones que había aprendido en su niñez y juventud, no eran precisamente para cantárselas a niños pequeños, sin embargo; su buena intención era la que había servido, para que Doña María aceptara y permitiera que cuidara a sus hijos. Una de sus canciones preferidas decía así:

 

Ahí viene un carbonero ¡Mamá¡

 

Ahí viene por la cuchilla

 

y viene vendiendo carbón

 

a real y medio y cuartilla.

 

El primer novio que tenga ¡Mamá!

 

Ha de ser un carbonero

 

Para que viva ¡Mamá!

 

Toda tiznada, pero con harto dinero ¡Mamá!

 

Y por más que doña María, le repetía que esa canción no la debería cantar, Remedios callaba, pero en la primera ocasión que se encontraba a solas cuidando a los niños, la repetía y la repetía.

 

            Ahí viene un carbonero ¡Mamá”…

 

            Y Froylancito y sus hermanos se dormían plácidamente, sin entender por qué se enojaba tanto su mamá con Remedios, si era una canción con una tonada tan alegre. Los niños se dormían y soñaban que llegaban al cuarto misterioso de la casa, que estaba al final del patio, donde su papá guardaba las monturas de sus dos caballos, los machetes, las escopetas, el pequeño yunque, botecitos con algunos clavos, el martillo, herraduras y cosas que ocupaba Don Agustín en sus viajes. También soñaban que entraban a la cocina, donde su mamá, ayudada por Delfina y Manuelita, molían en los metates, los ingredientes para el chocolate, que olía tan sabroso que hasta en sueños, hacía que Froylancito se chupara los dedos. Este aroma se mezclaba con el del pan que su papá preparaba todos los viernes, en el horno que él mismo había construido. ¡Qué sabrosas “regañadas”, “espinazos” y “pan francés” se comían los niños en sus sueños.

 

            ¡Qué bueno! Pensaba Froylancito, era tener unos padres cariñosos, una casa limpia y calientita, donde cada mañana, por la ventana, veía levantarse el sol y ponerse la luna y se volteaba lentamente hacia el otro lado, escuchando a lo lejos: Ahí viene un carbonero ¡Mamá!, ahí viene por la cuchilla…

 

Continuará…


*Graciela Solano Méndez ( Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo. Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo. Esta dirección de e-mail está protegida contra spam bots, necesita Javascript activado para verla Esta dirección de e-mail está protegida contra spam bots, necesita Javascript activado para verla ) es profesora de la Licenciatura en Educación Preescolar del Benemérito Instituto Normal del Estado de Puebla “Gral. Juan Crisóstomo Bonilla”

 

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